Ovejas contra el fuego

En toda España surgen proyectos para recuperar algo que funcionó durante siglos: cabras, ovejas y vacas actuando como bomberos silenciosos al pastar libremente por los montes.
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El pastor Jesús Garzón cuida de su rebaño en Guadarrama
El pastor Jesús Garzón cuida de su rebaño en Guadarrama
A.S.

Si te pones frente a ellas, las mil ovejas que cuida Jesús en la ladera segoviana de la Sierra de Guadarrama parecen avanzar como un ejército imparable de trabajadores meticulosos y entregados a su misión: que no quede una sola rama, brizna suelta, o raíz seca tras su paso.

“Cada oveja consume al día cinco kilos de hierbas y matorrales”, nos dice con orgullo su pastor, Jesús Garzón. De ahí que, según él, “no es que sean la mejor forma de prevenir incendios, es que son la única sostenible”.

En los cinco minutos en coche que separan el pueblo de Valsaín de donde pastan sus ovejas, Jesús Garzón conduce casi todo el tiempo con una mano. La otra la emplea para señalar un claro idóneo para el pasto, los restos de un animal, el tipo de pino propio de la zona, un camino que data del medievo. Desparrama sabiduría sin darse importancia, como quien esparce semillas.

Garzón refundó hace 20 años el Concejo de la Mesta, un órgano creado en 1273 por Alfonso X El Sabio para favorecer el trabajo de los pastores, y desde entonces es su presidente. Pero su discurso está lleno de presente y futuro. Como cuando habla de que la trashumancia es un arma contra el cambio climático, ya que provoca que los animales excreten semillas a decenas de kilómetros de donde las comieron y las plantas puedan encontrar así nuevos hábitats.

Con 76 años, y más de 30 ejerciendo de pastor, Jesús se deja rodear por las ovejas y se dice feliz de que el campo sea “el mejor lugar de trabajo”. Sin embargo, habla con precisión propia de un laboratorio. En España en las dos últimas décadas se habrían perdido 8 millones de cabezas, es decir un tercio de la ganadería ovina. “Cada 500 ovejas puede vivir una familia, la España vaciada viene de esto”.

El pastor Jesús Garzón junto a sus ovejas en la ladera segoviana de la Sierra de Guadarrama
El pastor Jesús Garzón junto a sus ovejas en la ladera segoviana de la Sierra de Guadarrama
A. S.

Garzón despliega las ventajas de apostar por la ganadería extensiva. De cara a la prevención de incendios frente a los desbroces mecánicos “caros, contaminantes e inútiles, porque no quitan el matorral, solo lo amontonan”. Por el efecto de abonado en la tierra. Para afianzar la población rural. Para ganar soberanía alimentaria.

Pero para que todos esos efectos aumenten en vez de disminuir, Garzón reclama un plan estatal para reactivar la ganadería, que ayude a que se puedan organizar rebaños de 1.500, 2.000 cabezas, cuidadas por cuatro o cinco familias, y que de esa forma puedan tener vacaciones y descansar por turnos los fines de semana. En definitiva, hacer de ese trabajo, en riesgo de perderse, una opción atractiva para los jóvenes. “El pastoreo puede parecer una cosa bucólica, pero es el futuro más real”, concluye.

Pastores del fuego

Al otro lado de la montaña, desde la localidad madrileña de Navacerrada, Fernando García-Dory, trabaja para que ese relevo generacional sea posible. Director de la Escuela de Pastoreo de la Sierra de Guadarrama en la que se forman unos 150 jóvenes cada año, nos explica que la formación se imparte desde 2004, pero fue hace tres años cuando se incluyó por primera vez la prevención de incendios como asignatura.

“El pastoreo puede parecer una cosa bucólica, pero es el futuro más real”

- Jesús Garzón, pastor

García-Dory coincide en que la deforestación y el abandono hacen que el matorral se expanda cada vez más, de ahí la necesidad que actúen las cabras y ovejas, a las que llama “los bomberos de invierno”. Según él, cada vez más instituciones se acercan a informarse sobre este mecanismo preventivo y hay una mayor conciencia entre los ganaderos de que “no solo producen alimentos, también producen paisaje”.

Los expertos apuntan que pastores y ganado son hoy indispensables en la protección de nuestra naturaleza. Nos enfrentamos a los llamados incendios de sexta generación como el que arrasó 30.000 hectáreas en la Sierra de la Culebra el pasado junio, que son imparables debido a la velocidad con la que se propagan las llamas por un monte abandonado y reseco por culpa de unas olas de calor cada vez más frecuentes. Y como limitar el cambio climático resulta una labor global cuyos efectos se verán siempre a medio plazo, reducir el material que sirve para aumentar la velocidad de propagación resulta la vía más directa para prevenir estos nuevos desastres naturales.

