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04/06/2018 07:26 CEST | Actualizado 08/06/2018 17:52 CEST

Prólogo de 'El futuro es historia'

TURNER NOEMA

Me han contado muchas historias sobre Rusia y yo misma he contado otras. Cuando tenía once o doce años, a finales de la década de 1970, mi madre me dijo que la URSS era un estado totalitario; ella lo comparaba con el régimen nazi, en un acto extraordinario de pensamiento y palabra para un ciudadano soviético. Mis padres me dijeron además que el régimen soviético duraría eternamente y que por esa razón tendríamos que abandonar el país.

Siendo ya una joven periodista, a finales de la década de 1980, el régimen soviético comenzó a tambalearse hasta colapsar y a convertirse en un montón de escombros, o eso se decía. Me uní al ejército de periodistas que documentaban con entusiasmo cómo mi país abrazaba la libertad y se encaminaba hacia la democracia.

Durante cerca de dos décadas los ciudadanos rusos habían estado perdiendo derechos y libertades

Pasé mis treinta, y después mis cuarenta años documentando la muerte de una democracia rusa que nunca había llegado a existir realmente. Diferentes personas estaban contando historias diferentes sobre el tema: muchos insistían en que Rusia solo había dado un paso atrás después de haber dado un par de pasos hacia la democracia; algunos culpaban a Vladímir Putin y a la KGB, otros a un supuesto amor ruso por el puño de hierro, y otros más a un desconsiderado e imperioso Occidente. En determinado momento, estuve convencida de que escribiría la historia de la decadencia y caída del régimen de Putin. Poco después, me vi abandonando Rusia por segunda vez; ahora como una mujer madura y con niños. Tal como lo hiciera mi madre antes que yo, les tuve que explicar a mis hijos por qué no podíamos seguir viviendo en nuestro país.

Las señales eran bien claras. Durante cerca de dos décadas los ciudadanos rusos habían estado perdiendo derechos y libertades. En 2012, el gobierno de Putin inició una represión política abierta. El país declaró la guerra al enemigo interno y a sus vecinos. En 2008, Rusia invadió Georgia, y en 2014 atacó Ucrania, anexándose vastos territorios. También ha estado llevando a cabo una guerra mediática contra la democracia occidental como concepto abstracto y como realidad concreta. A los observadores occidentales les tomó algún tiempo darse cuenta de lo que estaba sucediendo en Rusia, pero ahora las historias sobre las diversas guerras rusas se han vuelto familiares. En el imaginario contemporáneo de Estados Unidos, Rusia ha recuperado su rol de imperio malvado y de amenaza existencial.

Los libros sobre Rusia se dividen en dos categorías: cuentan historias sobre los poderosos o sobre la "gente común"

La represión, las guerras, incluso el retorno de Rusia al escenario internacional fueron sucesos concretos —de los que fui testigo— y cuya historia quería contar. Pero también quería hablar de lo que no había ocurrido: la historia de la libertad que no se llegó a abrazar y de la democracia que nunca se deseó.¿Cómo contar semejante historia? ¿Dónde encontrar las causas de esas ausencias? ¿Por dónde empezar y por quién?

Los libros populares sobre Rusia —u otros países— se dividen en dos grandes categorías: los que cuentan historias sobre los poderosos (los zares, Stalin, Putin y sus círculos) e intentan explicar cómo se rige y se ha regido el país; y los que cuentan historias sobre la "gente común" e intentan mostrar cómo se vive allí. He escrito ambos tipos de libros y he leído muchos más. Pero incluso los mejores de ellos —quizá especialmente los mejores— nos muestran apenas una parte de la historia de un país. Si concebimos la información como yo lo hago, en términos de la fábula india de los seis hombres ciegos y el elefante, la mayoría de los libros rusos describen solo la cabeza del elefante o solo sus patas. Incluso cuando esos libros nos proporcionan una descripción de la cola, la trompa y el cuerpo, muy pocos tratan de explicar cómo es el animal en su totalidad, o de qué tipo de animal se trata. Esta vez mi objetivo es tanto describir como definir al animal.

