Almería (todavía) no es Mineápolis
El pasado verano vimos como en la Región de Murcia se llamaba a la ‘caza del inmigrante’ por parte de elementos fascistas.

La ciudad de Mineápolis, en los EEUU, se ha convertido en la advertencia global de que el discurso del odio de la extrema derecha puede transformarse con rapidez en una política de odio, violencia y muerte. El Gobierno de Trump se ha apoderado de una agencia federal con la que está aterrorizando a su país, y ya se ha cobrado la vida de una ciudadana (que sepamos de momento solo una).
En España la extrema derecha no está gobernando y no lo hará mientras lo haga un gobierno progresista. Pero sí está creciendo y busca apoderarse de nuestras instituciones, ayudada por un PP absolutamente ciego y/o cómplice a la hora de multiplicar el discurso ultra entre la población.
El pasado verano vimos como en la Región de Murcia se llamaba a la ‘caza del inmigrante’ por parte de elementos fascistas. Jugaban con la elevada presencia de migrantes en la zona dedicados a la agricultura, fundamentalmente. Almería, mi provincia, comparte esa realidad y los riesgos de ser manipulada por una extrema derecha que apuesta por el odio y la división. Almería (todavía) no es Mineápolis, pero debemos estar alerta para que no lo acabe siendo.
Almería es una provincia que crece demográficamente y también económicamente. La población migrante es responsable directa de ese crecimiento poblacional, y tiene gran parte de “culpa” y aporta a ese crecimiento económico. Los datos son irrefutables, que no se empeñen los vendedores de entradas del apocalipsis en decir lo contrario.
Es subrayable que las zonas rurales de interior se llevan los malos datos. Es cierto que aquí el flujo migratorio tiene su origen, en su mayor parte, en países europeos, con personas de cierta edad que buscan calma, descanso y sol, y que por tanto no están en edad fértil. Pero que, aun así, en determinados núcleos concretos consiguen mantener la población y la economía.
¿Cómo podemos equilibrar esta realidad? La reflexión ha de ser más profunda y debe centrarse en cuestiones claves como, por ejemplo, el papel que debe jugar la Diputación Provincial que, sin duda, está a otras cosas que poco tienen que ver con la filosofía política con la que nace esta administración provincial. Demasiado tiempo perdido, aunque no para algunos responsables con “dentaduras perfectas”, como se ha desprendido de la investigación de la UCO sobre la corrupción del PP al frente de esta institución.
Los migrantes y el odio de la extrema derecha
Por supuesto merece un análisis o mención el tipo de trabajos que ocupan principalmente las personas migrantes. Es cuanto menos curioso que, desde determinadas posiciones, asumamos que nuestro hogar lo limpie una mujer ecuatoriana, a nuestros padres o abuelos los cuiden mujeres colombianas, los tomates que comemos los recojan marroquíes, nuestras casas las construyan malienses o que las bravas en el bar te las sirva un argentino. Ahora, eso sí, que no estén en hospitales, en centros de ocio, ni por supuesto sentados en el bar a tu lado consumiendo. Ahí tenemos a la ultraderecha avivando esos resquemores para convertirlos en odio
Los posicionamientos de la extrema derecha asumidos ahora directamente por el PP, si es que no siempre los tuvieron, son fruto de una estrategia extendida a nivel global que trata de criminalizar al “diferente” en un intento de enfrentar al penúltimo con el último, todo con ese interés electoral para marcar una agenda ideológica peligrosa y preocupante para la convivencia, el progreso y para la propia democracia.
Los Trump, Meloni, Milei, Le Pen o Bolsonaro son ejemplo de esta guerra cultural que libramos y que cada vez se hace más ruda, irrespirable e insolidaria y que además viene acompañada de mentiras y bulos amplificados desde pseudomedios y redes sociales controladas por oligarcas tecnológicos que se ven beneficiados por estas políticas ultras y, en consecuencia, sus cuentas de resultados y donde paradójicamente todos escribimos, nos exponemos y nos ‘narcotizamos’.
Redes sociales que trabajan propagandísticamente desde sus algoritmos a golpe de reels y tiktoks con consignas dirigidas a los jóvenes como: “Con Franco se vivía mejor”.
Nadie dijo que la lucha por la democracia y la convivencia fuera fácil.
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Antonio Martínez Rodríguez es senador del PSOE por Almería
