Laura Rojas-Marcos: "Todos podemos ser tóxicos en algún momento, como seres imperfectos que somos"

Entrevista con la psicóloga sobre su nuevo libro 'Convivir y compartir'.
La psicóloga Laura Rojas Marcos
LAURA ROJAS MARCOS
La psicóloga Laura Rojas Marcos

Convivir y compartir es el cuarto libro de la reconocida psicóloga Laura Rojas-Marcos. Casi 400 páginas dedicadas a reflexionar y analizar las relaciones interpersonales con el objetivo de ayudar a hacer frente a las adversidades con las que podemos toparnos a la hora de convivir, tanto con las personas que no elegimos como con las elegidas.

Cuenta Rojas-Marcos que empezó a trabajar en este proyecto mucho antes de que la pandemia hiciese acto de presencian en nuestras vidas e, irremediablemente, tuvo que replantear y revisar algunos aspectos de la convivencia por cómo la covid cambió nuestro modo de relacionarnos y todo lo que nos enseñó. “La pandemia lo cambió todo, cómo nos relacionamos, cómo compartimos espacio físico, cómo compartimos responsabilidades en el hogar…”, introduce la psicóloga. “Y en este sentido, hay que mirar los aspectos positivos. Quizá por el hecho de haber estado forzados a compartir, he visto que, en muchos casos, no sólo muchas parejas han reconectado, también muchos padres y madres han tenido la oportunidad de conocer a sus hijos”, explica esperanzada.

“Todos hemos tenido la posibilidad de aprender a colaborar y contribuir. A comprobar cómo puedes colaborar por el bien común y contribuir así al bienestar de los demás y al tuyo propio. Cuando colaboramos también contribuimos a sentirnos bien, útiles, y sentirnos parte de algo. Este es el sentido de pertenencia del que hablamos tanto los psicólogos”, apostilla.

¿Cuál es tu intención cuando escribes estos libros: intentar poner remedio para que la gente no termine en consulta?

Ayudar, que es algo que trabajo mucho con mis pacientes. Insisto en ello desde el primer encuentro, pero lo intento hacer de una manera sencilla y amigable, con ejemplos y de una forma amena y realista, que lo puedan aterrizar en su vida. Pero sobre todo, lo que pretendo, es llamar las cosas por su nombre. Si hay algo que he aprendido a lo largo de los años, no solo por haber sido terapeuta sino también por haber hecho un trabajo terapéutico personal, es que hay que aprender a mirarse, a escucharse y a llamar a las cosas por su nombre. Cuando lo haces, te liberas, te ayuda a comprender y a saber qué puedo hacer y si lo puedo cambiar.

¿Qué quieres decir, Laura? Algunas veces no llamamos a las cosas por su nombre porque no las conocemos.

Por ejemplo, reconocer que tienes dificultad para relacionarte con otras personas, que te hace sentir insegura y te da vergüenza, sin ser un problema, porque no todo el mundo tiene un problema, simplemente por querer mejorar en algo o comprender algo que te está pasando o tomar una decisión. Yo tengo la consulta llena de gente que no tiene un diagnóstico o una patología, simplemente tienen un interés por trabajar algo específico de su vida.

Claro, al psicólogo puedes ir cuando estás agobiada y necesitas tomar una decisión...

Claro, para explorar y analizar las alternativas. Y algo muy bonito que trabajo y que trato en el libro, de esta manera aprendes a relacionarte y conocerte: cuáles son mis necesidades, qué deseo, cuáles son mis expectativas, qué espero yo y qué esperan los demás de mí. Y ahí entra el término que utilizo repetidamente: la tiranía de los deberías. Esto siempre me acompaña porque forma parte de nuestro día a día y no me gusta dejarlo de lado, da igual el libro que esté escribiendo siempre que tenga relevancia.

En mi trabajo como psicóloga surge mucho el mundo de las relaciones, cómo me relaciono con los demás, que es lo que yo quiero, que se me da bien y qué he aprendido. Porque mucho de lo que somos, aunque vengamos con unos genes, es lo que aprendemos, pero a lo largo de toda la vida, no sólo en la infancia. A veces, de niños, tenemos una infancia o una adolescencia muy mala y eso no quiere decir que estemos condenados… Se puede ser feliz y trabajar en tener la vida que queremos. Si venimos de una familia en la que ha habido agresividad o en la que la comunicación ha sido pésima, eso no quiere decir que vayamos a repetir esos patrones.

“Tenemos que convivir con nosotros mismos, toda la vida 24 horas diarias desde que nacemos hasta que morimos. Nos guste o no.”

¿Es lo mismo convivir que socializar?

