¿Vuelve la extrema delgadez? Qué está pasando para que se camufle como bienestar y la diversidad se haya esfumado
En las últimas semanas, se ha reabierto el debate sobre los cuerpos de rostros conocidos que se ven en alfombras rojas o pasarelas y cómo pueden ser un gatillo para los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA).

La pregunta en las últimas semanas se ha repetido hasta la saciedad: ¿ha vuelto la extrema delgadez de los 2000? Basta pararse a analizar cada alfombra roja o echar un vistazo a las pasarelas para darse cuenta de que esa diversidad de la que se presumía en los años previos a la pandemia se está esfumando y que el canon de belleza está volviendo hacia cuerpos extremadamente delgados.
"¿No habíamos pasado esto ya? Los cuerpos eran sanos y fuertes, de todas las formas; la moda era otra y la meta era otra. Yo pensaba que ya habíamos llegado a algún sitio", se lamentó la directora y guionista Chloé Wallace en un mensaje a través de Instagram en el que comentaba que su TCA que "creía dormido" volvía a hacerle tener pensamientos intrusivos.
No es una impresión de directora. Sin ir más lejos, según un informe de Vogue Business, los porcentajes de diversidad en las principales pasarelas del mundo han ido cayendo cada vez más. En 2025, la representación plus size fue solo el 0,3% mientras que la mid size sumó un 2%.
Para Laura Alberola, psicóloga sanitaria especialista en Trastornos de la Conducta Alimentaria, esto es "algo incluso más complejo" que el heroin chic de los noventa o principios de los 2000. "Vivíamos una delgadez muy explícita, ligada a la moda de la época, a la publicidad, a la cultura de consumo de productos para adelgazar a cualquier precio: era evidente e incluso, pensándolo bien, abiertamente violenta. Ahora el mensaje es distinto: se presenta envuelto en discursos de salud, bienestar, hábitos, autocuidado, control e incluso productividad", advierte la experta.
"La extrema delgadez quizá no sea hoy el único modelo imperante de belleza, pero la exigencia corporal sigue ahí, solo que más sofisticada y moralizada", explica Alberola, que lo enlaza con los retoques estéticos al alza entre los más jóvenes. "En los 90, ponerse bótox sonaba a algo lejano: algo que asociábamos a mujeres mayores y con alto poder adquisitivo. Hoy se recomienda incluso antes de los 30 como prevención, y además te lo cuentan chicas jóvenes en sus propias redes sociales, de forma cotidiana, generando cercanía y confianza", añade la psicóloga.
Precisamente el pasar más tiempo en redes sociales, donde proliferan perfiles que glorifican la extrema delgadez bajo las etiquetas #ed (eating disorder), fue una de las causas por las que los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA) aumentaron en los años de pandemia. Estos impactos e imágenes pueden ser un factor para que sigan vigentes.
"Los TCA aumentaron después de la pandemia y todavía seguimos con ese incremento de prevalencia desde esa fecha. Ahora es verdad están saliendo muchas imágenes de gente conocida de extrema delgadez, pero hasta el momento no vemos una repercusión tangible. Sí que es llamativo que personas o actrices que además hacen películas que de alguna manera critican esos cánones de belleza, se transformen en la protagonista prácticamente de la película", lamenta Marina Díaz, psiquiatra responsable de la Unidad de TCA del Hospital Clínico San Carlos de Madrid y presidenta de la Sociedad Española de Psiquiatría y Salud Mental.
A pesar de que este tipo de imágenes o mensajes no tienen porque derivar en un TCA, en el caso de Alberola sí ha notado un incremento de conductas preocupantes en consulta. "Sí observo un aumento de malestar corporal, miedo a engordar, sensación de no ser suficiente, hipercontrol alimentario, dietas diversas con fines de modificación corporal, hipervigilancia con la comida y una mayor normalización de conductas restrictivas que se presentan como autocuidado. Por ejemplo, me parece preocupante que haya personas midiéndose la glucosa en casa a diario sin tener una indicación médica para ello", detalla la psicóloga.
