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17/10/2015 09:58 CEST | Actualizado 17/10/2016 11:12 CEST

Las chorradas que nunca debes decir a un gemelo y siempre dices

gemelosSé exactamente las chorradas que vas a decir cuando nos ves juntos a mi hermano y a mí. Sí. Tú, querido lector. Tú, que aun sabiendo desde pequeñito que los gemelos existimos, aun así, oh mi semejante, me tocas las narices cada vez que me ves con mi hermano y se te ocurren esas majaderías originalísimas que repite todo el mundo.

Para la única cuestión en que le veo una ventaja a lo de ser gemelo es en el tema este del asesinato. Mejor me explico. Lo cuenta Graham Greene en uno de sus cuentos más curiosos: Un caso para la defensa. Un hombre se sienta en el banquillo acusado de matar una pobre anciana con un martillo. Es culpable. Todo el mundo lo sabe. Hay varios testigos y, sobre todo, está la señora Salmon, vecina de la pobre señora Parker, que ha visto al acusado salir de la escena del crimen con un martillo en la mano. La señora Salmon insiste. Es el hombre que vio, sin ningún género de dudas. ¿Ninguno? El astuto abogado defensor se dirige a ella y le señala a una copia exacta del acusado que se encuentra entre el público asistente. Uno de los dos es sin duda el asesino... ¿pero cuál? No hay condena posible y el supuesto asesino queda libre cual tonadillera de permiso carcelario.... Para saber el final, léanlo, que no cuesta tanto.

En fin, hermano, lo siento. Sé que lo sospechabas, que te imaginabas algo así cuando me veías la cara de fastidio con que nos miraban en la calle. Pero te lo confirmo. No me gusta ser gemelo. Porque una cosa es tener un hermano con quien jugar y otra muy distinta que seas la atracción de circo. ¿O acaso a la mujer barbuda le gusta su barba? Seguro que no, lo asume con resignación y saca algo de dinerillo. Yo ni eso.

De lo que me podía ganar la vida es de adivinador, con o sin turbante, lo dejo a elección de mi manager. Sé exactamente las chorradas que vas a decir cuando nos ves juntos a mi hermano y a mí. Sí. Tú, querido lector. Tú, que aun sabiendo desde pequeñito que los gemelos existimos, aun habiendo conocido alguno, siendo un individuo de mundo que ha soportado las tertulias de Sálvame Deluxe, sigue a Mariló Montero en Twitter y se ha maravillado con los trajes de Messi en la ceremonia del Balón de Oro... aun así, oh mi semejante, me tocas las narices cada vez que me ves con mi hermano y se te ocurren esas majaderías originalísimas que repite todo el mundo. Para que no tengas que hacerlo más, dejo aquí escrito para la Historia la respuesta a todas tus dudas venerables:

  • Si me pegan a mí, no le duele a él. Creedme, es imposible, durante mi infancia lo probé innumerables veces cuando nos peleábamos..., me duele siempre más a mí.
  • No, no nos hemos intercambiado las novias (guarrete).
  • No, no hemos necesariamente engañado a los profesores del colegio en los exámenes (solo en casos de extrema necesidad).
  • Sí. Hablamos igual. Pero es solo porque genéticamente tenemos las mismas cuerdas vocales; es algo que le pasaría a cualquiera.
  • Confía en mí, si te digo que no soy mi hermano, es que no soy mi hermano... El DNI, que te muestro con resignación, solo es una prueba documental de lo que yo te digo.
  • No, tampoco soy mi hermano que te está gastando una broma.
  • Tenemos los mismos gestos, vale, pero prueba a vivir 25 años con la misma persona día tras día, desde la teta a la litrona; algo se te pegará, digo yo...
  • Llevamos vidas diferentes, con profesiones diferentes, estilos diferentes, gustos diferentes... ¿Será porque realmente somos iguales pero no lo mismo?

Y es verdad que la culpa no es del todo tuya, amable lector. Los festivales de gemelos en la tele, las bodas entre parejas de hermanos idénticos, o las conclusiones de algunos estudios sobre gemelos separados al nacer, no ayudan a que se acepte la normalidad de mi gemelitud.

Te propongo algunas cambios en la manera en que afrontas nuestros encuentros. Estas son algunas de las cosas de las que podríamos hablar. ¡Solo trato de elevar el debate! Ánimo, que tú puedes...

Eso sí... mientras tanto, ya lo sabes, ten cuidado conmigo; tengo la coartada perfecta.