Controlar los precios, aliviar el día a día
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Controlar los precios, aliviar el día a día

"La vivienda, la comida, el transporte… hay cosas demasiado importantes como para dejarlas en mano del mercado"

El pasillo de un supermercado.Getty Images

Hay lugares en los que se cree que los eclipses son dragones devorando el sol. En otros se cree que la lluvia depende del humor de los dioses. Aquí hay gente que insiste en creer ciegamente en que el mercado se autorregula siempre. Cada cual es libre de profesar el pensamiento mágico que quiera, ¡faltaría más! El problema es que apelar a la “mano invisible” cuando el mercado se convierte en una máquina de amplificar el dolor no solo es ingenuo sino que es peligroso.

Cuando una tragedia golpea, no se puede confiar en el mercado. Por eso acierta Pablo Bustinduy al poner un tope a los precios de productos y servicios en situaciones de emergencia. No es intervencionismo caprichoso: es impedir la especulación en momentos de vulnerabilidad. En medio del caos hay que evitar que unos pocos hagan negocio con el infortunio ajeno. Limitar las subidas abusivas en el transporte o el alojamiento cuando miles de personas necesitan desplazarse o refugiarse es un mínimo exigible en una sociedad civilizada.

Los fanáticos del mercado escuchan “control de precios” y vaticinan el Apocalipsis. Oyen “tope de precios” y auguran desabastecimiento, retirada de oferta y colapso. Lo mismo dijeron durante la pandemia con las mascarillas y los test de COVID, pero nada de eso. La fijación de precios máximos garantizó el acceso universal a un bien de primerísima necesidad en un momento crítico. Ni rastro de la escasez que anunciaron. Todo lo contrario, hubo suministro garantizado, certidumbre y equidad.

Defender el control de precios no es una extravagancia contemporánea ni una rareza ideológica. Es una herramienta que se ha aplicado en épocas y contextos variados con resultados contrastados: desde Estados Unidos durante la II Guerra Mundial hasta Francia ante la crisis energética derivada de la invasión rusa de Ucrania, pasando por Canadá en los años 70 para frenar la inflación desbocada o Nueva York tras el huracán Sandy para evitar subidas abusivas en plena emergencia. Cuando se aplica de manera selectiva, transparente y vinculada a bienes esenciales, el control de precios funciona.

Cuando llenar la nevera se convierte en un lujo, tampoco se puede confiar en el mercado. La escalada de precios de los alimentos supone un desafío urgente. Según el informe “Tendencias de Precios de la Cesta de la Compra 2025” realizado por Mercer, Madrid es una de las capitales europeas donde más han crecido -66%- los precios en una década, solo por detrás de Varsovia. Mientras tanto, el Observatorio de Márgenes Empresariales señalaba a cierre de 2024 ganancias históricas en cadenas comerciales, grandes superficies y supermercados regionales. Hacer la compra no puede suponer un sudoku presupuestario para millones de familias. Hace falta intervenir de forma integral. Explorar fórmulas como las defendidas por el actual alcalde de Nueva York, Zoran Mamdami: una red de supermercados municipales que garantice el acceso a productos básicos a precios justos.

Y si hay un ámbito en el que la fe ciega en el mercado ha demostrado, además de sus límites, sus dramáticas consecuencias es el de la vivienda. Nos ha abocado a una crisis habitacional que devora cualquier dato macroeconómico positivo. Los tímidos intentos de controlar los precios, el tope de alquileres, se han demostrado eficaces. No es una varita mágica que resuelve todo de un plumazo pero allá donde se han aplicado, Barcelona o Navarra, han funcionado: contiene las subidas, rebaja la tensión y baja los precios.

La vivienda, la comida, el transporte… hay cosas demasiado importantes como para dejarlas en mano del mercado. Así que el debate de fondo es sencillo: ¿vamos a dejar que el fundamentalismo de mercado siga arrasando nuestras vidas o vamos a ponerle freno? El mercado es una herramienta, no una religión. Y cuando una herramienta daña a quienes debería servir lo responsable no es rezar, es regular.

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