Algunos recuerdan la década de 1990 como una época de liberación; para otros representa caos y dolor

Decidí comenzar por la decadencia del régimen soviético: tal vez debamos cuestionarnos su "colapso". Decidí también centrarme en personas para quienes el fin de la URSS fue el primero o uno de sus primeros recuerdos decisivos: la generación de rusos nacidos a inicios o mediados de la década de 1980. Aquellos que crecieron en la década de 1990, quizá la década más controvertida de la historia rusa: algunos la recuerdan como una época de liberación, en tanto para otros representa caos y dolor. Esta generación ha vivido toda su vida adulta en una Rusia dirigida por Vladímir Putin. Al escoger a mis sujetos, busqué también personas cuyas vidas cambiaron drásticamente como consecuencia de la represión iniciada en 2012. Liosha, Masha, Seriocha y Zhanna —cuatro jóvenes oriundos de diferentes ciudades, familias y, en realidad, de diferentes mundos soviéticos— me dieron la oportunidad de contar lo que significó crecer en un país que estaba abriéndose y llegar a la vida adulta en una sociedad que se replegaba.

EFE
El presidente ruso, Vladimir Putin.

Para encontrar a mis protagonistas, hice lo que suelen hacer los periodistas: busqué personas que fuesen "normales", en la medida en que sus experiencias ilustrasen la experiencia de otros millones de personas, y a la vez extraordinarias: inteligentes, apasionadas, reflexivas, capaces de contar sus historias vívidamente. Pero la capacidad de dar sentido a la propia existencia en el mundo es propia de la libertad. El régimen soviético despojó a las personas no solo de su aptitud para vivir en libertad, sino también de la capacidad para comprender cabalmente de qué les habían despojado y cómo había ocurrido esto. El régimen busca aniquilar la memoria personal y la memoria histórica tanto como el análisis académico de la sociedad. En virtud de la guerra orquestada contra las ciencias sociales, durante décadas los académicos occidentales han estado mejor posicionados para interpretar a Rusia que los propios rusos... pero, en tanto extranjeros con acceso restringido a la información, no podían llenar ese vacío realmente. Más que de una cuestión de erudición se trató de un ataque contra la humanidad de la sociedad rusa, que perdió las herramientas e incluso el lenguaje para entenderse. Las únicas historias que Rusia se contó a sí misma las crearon los ideólogos soviéticos. Si un país moderno no tiene sociólogos, psicólogos o filósofos, ¿qué puede saber sobre sí mismo? ¿Y qué pueden saber sobre sí mismos sus ciudadanos? Comprendí que el simple acto de mi madre de categorizar el régimen soviético y compararlo con otro había requerido una dosis extraordinaria de libertad, derivada, al menos en parte, del hecho de que ya había decidido emigrar.

En la era de Putin, las ciencias sociales se sometieron y degradaron con métodos nuevos

Para captar la tragedia mayor de haber perdido las herramientas intelectuales necesarias para dar sentido a las experiencias vividas, busqué a rusos que hubieran intentado ejercitarlas, tanto en el periodo soviético como en el postsoviético. Así fue creciendo el elenco de personajes hasta incluir un sociólogo, una psicoanalista y un filósofo. Si alguien maneja las herramientas para definir al elefante, son ellos. No son "personas normales" —las historias de sus batallas por resucitar sus disciplinas distan de ser representativas— pero tampoco son "poderosos": ellos son las personas que intentan comprender. En la era de Putin, las ciencias sociales se sometieron y degradaron con métodos nuevos, y mis protagonistas se enfrentaron a un conjunto de decisiones imposibles nuevas.

Mientras hilvanaba estas historias, imaginé que estaba escribiendo una larga (y no ficticia) novela rusa, que buscaba captar tanto la trama de las tragedias individuales como los acontecimientos e ideas que las moldearon. Albergo la esperanza de que el resultado no solo sea un libro que muestre cómo ha sido vivir en Rusia durante los últimos treinta años, sino además lo que ha sido Rusia durante este tiempo, en qué se ha convertido y cómo. El elefante hace también una breve aparición.

Este texto es el prólogo del libro El futuro es historia. Rusia y el regreso del totalitarismo, escrito por la periodista y escritora Masha Gessen.

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