No. Podemos socializar sin convivir, pero toda convivencia requiere un mínimo de socialización. Sí sería una manera de convivir el trayecto en autobús con una persona, en ese ratito compartes espacio con otra persona; no hay intimidad, pero sí socialización. Pero lo que me parece más interesante es con quién convivimos, quiénes son nuestros compañeros de convivencia: los no elegidos y los elegidos. A la mayoría de la gente, en general, le resulta fácil decir quiénes son los elegidos. ¿Los amigos y la pareja, verdad? Aunque la pareja se puede convertir en un no elegido: si te separas y tienes hijos vas a estar vinculado de por vida a esa persona como no elegido. Pero es que cuando pensamos en los no elegidos, al final es todo el mundo: la familia, la familia política, los compañeros de trabajo, los vecinos, las personas de tu barrio, la persona con la que compartes el transporte público, la persona con la que compartes espacio en una cola, los amigos de tu pareja, los amigos de tus amigos… Pero, ¿quién es nuestro principal no elegido? Nosotros mismos. Nosotros no elegimos nacer, no elegimos nuestros genes, no elegimos la familia en la que nacer... Ahora bien, tenemos que convivir con nosotros mismos, toda la vida, 24 horas diarias, desde que nacemos hasta que morimos. Nos guste o no. Ahí entra el trabajo terapéutico.

Entonces, ¿aprender a convivir contigo mismo es la base de la convivencia con los demás?

Es que es la relación más importante, desde que tenemos conciencia de nosotros mismos. Y a partir de ahí construimos la relación con los demás. ¿De qué depende que construyamos una relación positiva o negativa con nosotros mismos? Gran parte, de la relación que tenemos en nuestra infancia con nuestros cuidadores. Ellos nos dicen si nos portamos bien, si somos malos o somos buenos, si servimos para algo…

¿Cuántos padres hay que les dicen a los niños ‘eres un desastre y no vas a llegar nunca a nada’? O al revés, ‘eres el mejor de tu clase y los demás no sirven para nada y tienes que ser el orgullo de esta familia’. Ninguna de estas conductas es adecuada. Y luego, están los que animan a hacerlo lo mejor que tú puedes —siendo consciente de quién es—, dejan a los niños decir no, les enseñan a ser asertivos… Eso está bien.

¿Y cuál es la clave más importante de la convivencia, que ayuda a relacionarse bien con uno mismo y especialmente con los demás? Pues desde mi punto de vista y según lo que yo he estudiado: la confianza. A partir de ahí puedo construir una relación positiva conmigo misma y con los demás. Si hay desconfianza, no puedes construir nada. Eso sí, lógicamente, la decepción y las expectativas no cumplidas también forman parte de nuestras vidas.

¿Sufrimos decepciones porque nuestras expectativas están muy altas?

No siempre. Quizás es verdad que algunas veces tenemos expectativas que no son realistas o expectativas rígidas. Por ejemplo, la perfección: los padres que esperan que sus hijos, a lo largo de su trayectoria académica, sólo saquen sobresalientes. Esas son expectativas poco realistas.

Pero luego también es cierto que hay un aspecto de nuestras expectativas que, a veces, no se cumple pero que lo que tocan, dañan o hieren son valores. Por ejemplo: la infidelidad, la deslealtad, la deshonestidad, la falta de sinceridad o, incluso, el sincericidio.

Me encanta ese neologismo que define a esas personas que dicen la verdad sin filtro, en nombre de la verdad y se inmolan. Se trata de lealtad, de honestidad, pero siempre teniendo en cuenta la consideración, la inteligencia emocional… ¿Hay que decir todo lo que uno piensa? Pues no, pero eso distinto a mentir. La sensibilidad, la consideración y el tener en cuenta los sentimientos de la otra personas son un pilar de la relación.

En el libro enumeras las 10 C como las claves de que marcan una diferencia entre tener o no una convivencia positiva: confianza, compromiso, comunicación, cordialidad, consideración, contribución, colaboración, coherencia, consistencia y cuidados. Cuando se incumple una de esas 10 C, ¿la relación se resquebraja?

No necesariamente, si partimos de que no somos seres perfectos y tenemos consideración. A veces nos comunicamos mal y soltamos un grito, rompemos la armonía en ese momento, pero no quiere decir que se destruya todo. Ahí quizá está el reconocer, el pedir perdón, el querer enmendar el daño.

Eso sí, a la hora de relacionarnos, una de las cosas que más trabajo en consulta es la coherencia. Las cosas han de ser coherentes. ¿Es coherente lo que digo con lo que hago y lo que pienso? Cuántas personas dicen te quiero y su comportamiento, su conducta de muestra lo contrario.

“Querer bien tiene componentes básicos: el respeto, la consideración y la paciencia, la generosidad, la capacidad de compartir y la reciprocidad”

Bueno, ahí está la excusa de que cada uno queremos nuestra manera.

Es cierto que cada uno quiere a su manera pero todos esperamos ser queridos de una determinada manera. Querer bien o no querer bien tiene componentes básicos: el respeto, la consideración y la paciencia, la generosidad, la capacidad de compartir y la reciprocidad. Sí, tiene mucho que ver con el principio de reciprocidad: dar y recibir. Hay un término que me hace mucha gracia y que es el título de un libro: la compartología, la ciencia de dar y recibir. Resume tanto una sola palabra.

¿Es más fácil la convivencia con los no elegidos que con los elegidos porque hay menos implicación emocional?

Si partimos de las emociones, de la sensibilidad, evidentemente donde hay emociones que pueden herirse son relaciones de intimidad. Por eso, la división no la haría entre elegidos y no elegidos, sino por afectos e intimidad, porque intimidad hay mucha con la familia política, y esa es un no elegido. Además, no debemos olvidar que nosotros también somos un no elegido para muchos.