Alberola recuerda que este malestar "configura un terreno de vulnerabilidad y riesgo clínico" que puede provocar un caldo de cultivo para esos TCA.
El impacto de las imágenes y las redes sociales
Con este día a día, una de las preguntas es cómo afecta especialmente a jóvenes y adolescentes estar recibiendo constantemente impactos a través de imágenes en redes sociales. “Hay que entender que las imágenes, las redes sociales y los cánones estéticos influyen, pero los trastornos de conducta alimentaria son una forma de expresar un malestar profundo”, recuerda Marina Díaz.
La psiquiatra explica que ese malestar que es caldo de cultivo para un TCA “tiene que ver con la desregulación emocional, conflictos interpersonales, trauma, acoso escolar y digamos que el control del peso se convierte en una manera de no afrontar ese malestar profundo y en la manera de tener la mente ocupada en otra cosa para evitar sentir eso que realmente es lo doloroso”.
De esta forma, según la psiquiatra, las redes sociales afectan “desde tres puntos de vista”. “El primero porque cuando uno se ve expuesto a imágenes ideales de cuerpos en un momento en que se está creando la identidad, porque el adolescente por el hecho de ser adolescente es inseguro, esa exposición puede alterar la autoestima, la propia imagen corporal y las expectativas que cada uno tenga acerca de su cuerpo”, destaca Díaz.
“Por otro lado, la exposición a las redes sociales precipita la impulsividad cognitiva. Ese scroll infinito hace que los jóvenes cada vez se vuelvan más impulsivos y tengan más intolerancia a la frustración, son más incapaces de posponer la gratificación. Esto se traduce en aquellas chicas con esta vulnerabilidad de TCA con sintomatología bulímica, con atracones y conducta de purga, además de una mayor desregulación emocional”, detalla la psiquiatra.
Además, Díaz explica que “la exposición a redes también produce insomnio y a veces el insomnio va a generar depresión y desde la depresión pues se puede también generar un trastorno de conducta alimentaria por la alta comorbilidad entre ellos”.
Para Alberola, las redes afectan “no porque una sola imagen provoque por sí misma un trastorno, porque el impacto no funciona de una forma tan lineal y determinante, sino porque refuerza un ideal corporal muy concreto y muy estrecho que muchas chicas ya tienen interiorizado. El problema es la acumulación de micro impactos a lo largo del tiempo”.
Además, la psicóloga explica que la manera de perpetuar ciertos cánones ha cambiado: “No creo que volvamos exactamente a los 2000; creo que estamos entrando en una versión nueva del mismo problema. Ahora la presión estética no viene solo de pasarelas o revistas, sino del algoritmo, de los filtros, de la comparación constante en redes y de una estética extremadamente vigilada que se consume a diario”.
“Es una presión más continua, más íntima y más difícil de apagar; más silenciosa, más infiltrada en la vida cotidiana. Acompaña a las adolescentes en el móvil, en su habitación y en su intimidad. Ya no siempre adopta la forma de una violencia explícita, sino de una violencia implícita y constante, y precisamente por eso resulta más difícil de detectar”, matiza la psicóloga.
En este sentido, Díaz añade que la prevención a través del entorno más cercano también está cambiando. “Nosotros estamos viendo que la familia como elemento de contención está desapareciendo, la soledad que se asocia a muchos jóvenes hace que se aboquen a las redes sociales donde toda esa visión de cuerpos excelsos altera claramente la construcción de su identidad y la construcción de su seguridad”, alerta la psiquiatra.
¿Tienen los fármacos como Ozempic algo que ver?
En este contexto en el que las mujeres siguen sufriendo la presión estética, no son pocas las voces que han denunciado que la popularización de tratamientos de GLP1 como Ozempic o Mounjaro, concebidos para tratar la diabetes o la obesidad, tienen parte de la culpa de que se haya vuelto a glorificar la extrema delgadez.
¿Es real este impacto? “Yo creo que sí. Los tratamientos agonistas del GLP-1 están de nuevo haciendo que la delgadez sea algo deseable”, explica Marina Díaz. “Es cierto que la obesidad es una enfermedad que hay que abordar, pero el uso generalizado de estos fármacos está haciendo que efectivamente se esté dando un culto exagerado y desproporcionado a la delgadez”, matiza la psiquiatra.
