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25/01/2013 08:29 CET | Actualizado 26/03/2013 10:12 CET

Disney en el Real

No, no es que el Teatro Real se haya visto obligado a programar La Sirenita o Pinocho para cubrir los huecos que le deja la crisis. El Disney que ocupa el escenario del teatro de la ópera de Madrid dista mucho de sus polícromas producciones infantiles. De hecho el color brilla por su ausencia en este estreno mundial de El americano perfecto (The Perfect American) que Mortier encargó a Philip Glass para la New York City Opera y se ha venido tras él hasta aquí, y ha visto la luz esta semana. Una gozada en toda regla. Gracias Morti.

No, no es que el Teatro Real se haya visto obligado a programar La Sirenita o Pinocho para cubrir los huecos que le deja la crisis. El Disney que ocupa el escenario del teatro de la ópera de Madrid dista mucho de sus polícromas producciones infantiles. De hecho el color brilla por su ausencia en este estreno mundial de El americano perfecto (The Perfect American) que Mortier encargó a Philip Glass para la New York City Opera y se ha venido tras él hasta aquí, y ha visto la luz esta semana. Pero vamos por partes.

Siempre es emocionante asistir al nacimiento de una obra de arte. Y, en el caso de un espectáculo teatral, es muy emocionante estar presente en ese momento mágico en que el esfuerzo y el talento de un grupo numeroso y variado de personas, que tienen en común su dedicación al arte, se sincronizan en un perfecto engranaje para alumbrar una obra común nueva.

Viendo el otro día el ensayo general no pude evitar pensar en la idea de la obra de arte total, la Gesamtkunstwerk que dirían los alemanes y los gafapastas, pero que Dios no permita que yo utilice, ese evento artístico en el que confluyen y colaboran diversas formas de creación. En El americano perfecto hay poesía, música, luz, dibujo, escultura...

Foto: JAVIER DEL REAL / EFE

El espectáculo se apoya en unos pilares muy sólidos. Para empezar la novella de Peter Stephan Jungk, recientemente publicada por Turner Noema, y que recomiendo a cualquiera que alguna vez haya sospechado que el creador de Blancanieves tenía un lado menos colorido y encantador; o sea, a todo el mundo. Lamentablemente, la ópera deja fuera algunos episodios interesantes como la performance sangrienta que le dedica el extrabajador obsesionado con vengarse, pero mantiene el espíritu general, la mayor parte de la narración, incluidos algunos pasajes fascinantes como la aparición de la niña disfrazada de búho que no sabe quién es Disney, lo que saca de quicio a papá Walt; o una inefable conversación de éste con un autómata de Lincoln que el autor aprovecha para especular, sin demasiada sutileza, sobre las tendencias políticas del fabricante de sueños.

El espacio escénico de Dan Potra es tan atractivo que podría ser una obra en sí mismo. Uno siente el deseo de entrar en ese espacio cilíndrico que delimita la maquinaria mastodóntica de la que cuelgan dos proyectores disfrazados de cámaras cuya silueta recuerda la cabeza de Mickey Mouse y que proyectan animaciones monocromas y siniestras sobre telas que caen y luego arrancan los actores, y que giran al mismo tiempo que aquellas. Una instalación espectacular que me habría encantado habitar unos instantes.

Foto: JAVIER DEL REAL / EFE

Y qué decir de la música de Philip Glass. O la adoras o te pone de los nervios. Yo la adoré desde que me puso de los nervios la primera vez que vi Koyaanisqatsi, aquella película que distorsionaba el tiempo hasta ponerte de los nervios. Y la fui adorando más y más a medida que conocía sus otras óperas, sus trabajos con Bob Wilson, más recientemente sus bandas sonoras... Me da igual si es o no minimalista (algo que al compositor le repatea que digan de su música), si es serialista o es poco seria. A mí me arrastra a un estado en el que me gusta estar. Y en este caso es perfecta para la historia que cuenta. En particular el segundo acto tiene momentos de una enorme belleza, musical y escénica.

Todos los intérpretes están bien. No me siento capacitado para hacer una valoración más profunda. Pero ese coro Intermezzo dirigido por Andrés Máspero no deja de darme alegrías. Y la Orquesta Sinfónica de Madrid, que dirigió Dennis Russell Davies puede con todo lo que le echen.

Vamos, una gozada en toda regla. Gracias Morti.

Foto: JAVIER DEL REAL / EFE

Coda. ¿Por qué es todo en blanco y negro?

El mismo fin de semana vi Tempestad dirigida por Peris Mencheta en las Naves del Matadero y Maridos y Mujeres dirigida por Àlex Rigola en La Abadía. En ambos espectáculos los actores van obstinadamente vestidos en blanco y negro (y sus correspondientes grises) con pinceladas de rojo rabioso. El negro sobre todo dominaba el vestuario. Recuerdo que cuando yo hacía diseño para el teatro alguien me dijo: "Si no se te ocurre nada, ponlo negro".

Cuando empezó El americano perfecto se me encogió el ombligo al ver que todo era en blanco y negro. Afortunadamente, a medida que avanzaba el espectáculo fueron apareciendo algunos colores que disiparon mis dudas sobre la posibilidad de que estuviera sufriendo una forma rara de daltonismo que solo me afectaba al mirar a un escenario.

¿Es que no se os ocurre nada?

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