En las relaciones con los no elegidos desconocidos (porque conocido no elegidos es familia y ahí hay muchas emociones) ofrecemos un trato mas cordial y de educación, pero si ese vecino es desconsiderado va a despertar muchas emociones, y no de traición o falta de confianza sino de ira. Pero es verdad que somos más sensibles a los vínculos de apego afectivos.

¿Los conflictos forman parte de la convivencia y no hay que huir de ellos?

La clave está en distinguir los diferentes tipos de conflictos. Donde hay agresividad y violencia hay que poner distancia y pararlos inmediatamente. Pero, por ejemplo, un motivo de conflicto muy importante en la convivencia con tu pareja, amigos o vecinos, es el papel que tiene el espacio, porque el ser humano es muy territorial, es instinto animal. Mi mesa, mi lado de la cama, mi tacita…

A mí no me gusta prestar mis libros, es de las pocas cosas que no me gusta prestar porque tengo una relación emocional con ellos, con mis lecturas. Si alguien me pide un libro prestado le digo que no: “Yo te regalo uno, pero el mío, no”. ¿Y de qué estoy hablando aquí? También estoy hablando de asertividad. Las personas que tienen dificultad para decir ‘no’, que es un arte —el arte de poner límites a menudo—, conviven en un conflicto interno y con los demás. Lo que observo es que la persona que tiene dificultad para decir que ‘no’ tiene un efecto a nivel interno y acumula emociones. ¿Qué es lo que se acumula? Resentimiento, rabia y rencor. ¿Y qué sucede? ¿Dónde se coloca? Durante un tiempo está bajo presión pero siempre termina saliendo y uno explota, y monta un pollo. A lo mejor tiene razón, pero no ha gestionado bien su capacidad para comunicar o la asertividad.

Otro de los conflictos habituales surgen con el quejica, con el que para todo es una queja que, a menudo, está vinculada a la tiranía de los ”debería ser”. También con el sincericidio y con otro término que aprendí de Alex Rovira, ‘ la excusitis’. Son esas personas que viven en la excusa constante. Esas personas que siempre llegan tarde, las que dicen que van a hacer una cosa y no lo hacen… Adoptan la excusa como modus vivendi. Esas personas no son personas confiables y rompen su compromiso. Y ahí, de esas 10 C, si no hay confianza ni hay compromiso, no hay nada que hacer.

¿Qué es una persona tóxica?

Partimos de la idea de que todos podemos ser tóxicos en algún momento, como seres imperfectos. Cuando estamos de mal humor, saturados, estresados… podemos fallar y ser desagradables. Ahora bien, la línea que separa esa toxicidad momentánea es diferente a cuando hay un círculo vicioso de queja y de culpabilizar constantemente a los demás: eso es una persona tóxica. Y luego hay un concepto que marca todas las diferencias: la perversión, personas que tienen conductas perversas. No estamos hablando del extremo de Hannibal Lecter, pero sí hay personas que son víctimas de parejas o jefes o familiares con una personalidad narcisista, en diferentes grados y tipos. Hay narcisistas con rasgos psicópatas que disfrutan haciendo sufrir o acosando o haciendo mobbing, tanto en el cole como en la universidad como en los trabajos. Esas personas son el máximo de tóxicas: son agresivas, manipuladoras, chantajistas… Y aunque todo ser humano tiene algún grado de narcisismo, de egocentrismo y de egoísmo, porque no somos perfectos, hay grados y en las conductas perversas esas personas son muy tóxicas.

¿Qué sucede? Que cuando es en el trabajo, puedes marcharte o intentarlo, pero la capacidad de reacción se reduce cuando es un familiar, una pareja o un hijo. Y no te quiero contar cuando es tu hijo y menor de edad y no le puedes echar de casa. O cuando se está en una relación de pareja y, a pesar del sufrimiento y el miedo, no se dentifica con claridad que está siendo víctimas de maltrato. Cuando les explicas que esa relación le hace daño y que es veneno, algunas veces te dicen ‘ya, pero es que no pega’. Sí, pero tienes el alma destruida.

“Los 'haters' son personas muy tóxicas que desde el anonimato, escondidas tras la pantalla, son sumamente destructivas y disfrutan destruyendo”

Imagino que en el libro no se escapa al análisis de la convivencia en redes sociales. ¿Será posible algún día una convivencia en paz y respetuosa?

¡Qué importante compartir y compartirnos en redes sociales! Es algo que todos estamos aprendiendo porque, nos guste o no, las redes sociales son una herramienta que tiene más cosas positivas que negativas. Pero, como todo, hay que saber utilizarlo. En ellas, no brillamos por la moderación, precisamente, y somos muy impulsivos. Y ahí están los haters, personas muy tóxicas que, además, desde el anonimato, sin dar la cara, escondidas tras la pantalla, son sumamente destructivas y disfrutan destruyendo. Lo preocupante es que en estos momentos no hay un control real que proteja a nadie (con los niños son los padres los que más control deben ejercer).