POLÍTICA
24/07/2021 10:32 CEST

Voto digital, cuando la facilidad y la rapidez se topan con la seguridad

En Francia ha resurgido el debate de impulsar el sufragio telemático tras la baja participación de las elecciones regionales. ¿Ha llegado el momento de hacerlo?

sorbetto via Getty Images

El pasado 26 de junio, Francia votaba en la segunda vuelta de las elecciones regionales. Salieron ganando los conservadores, el centro no rascó mucho y la ultraderecha no llegó a tocar poder. Pero, porcentajes de voto aparte, lo más llamativo de la jornada fue la enorme abstención, del 66%. Los franceses no se veían llamados a ejercer su derecho. Desde el liberal En Marche, el partido del presidente Emmanuel Macron, propusieron de inmediato un antídoto: quizá si las elecciones se hacen online, con voto electrónico, a los ciudadanos les dará menos pereza participar. 

Así que el debate vuelve a abrirse en Europa, un continente reacio a los experimentos que desplacen al voto presencial, tradicional. ¿Estamos preparados para dar el paso? ¿Es conveniente, es seguro, es democrático? Entre los expertos no hay consenso: están los que prefieren esperar a mejorar las garantías del sistema, aún insuficientes, y los que recuerdan que pucherazo también se hace en papel desde que las elecciones son elecciones.  

No hablamos de una cosa recién caída del cielo. El voto electrónico tuvo su desarrollo inicial en la segunda mitad del siglo pasado, con sencillos dispositivos electromecánicos que se encargaban de recoger las marcas realizadas en las papeletas de los votantes para luego analizarlas y transformarlas en votos para cada cual. En la década de 1960, el Gobierno de EEUU implantó por primera vez su uso a través de un sistema óptico que se encargaba del reconocimiento de marcas en papeletas especialmente preparadas para ello. Aún se siguen usando, mejorados y sofisticados. 

El National Democratic Institute define dos tipos de sistemas para la votación telemática: siendo la base el voto digital, la diferencia es si es supervisado o desatendido. El primero es un término medio, en realidad, porque la autonomía no es total. Destacan las tarjetas perforadas leídas por un dispositivo preparado para ello, los sistemas ópticos que reconocen las marcas a través de sistemas de escáneres o los terminales de voto directo, a través de pantallas instaladas en cabinas. El segundo se caracteriza por basar el voto 100% en internet (puede haber supervisión también, pero no presencial) y se puede emitir desde cualquier lugar del mundo, complicando los controles de seguridad. 

En Europa, países como Suiza, Noruega, Alemania, Holanda o Estonia ya han llevado a cabo experiencias piloto, con desigual resultado. Por el momento, solo el país báltico ha llegado a implantarlo de modo general, mientras que el resto lo ha rechazado por diversos motivos, incluidas ciertas controversias sobre su constitucionalidad, más allá de lo puramente tecnológico. Rusia también empezó con pruebas piloto hace dos años. Y en América, hay casos parciales en Canadá, Estados Unidos, Brasil o Venezuela, donde se viene usando desde hace años, pero circunscrito a sistemas supervisados con equipos en los centros de votaciones. India y Australia completan el mapa. 

Garantías por encima de todo

Como explica la analista política Iris Brans, antes de pensar en presencial o digital, hay que revisar qué es “un buen voto democrático”. A su entender, debe tener tres componentes: “ser secreto, ser único (uno por persona) y ser verificable”. Actualmente el voto intangible, digital, aún no cumple al 100% con esas características. “Es el futuro, creo que en eso no hay debate, pero hoy el software que se necesita para ello está demasiado fragmentado e inconexo como para ser garantista”, sostiene. “Digamos que los ingenieros, admirablemente, han tratado de innovar en todos los campos a alta velocidad pero, precisamente para dar respuestas rápidas, la seguridad ha quedado en un plano secundario y eso en unas elecciones es determinante”, abunda. 

Un buen voto democrático debe ser ser secreto, único y verificable

Brans entiende que en el mundo occidental hay “más medios, más perfeccionados y más fiables” que en otros lugares del planeta, pero las pruebas que se han hecho en algunos estados “muestran que, por ahora, los valores del voto en papel no han sido superados, ni igualados siquiera”. Entre ellos, destaca que no se necesita ni internet ni electricidad, que su recuento es sencillo, que deja rastro y evidencia física, palpable, que puede por ello ser revisado dentro de muchos años sin más soporte que el papel, que para el recuento no hacen falta conocimientos técnicos y que puede ejecutarse con similares características en todo el mundo. 

Como defensora de la evolución “a su debido tiempo”, también recuerda las bondades que puede tener un voto telemático: “incentiva la participación a través de la reducción de la abstención” -que es justo lo que se planteaba los centristas de En Marche-, “facilita la accesibilidad” al derecho de sufragio de las personas, “evita desplazamientos innecesarios, al colegio electoral o a las oficinas de correos” (bueno en tiempos de pandemia como los que estamos pasando o para los residentes en el exterior) y “puede hacerse desde casi cualquier dispositivo”, por lo que se gana en versatilidad. Objetivamente, añade, “el coste es menor y se gana tiempo en el recuento”. 

