De 1910 a 2026: la gran deuda pendiente con las mujeres
"El feminismo nunca ha recurrido a la violencia para influir, solo ha necesitado el inconfundible tono de la razón".

Andrea Fernández es portavoz de Igualdad del Grupo Parlamentario Socialista y diputada por León.
El 8 de marzo se conmemora como el Día Internacional de las Mujeres porque en 1908 cientos de mujeres dedicadas al sector textil en Nueva York decidieron luchar para mejorar sus condiciones laborales. Algunos años después, la fábrica Triangle Shirtwaist ardió cobrándose la vida de 146 trabajadoras, la gran mayoría migrantes y precarias. En relación con ello, en la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas en Copenhague, Clara Zetkin propuso el 8 de marzo como día internacional para reivindicar los derechos de las mujeres, desde el sufragio hasta la mejora de sus condiciones laborales.
Durante décadas, este punto de partida ha supuesto un terreno fértil de avances para las mujeres en cuanto a la ampliación de derechos y libertades. De hecho, la lucha de las mujeres organizadas también internacionalmente tuvo un impacto significativo en la configuración de las democracias tal y como las disfrutamos hoy, porque pusieron en la agenda política global una obviedad: las mujeres sufren en todo el mundo una forma de opresión muy específica directamente incardinada en su sexo. Opresión cuya razón de ser es, además, eminentemente productiva: las mujeres trabajan gratis cuidando y sosteniendo sus hogares y, solo subsidiariamente, se incorporaban al mercado laboral. Además, cuando lo hacían, es para ocupar posiciones feminizadas y, en consecuencia, precarizadas. Por supuesto, siempre siendo casi imposible que sus posiciones pudieran granjearles independencia económica y, por lo tanto, la posibilidad de ser realmente libres.
La fuerza de las mujeres organizadas, como decía, ha conseguido influir en el desarrollo político de muchos estados, que han tenido que ir acogiendo las exigencias del movimiento feminista. Este avance ha sido lento -dada la magnitud de la injusticia- pero imparable y, generalmente, no violento. El feminismo nunca ha recurrido a la violencia para influir, solo ha necesitado el inconfundible tono de la razón. Algo extraordinario.
Sin embargo, pese a que esta es una historia de indiscutible éxito, queda mucho camino por andar. Quizá un signo de nuestro tiempo es que las injusticias más dolorosas contra las mujeres hoy en día acontecen en los márgenes. Por supuesto, las condiciones de vida de las mujeres han mejorado sustancialmente, pero muchas siguen estando sometidas a formas de vida absolutamente inasumibles. Son muchas las mujeres migrantes que siguen sometidas a condiciones laborales de semiesclavitud. Me refiero a internas, cuidadoras, limpiadoras, mujeres de la fresa, de Gibraltar y un largo etc… Muchas de ellas contribuyen con su fuerza de trabajo a la economía de los países donde se encuentran, pero a cambio no tienen derechos, ni acceso a servicios básicos, ni a prestaciones. Estas mujeres no viven condiciones muy diferentes a las que pelearon en 1910 en Nueva York.
Además, sufren una vulnerabilidad adicional, que es la violencia sexual. La vulnerabilidad que las atraviesa las expone mucho más a diferentes tipos de esta violencia. Sin embargo, existe una especialmente impune: la explotación sexual y, por tanto, la prostitución. Se cree que más del 80% de las mujeres en situación de prostitución provienen de contextos migrantes. Nuestro país cuenta con unas cifras de hombres que acuden a la prostitución especialmente elevada. Mientras, a día de hoy, seguimos sin contar con un marco legal integral que combata esta forma de violencia.
El Gobierno de España ha anunciado que pronto contaremos con una ley que aborde el fenómeno de la trata en todas sus formas y también otra que abola la prostitución. Será responsabilidad del Parlamento llegar a un acuerdo para sacar ambos textos legislativos adelante. Durante los últimos años ha sido imposible concitar un acuerdo en torno a una forma de violencia tan injusta y cruda; de hecho, esta violencia no pudo reconocerse como tal en el Pacto de Estado contra la violencia machista por oposición de algunos grupos políticos. Ojalá logremos avanzar en esta enorme deuda pendiente que nos conecta con las primeras luchas feministas porque, lamentablemente, apenas hemos avanzado.
Desde luego, el compromiso del Grupo Parlamentario Socialista seguirá inquebrantable para seguir caminando hacia el objetivo.
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