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11/03/2016 06:52 CET | Actualizado 11/03/2016 06:53 CET

Nueve cosas que he aprendido al viajar sola tras la muerte de mi abuela

madeline wahlMe siento completa después de haber hecho este viaje, como si las piezas hubieran encajado y hubieran creado una imagen que simboliza esta nueva etapa de mi vida. Mi zona de confort ahora es más grande gracias a que supe quién era y quién quería ser. Tengo un largo camino por delante, pero, por lo menos, voy bien encaminada.

Madeline Wahl

Mis amigos, familiares y compañeros de trabajo me han preguntado por qué decidí irme de viaje sola a Islandia y en invierno. Me preparé varias respuestas, dependiendo de la confianza que tuviera con la persona que me preguntara. Si me lo preguntaba un conocido, diría que llevaba sin salir al extranjero cuatro años, que me encantaba el invierno y que buscaba un nuevo sitio que explorar. Si un amigo no muy cercano me lo preguntaba, le diría que otro amigo se fue de viaje solo el año pasado y se lo pasó genial, así que, ¿por qué no?

Pero a los más cercanos les diría que me iba porque llevaba queriendo escapar de mi vida desde que mi abuela murió en octubre de 2014, el año anterior a mi viaje. Me sentía completamente perdida, como si no tuviera ni idea de adónde iba, como si mi valentía se hubiera desvanecido para dejar paso a las dudas. Necesitaba salir de ahí. Algunas personas son capaces de quedarse en el mismo sitio y reconstruir su vida, pero yo necesitaba viajar para volver a descubrirme. Necesitaba viajar sola y, por alguna extraña razón, lo que necesitaba era ir a Islandia. Y sí, en invierno.

Cuando alguien cercano se muere de repente, tu mundo se descoloca y, mientras externamente todo sigue igual, internamente es como vivir una vida completamente distinta. Tardé una semana en superar el shock, y pasé varios meses intentando volver a tener una vida normal.

Cuando reservé el viaje de nueve días a Islandia, supe que era lo que tenía que hacer. Me deshice de las precauciones y de la dudas y me embarqué en un viaje hacia lo que una vez había considerado imposible. Y me alegro muchísimo de haberlo hecho.

Nueve cosas que he aprendido al ir por mi cuenta a Islandia después de la muerte de mi abuela:

1. Pasar mucho tiempo solo con tus pensamientos te permite reflexionar sobre tu vida y sobre tus elecciones.

Después del fallecimiento de mi abuela, me sentía como un puzzle roto, con todas las piezas perdidas sin remedio. El viaje me ayudó a reconstruir todo y a evaluar lo que necesitaba hacer. Mientras esperaba a pasar el control de seguridad en el aeropuerto, mientras esperaba a que el avión aterrizara en Islandia y mientras esperaba a que pasara lo que tenía que pasar después, me di cuenta de que mis pensamientos se habían reorganizado poco a poco en algo coherente. Me encantaba la idea de que iba a estar sola en un país nuevo durante más de una semana y que iba a poder probar su gastronomía y explorar sus zonas rurales y su cultura. Reikiavik me enamoró, aunque estuviéramos a 30 grados menos de los que había en Nueva York cuando me fui. Me encantó la adrenalina, la emoción y la curiosidad que experimenté mientras me las arreglaba para llegar a mi hostal con la intención de preparar el resto del viaje. También me di cuenta de que me gustaba mi casa de Nueva York, pero que era el momento adecuado para ver más mundo. Aunque sea una introvertida empedernida, disfruté conociendo a gente nueva. Mi pasión es escribir y siempre escribiré mis experiencias. Aprendí mucho más al dejar que mis pensamientos fluyeran y al enfrentarme a mis miedos. A miles de kilómetros de casa, no había sitio para esconderse. Era ahora o nunca.

2. "Lo que buscas te está buscando a ti", como dijo el célebre poeta Rumi.