La analista es belga, país donde se está incorporando el voto electrónico paulatinamente. Por eso tiene datos de primera mano de cómo han ido las cosas. Sí, se gana en rapidez, accesibilidad y legibilidad, pero las dudas de seguridad son “profundas, generan un intenso roce entre formaciones y, más, cuando los datos son ajustados”. Relata que los datos pueden alterarse en el envío a la central de estadísticas, ser interceptados por el camino o modificados y, también, puede impedirse el voto por falsos avisos de confirmación de los registros de votantes. También se han dado casos de votos dobles, indica, que “invalidan el sufragio”, además de robos de contraseñas (“más graves si además el voto va a asociado al perfil general del ciudadano, a su DNI electrónico, con su información sanitaria o fiscal) y servidores colapsados. 

“Es un reto para la ciberseguridad aún no abordado convenientemente, es complejo y difícil detectar errores, se puede acabar manipulando al votante o se pueden producir fallos que hagan irrecuperables los procesos. Eso hoy no se puede negar”, añade. Recuerda precedentes locales, como en las áreas flamencas de Amberes y Gante, pero también casos internacionales, como las fallas localizadas en el estado australiano de Nueva Gales del Sur, que permitieron a los piratas el robo de información privada, o un caso en Virginia (EEUU), donde hubo que rehacer el dispositivo porque estaba expuesto con contraseñas facilonas como “abcde” y “admin”. No pasó nada, pero fue un aviso. 

Dudas, demasiadas dudas 

El ingeniero y experto en ciberseguridad español Alejandro Pitel confirma que “la autenticación válida y la garantía de que el voto no se manipule” son los grandes retos que aún quedan por superar para tener “un sistema óptimo de voto telemático”. “Es la pescadilla que se muerde la cola. Por decirlo claramente, tenemos que dar con un sistema que impida que los movimientos sean trazables, porque el anonimato del voto y de la identidad de la persona no pueden revelarse ni a quien acumula los datos ni a quien hace el recuento. ¿Cómo separar eso, con seguridad, del perfil de un usuario o de su DNI electrónico?”, se cuestiona. 

El Parlamento Europeo estudió la conversión de los procesos electorales a electrónicos y localizó la misma falla: se “compromete potencialmente el secreto del voto, ya que es imposible garantizar que nadie está vigilando de alguna manera a los votantes cuando lo emiten” y, por eso justo, recomienda es que, de instalarlo, los países de la UE lo hagan pensando en grupos reducidos, al menos al principio. El ejemplo tipo es el de las personas con discapacidad, para las que desplazarse al centro de votación sea complicado. 

Tenemos que dar con un sistema que impida que los movimientos sean trazables, porque el anonimato del voto y de la identidad de la persona no pueden revelarse ni a quien acumula los datos ni a quien hace el recuento

Los defensores del sistema sostienen que una solución para reforzar el voto telemático es recurrir a la tecnología blockchain o cadena de bloques asegurados criptográficamente, de moda sobre todo por su uso en las criptomonedas. “Sus bondades son que es muy segura y cada paso queda registrado. Cada bloque tiene un lugar específico e inamovible dentro de la cadena, ya que cada bloque contiene información del hash del bloque anterior. Un hash es un código único, como la huella digital del bloque. La cadena completa se guarda en cada nodo de la red que conforma la blockchain, por lo que se almacena una copia exacta de la cadena en todos los participantes de la red”, desgrana Pitel. 

Se supone que, por su naturaleza, no se puede piratear, pero el problema es que, aunque el registro del voto y el recuento pueden estar protegidos en una plataforma de este tipo, el proceso previo de la emisión en sí del voto no está alojado ahí. 

Y luego están las complicaciones del coste del sistema, que los países europeos aún no están dispuestos a asumir. Hay que calcular el hardware y el software, las actualizaciones de bases de datos de los electores, los ajustes al sistema o las correspondientes auditorías de certificación, que algunos analistas calculan en cinco euros por votante

“El coste lleva aparejado también el problema de la propiedad. ¿Se le pide a una empresa privada el dispositivo, se nacionaliza, se lanza desde un organismo público? ¿Es mejor fiarte de una firma particular con contratos blindados o del Gobierno?”, pone sobre la mesa. 

Los expertos consideran que en la UE en general y también en España hay obstáculos políticos, legislativos y culturales que impiden que el voto telemático pueda ser una realidad a corto plazo. Haría falta una voluntad política real de los partidos, pero no está en la agenda inmediata. La ley orgánica del Régimen Electoral General (Loreg) no lo prevé ahora mismo y habría que reformarla, con el tiempo que ello conlleva. Y se suman todas las dudas anteriores.

Los niveles de abstención en España no llegaron al 25% en las últimas elecciones generales, por lo que tampoco se añade la urgencia que han mostrado en Francia para movilizar a la situación. La entrada en escena de nuevos actores políticos y el intento de los partidos tradicionales de movilizar a los suyos ha ayudado a mejorar los datos. 

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