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Grietas por las que se cuela el azar

Grietas por las que se cuela el azar

Quizá sea verdad que la clave de los acontecimientos históricos nunca se encuentra en individuos particulares.

Donald Trump, presidente de los EEUU, en una imagen de archivo.
Donald Trump, presidente de los EEUU, en una imagen de archivo.dpa/picture alliance via Getty I

Siempre fue de primero de Primerología la tesis de que la clave de los acontecimientos históricos nunca se encuentra en individuos particulares. No está en el análisis de la personalidad de César Augusto la respuesta a la aparición del Imperio Romano. Este tipo de interpretaciones se despreciaban por frívolas y psicologistas. Los determinantes históricos están en una escala diferente de aquélla en la que se hallan los sujetos concretos. Si no hubiera sido uno, habría sido otro. Si un coche de caballos hubiera arrollado a un niño llamado Adolf Hitler en las calles de Passau a finales del siglo XIX, nada hubiera cambiado en la historia del siglo XX salvo el nombre del líder del nazismo alemán. Toda mi vida he sido un ferviente defensor de estas tesis. Pero… no sé… ahora… con Trump…

Quiero decir, ¿seguro que los historiadores del siglo XXII no tendrán que recurrir a la extravagante personalidad de Donald Trump para explicar los sucesos del siglo XXI? Sería la mayor novedad en la historia de la Historia universal. Sabemos de la resolución de Isabel la Católica y del narcisismo de Napoléon, pero estos rasgos temperamentales no pasan de ser notas a pie de página en los libros sobre la batalla de Waterloo o el nacimiento del Imperio Español. Sin embargo, el erupto egocéntrico e impulsivo que es la personalidad de Trump parece ser algo más que una curiosidad concurrente: parece ser una de las principales causas de los inquietantes escenarios en los que se desenvuelven los acontecimientos internacionales. Releo esta frase y digo “no, no es posible”. Pero sí es posible. O no. O sí.

Y esta sensación de caos se refuerza cada vez que escuchamos a sesudos analistas explicar de forma convincente por qué lo que ha ocurrido no podría no haber ocurrido, al mismo tiempo que sus aciertos sobre lo que va a ocurrir no superan la tasa de éxito que tendría un mono borracho con un lápiz. Predecir el pasado no parece un gran mérito, especialmente cuando, si del futuro se trata, el general con kilo y medio de medallas en la pechera es tan certero en una mesa de tertulianos como lo seríamos Tamara Falcó y yo en una montaña rusa. Es difícil evaluar la forma, longitud y localización de una catarata mientras te estás cayendo por ella, y es posible que dentro de cincuenta años los analistas demuestren que no hubo improvisación, ni impulsividad, ni capricho en todo lo que estamos viviendo. O no. O sí.

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O quizá sea verdad que la clave de los acontecimientos históricos nunca se encuentra en individuos particulares. Salvo en los momentos de absoluta inestabilidad, esos instantes en donde el aleteo de una mariposa puede hacer que caiga al suelo el testigo que cambia de manos en una carrera de relevos. A lo mejor estamos asistiendo a algo más importante que la guerra de Irán. A lo mejor el mapamundi que nuestros nietos verán en las escuelas —sí, quizá nuestros nietos vayan a escuelas con un mapamundi colgado— ya no tendrá al Atlántico, sino al Pacífico en el centro. América quedará en el Extremo Oriente y el Finisterre gallego será efectivamente el fin de la Tierra. Entonces sí, cuando un imperio hegemónico cambia por otro, se abren grietas por las que se cuela el azar. Son momentos de terror para el planeta.

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Licenciado en Filosofía y doctor en Psicología. Es profesor titular de Psicología Clínica de la Universidad de Oviedo desde antes de que nacieran sus alumnos actuales, lo que le causa mucho desasosiego. Durante las últimas décadas ha publicado varias docenas de artículos científicos en revistas nacionales e internacionales sobre psicología, siendo sus temas más trabajados la conformación del yo en la ciudad actual y la dinámica de las emociones desde una perspectiva contextualista. Bajo la firma de Antonio Rico, ha publicado varios miles de columnas de crítica sobre televisión, cine, música y cosas así en los periódicos del grupo Prensa Ibérica, en publicaciones de 'El Terrat' y en la revista 'Mongolia'.

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