Les conocí el primer día que pasé en Islandia, cuando me registré en el Kex Hostel unas horas después de aterrizar. No conocía a nadie y no sabía qué esperar de mi primer viaje en solitario. Todavía no me puedo creer que me encontrara a gente tan cariñosa, creativa e inspiradora justo cuando más lo necesitaba. Bailamos en los glaciares de Jökulsárlón, recorrimos el Círculo Dorado, escalamos una cascada por la noche y hablamos de nuestras vidas. Me había abierto con amigos antes, pero nunca había contado detalles tan personales de mi vida a desconocidos. Mientras recorrimos la costa sur de Islandia, hablamos de por qué viajábamos solos, de rupturas, de familias, de lo que queríamos hacer con nuestras vidas y de dónde nos veíamos en el futuro. Pasamos cuatro días increíbles juntos, unos días que no cambiaría por nada del mundo, y todo porque encontramos lo que buscábamos, lo que necesitábamos en ese momento. Sara, Nick y Sammie también eran estadounidenses y habían viajado solos antes. Sara y yo no conocíamos a nadie en Islandia, pero Sammie y Nick se conocían de antes. En la siguiente foto estamos en la pequeña ciudad de Vik, de noche, en la arena negra de la playa. Pudimos ver muchas estrellas (incluso estrellas fugaces y la Vía Láctea). Estábamos solos en la playa y decidimos tumbarnos en la arena para mirar las estrellas mientras escuchábamos música. Pasado un rato, nos levantamos, nos giramos y nos dimos cuenta de que había un tenue resplandor en el cielo: una aurora boreal. Congeniamos rápidamente y tengo la certeza de que seremos amigos durante mucho tiempo. Es genial la sensación de estar en el lugar y momento adecuados y ver cómo todo encaja.

3. Dejar todo atrás te proporciona la libertad para vivir el presente.

Al principio, me preocupaba cómo conectarme a Internet y ponerme al día con mis amigos y con mi familia. ¿Cómo iba a saber de sus vidas? ¿Qué estaba pasando en el trabajo? ¿Cómo iba a compartir las fotos que estaba haciendo? Era una adicta al teléfono y me estaba perdiendo todos los paisajes a mi alrededor. Aprendí que lo que pasara en casa no importaba tanto como lo que estaba ocurriendo donde estaba yo. Tenía que apreciar el hecho de que estaba en un país extranjero yo sola. Me alegro de haber utilizado el teléfono sólo cuando había WiFi y de haber podido respirar el aire puro y observar los glaciares, los amaneceres, los atardeceres, los edificios y la gente en vez de mirar Facebook o Instagram.

4. Dejar a un lado la planificación y dejarte llevar te proporciona la libertad para explorar cosas que nunca te habrías esperado.

Cuando mi amiga Sara se enteró de que un grupo islandés que le gustaba iba a tocar en un bar de Keflavik, me pidió que fuera con ella. El concierto fue la víspera de nuestro viaje de vuelta a casa, pero dije que sí y me fui con ella. Alquiló un coche y juntas nos fuimos al bar en el que tocaría el grupo, Júníus Meyvant. Nos enteramos de que estaban cenando en un restaurante cercano, así que fuimos a cenar al mismo sitio, nos sentamos cerca de ellos (era un sitio pequeño) y luego les pedimos una foto. Eran muy majos y nos hicimos la foto. Más tarde, dieron un conciertazo. Resulta muy curioso ver cómo el grupo hablaba con el público en islandés, pero luego cantaba en inglés. Al acabar el concierto, se acercaron a nosotras, nos firmaron el merchandising que habíamos comprado y el cantante nos dio un abrazo. En resumen: buen grupo, buenas bebidas y buena compañía. Fue este espíritu aventurero e improvisado lo que me enamoró de mí misma y de los demás en Islandia.

5. Viajar solo implica arriesgarse y confiar.

Yo había montado a caballo un par de veces en mi vida, pero después de buscar información en Google sobre caballos islandeses con jerséis y de enamorarme de ellos, supe que tenía que hacer una excursión a caballo. Sin saber qué esperar, nos subimos a un autobús que nos llevaría a través de una zona cubierta por lava de más de 7 000 años de antigüedad hacia un rancho en el que me asignaron un caballo, Brownie. Fueron dos horas de recorrido por nieve y hielo y, aunque los caballos se resbalaron en el hielo un par de veces (y a mí se me salió el corazón del pecho), sobrevivimos y pudimos disfrutar de un paisaje precioso.