Además, la doctora recuerda que su uso no siempre es el adecuado. “Lo están utilizando muchas personas que no tienen obesidad. La seguridad social solo lo cubre para la diabetes asociada a la obesidad, pero para cualquier persona que quiera perder peso en este momento, la posibilidad de que tome este tipo de tratamientos es muy elevada, con todo el riesgo que supone porque el control médico que se hace de ellos es cuestionable”, advierte Díaz.
Laura Alberola tiene una opinión similar, destacando que este tipo de fármacos “ya forman parte de nuestro clima cultural”. “Yo no diría que sean la única causa ni que expliquen por sí solos este fenómeno. Pero sí creo que su enorme visibilidad mediática ha contribuido a reactivar la idea de que el cuerpo debe —y además puede— corregirse, reducirse o disciplinarse, y de que adelgazar rápido vuelve a ser un objetivo deseable, admirado e incluso esperable”, valora la psicóloga.
Además, Alberola destaca que todavía “hay investigación limitada” sobre cómo afectan a personas que han sufrido un TCA o que son más vulnerables a sufrirlo este tipo de medicamentos. “Lo que yo estoy viendo en consulta es que este medicamento puede reducir (o apagar según palabras de ellas) de forma intensa el food noise o ruido mental relacionado con la comida, además de desconectar o amortiguar señales de hambre. Y eso no necesariamente resuelve el problema de base: a veces simplemente lo aplaza mientras se agrava en silencio”, ejemplifica la psicóloga.
“Más que decir que ‘Ozempic trae de vuelta la delgadez extrema’, yo diría que su popularización encaja perfectamente en una cultura que sigue premiando la delgadez y penalizando la gordura, y que amplifica una presión estética que quizá parecía haberse suavizado, pero no había desaparecido”, defiende.
Qué se puede hacer a nivel social
Lo que parece claro es que son necesarias acciones para evitar que especialmente las chicas más jóvenes se vean sometidas a presión y desarrollen problemas derivados de intentar cumplir con el canon estético. Para Laura Alberola “no basta con intervenir sobre la autoestima individual; hay que intervenir también sobre el contexto”.
¿Cómo? “Enseñando alfabetización digital y emocional: ayudar a identificar filtros, sesgos algorítmicos, marketing encubierto y mensajes que disfrazan la violencia estética de autocuidado o salud. Construir criterio propio es una herramienta de protección”, detalla la psicóloga.
Por su parte, Marina Díaz considera que es fundamental “controlar el acceso a las redes sociales”. “Desde la Sociedad Española de Psiquiatría y Salud Mental estamos intentando impulsar esa ley para que los menores de 16 no entren en redes y evitar ese abuso de ellas”, detalla la psiquiatra, que recuerda que es imprescindible hablar con las adolescentes y evitar que se sientan solas.
“Me gustaría hacer entender a la juventud que existe el malestar a lo largo de la vida cotidiana. Tienen unas expectativas acerca de su belleza, su vida... hay que hacer entender que en la vida existe imperfección, emociones negativas y todo forma parte de un proceso vital normal”, recuerda la doctora.
Además, Alberola explica que precisamente en la adolescencia, cuando se diagnostican habitualmente por primera vez los TCA, “hace falta trabajar el cuerpo fuera de la lógica del juicio: no solo cómo se ve, sino cómo se siente, qué necesita, qué señales envía y qué relación tenemos con él”. “Esta educación debería empezar pronto, y no solo en la escuela, también en casa. Si tu hija come pizza y tú comes una ensalada mientras verbalizas culpa, control o miedo, el mensaje que recibe va mucho más allá de la comida”, destaca la psicóloga.
Alberola no tiene duda: “La idea de fondo es muy clara: mientras el valor siga colocado en la apariencia, el sufrimiento corporal seguirá encontrando nuevas formas de expresarse. No podemos detectar con claridad aquello que tenemos completamente normalizado”.
