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06/09/2013 07:23 CEST | Actualizado 05/11/2013 11:12 CET

Vale, el gotelé era feo, pero en el gotelé se veían cosas

En la habitación de un niño en la España de finales de los setenta no había ordenador, ni tele, ni consolas de videojuegos: solo estaba el gotelé. Mi amigo Fer vio a la Inmaculada Concepción, que incluso le habló. Otra amiga ordenaba sus recuerdos y sus pensamientos pintando pequeños puntitos de colores.

Los mojitos de los viernes por la noche provocan conversaciones delirantes que acaban en temas de lo más insospechado. Hablando sobre técnicas de relajación, uno de mis amigos (sí, yo tengo muchos amigos heterosexuales) sugirió esa que consiste en mirar una pared en blanco e intentar no recibir ningún estímulo durante un buen rato: el cerebro se resetea y es mejor que dormir diez horas. Yo lo hago mucho, pero en vez de mirar una pared en blanco veo series de televisión españolas actuales: ningún estímulo, ni intelectual, ni humorístico, ni sexual... (hay una honrosa excepción: Crematorio).

De ahí pasamos, lógicamente, al papel pintado y al gotelé. Tanto meterse con el gotelé, tanto meterse con el gotelé... pues ¿saben qué? En el gotelé se veían cosas. Concretamente, yo vi los tres tomos de El Señor de los Anillos: en la pared de mi habitación eran perfectamente distinguibles las tierras desde la Comarca a Rivendel, desde Minas Tirith hasta Mordor. También mapas de África, grandes batallas de la historia, la cara oculta de la luna, animales antediluvianos. Porque en la habitación de un niño en la España de finales de los setenta no había ordenador, ni tele, ni consolas de videojuegos: solo estaba el gotelé. El gotelé era el consuelo también para los niños como yo: por las noches veía las piernas de Bermúdez, que saltaba al plinto como un dios alado. Y el bigotazo del profesor de gimnasia. Mi amigo Fer vio a la Inmaculada Concepción, que incluso le habló: "Hijo, no te preocupes por no tener descendencia, el mundo está superpoblado". Otra amiga ordenaba sus recuerdos y sus pensamientos pintando pequeños puntitos de colores entre el gotelé. Porque el gotelé aceptaba de maravilla y sin que los padres se dieran cuenta la intervención artística.

Tenía sus desventajas, claro: raspaba. ¡Menudas, las heridas del gotelé! Pero ¿no han escapado ustedes muchas veces de la realidad en esos montecitos lunares, en ese mundo de cianofíceas o protozoos que tanto parecía micro como macroscópico? Yo concretamente, huía de esa España gris con olor a garbanzos de los sábados por la mañana. En mi cama, sin la menor gana de levantarme, me daba la vuelta hacia la pared y ese mundo atroz y espeluznante desaparecía.

La España de 2013 cada vez me recuerda más a la de los setenta, incluso cada vez huele más a garbanzos. Estoy convencido de que al entrar al Tribunal Constitucional, huele a garbanzos. Como estoy seguro de que también lo hacen Ana Mato, Ana Botella o Jorge Fernández Díaz (por poner solo tres ejemplos de esa España garbancera y capitidisminuida). Lo malo es que para huir de ella no tenemos gotelé. Ahora volvemos a casa y solo podemos mirar la preciosa pintura lisa. O una serie de televisión española, salvo Crematorio. Ya no hay escape, ya no hay éxtasis.

Hablando de huida de la realidad: mientras esperan ustedes a tener más vidas en el Candy Crush, si viven en Madrid, lleven a sus hijos a ver la exposición sobre Georges Méliès en el Caixa Forum. Hacía tiempo que no veía tantos ojos brillantes. ¡He visto un zoótropo, un fenaquistiscopio, un praxinoscopio! Cuánta imaginación, cuánta belleza, cuánta ternura, cuánta inocencia. De nada.

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