Otra noche, escalé una cascada helada. Al igual que cuando hice la excursión a caballo, pasé mucho miedo y no podía dejar de ponerme en lo peor, pero, al final, todo fue bien. Me sentí más viva que nunca y la adrenalina y la emoción se apoderaron de mí. Eso hizo que valiera la pena.

6. Aprendes a olvidarte tanto de las cosas que controlas como de las que no puedes controlar.

He pensado en mi abuela cada día que ha pasado desde que falleció. Unos días me dedicaba a escuchar mensajes viejos que me había dejado en el buzón de voz sólo para volver a escuchar su voz, y otras veces pasaba delante del escaparate de una tienda, veía una joya y pensaba en lo mucho que le habría gustado a mi abuela. A veces, antes de quedarme dormida en mi hostal de Islandia, reflexionaba sobre por qué había hecho este viaje y qué me gustaría recordar para siempre de él. Antes del viaje a Islandia, analizaba todo demasiado. Dudaba de mí misma y de mis planes. Si participaba en un concurso de escritura, estaba convencida de que no iba a ganar. No estaba segura de si iba a sacar buenas notas o no en las clases de la universidad. Si me decidía a irme de viaje por mi cuenta, pensaba que estaría sola y triste. Después de viajar a Islandia, de ver el país y de conocer a gente increíble, todos mis miedos se esfumaron. Había estado en el extranjero y me lo había pasado como nunca. Sabía que podía olvidarme de las cosas que no podía controlar, de recuerdos que estaban mejor escritos, de arrepentimientos injustificados. He vivido mi vida lo mejor que he podido. Era libre.

7. El mundo es precioso. Para verlo, lo único que tienes que hacer es salir de tu zona de confort.

Estar en Islandia era como estar en un sueño. Nunca había estado en un país donde la mayor parte de la mañana transcurre de noche porque amanece a las 11 de la mañana. Sin embargo, a medida que el sol se movía, iluminaba la ciudad y el campo de una manera preciosa. Nunca me he sentido tan en casa como allí: al observar Reikiavik desde la parte de arriba de una iglesia o al pararme en el arcén de la carretera para admirar la belleza que me rodeaba. Era una sensación de alivio constante, una relajación que sólo se vive cuando sales de tu zona de confort y te encuentras con un mundo que supera tus expectativas.

8. Mereces la pena y, si tú no lo ves, otra gente puede verlo por ti.

Quiero a mis amigos y a mi familia, pero la experiencia de viajar a un país nuevo y conocer a un nuevo grupo de amigos con los que crear nuevos recuerdos fue increíble. Saber que podía formar parte de una comunidad en un país que no era el mío fue genial. Podíamos tirarnos viendo combates hasta las 6 de la mañana en un bar del centro de Reikiavik, hablar de nuestras vidas hasta las 3 de la mañana o ver películas. Incluso cuando dudaba de mí misma, ellos fueron capaces de ver mi espíritu aventurero. Sólo necesitaba un poco de ayuda para verlo por mí misma.

9. Nunca estás solo.

Después de todo, es lógico que únicamente estuviera sola al principio y al final del viaje. Estaba sola cuando empecé y cuando acabé. Pero ya no me sentía tan sola. Llegué, vi y vencí a mis dudas, a mis críticas y a mi manía de analizarlo todo. Aprendí a dejarme llevar (hasta el punto de coger el autobús desde la Laguna Azul hacia el aeropuerto con 10 minutos de margen). Volví sola a Estados Unidos, pero sé que nunca me volveré a sentir sola. Tengo conmigo los recuerdos de este viaje y, para mí, suponen una confianza que llevaré siempre conmigo.

Me siento completa después de haber hecho este viaje, como si las piezas hubieran encajado y hubieran creado una imagen que simboliza esta nueva etapa de mi vida. Sigo echando de menos a mi abuela, pero ahora sé que viajar sola me ha hecho confirmar que, desde la perspectiva adecuada, la vida es bonita. Mi zona de confort ahora es más grande gracias a que supe quién era y quién quería ser. Tengo un largo camino por delante, pero, por lo menos, voy bien encaminada.

Este post fue publicado originalmente en la edición estadounidense de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del inglés por Irene de Andrés Armenteros.

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