Así, ante el abandono del campo y el auge de la ganadería intensiva y sus macrogranjas, surgen proyectos para que vuelva a suceder lo que funcionó durante siglos, es decir, que el ganado se coma durante todo el año el alimento de las llamas. Como el que desarrollan desde 2011 los bomberos de la Comunidad de Madrid junto a los propietarios del ganado. A través de sistemas de geolocalización en los collares y sistemas de pequeñas descargas eléctricas, se aseguran que pastan por las zonas que más interesa para prevenir la propagación del fuego. De este modo, según la comunidad, más de 19.000 cabezas de ganado, entre cabras, ovejas, vacas y caballos, habrían servido para reducir combustible en cinco municipios de la sierra madrileña.

Iniciativas similares se multiplican por todo el país, en especial en las zonas históricamente más afectadas por el fuego. Galicia, las dos Castillas, Andalucía, Cataluña, Canarias. La idea coge fuerza. Un estudio de expertos agroforestales estudió el impacto de las cabras en la prevención de incendios en la provincia de Valladolid y concluyó que supone una “técnica eficiente, barata y capaz de fijar población en el medio rural” y representa menos gasto que el de una cuadrilla forestal que hiciera el mismo trabajo.

El impulso ha tomado carácter internacional. Distintas organizaciones de
España, Portugal, Francia y Alemania formaron en 2019 Fireshepherds, una suerte de erasmus para intercambiar experiencias entre estos “pastores del fuego” e involucrar a las nuevas generaciones de ganaderos en la prevención de
incendios.

Un territorio que se apaga solo

Comienzo del pasto controlado para prevenir incendios en el Parque Natural de Collserola
Comienzo del pasto controlado para prevenir incendios en el Parque Natural de Collserola
AYUNTAMIENTO DE BARCELONA

La palabra “pastorear” comparte raíz latina con “proteger”. Con este guiño al origen de las palabras, pero sobre todo avalado por sus estudios de ecología, Ferrán Pauné, está convencido de que la ganadería extensiva es la mejor forma para prevenir los incendios forestales. Y lo está poniendo en práctica en un lugar inesperado, la ciudad de Barcelona. En 2021 fue el responsable de diseñar un plan de pastoreo para el ayuntamiento condal y este año ya lo ha aplicado en una de las cuatro zonas previstas de la sierra del Collserola.

Pauné, profesor de la Universidad de Vic, destaca que es el primer plan en el mundo de pastoreo en entorno urbano y reconoce las dificultades para mover ganado cerca de casas, autovías, o del Parque Güell. Pero el mayor desafío fue recuperar una actividad que en esa zona había desaparecido a mediados del siglo pasado. “Lo que necesitábamos eran pastores de otros lugares y cada vez quedan menos”.

“(Las ovejas) no es que sean la mejor forma de prevenir incendios, es que son la única sostenible”

- Jesús Garzón, pastor

En este caso no hizo falta recurrir a nuevas tecnologías, sino que según él la innovación consistió en trazar un plan junto a los ganaderos con la prevención de incendios como objetivo, pero que tuviera en cuenta los límites urbanos, los posibles conflictos con los vecinos. El plan de pastoreo determinó cuántas ovejas y cabras eran necesarias, qué recorridos harían, o qué suplementos alimentarios se les daría, así como el dinero que obtendrían “por un servicio ambiental” de acuerdo a los resultados obtenidos.

Aunque estos días Pauné y su equipo están analizando los primeros datos, este se muestra más que satisfecho. Allí donde marcaron un cortafuegos en el mapa, junto a las zonas urbanas, un pastoreo más intenso habría conseguido “reducir el 90% del combustible forestal” entre el suelo y más de metro y medio de altura.

En estas zonas se habría roto así la continuidad del combustible, la clave para que un incendio siga avanzando. “Si ahí hubiera un inicio de fuego podría apagarse solo”, puede que los bomberos “no tendrían ni que ir”, señala Pauné. Algo que, según él, no se consigue con un desbroce mecánico, “porque el combustible está ahí, solo que en el suelo”.

Este ecólogo también subraya el desafío que suponen los súper incendios, donde los cortafuegos y los bomberos sirven para muy poco. “Lo que estamos buscando es un territorio resistente al fuego”. Y para eso, apunta que hace falta agricultura de montaña, para romper la continuidad del paisaje, pero sobre todo con ganadería, no la que vive en establos y se alimenta con productos que han viajado miles de kilómetros, sino la que come lo que se va encontrando por el monte. Como las ovejas imparables de Jesús.