La industria del odio
"Para que los discursos de odio inunden una sociedad y empapen la discusión pública hace falta una maquinaria bien engrasada con buenas dosis de dinero".

Olmo Dalcó, personaje en la Novecento de Bertolucci, hizo una de las afirmaciones más acertadas y que mejor retrata a los fascistas. Aseguraba que “no son como los hongos que nacen así en una noche. Han sido los patronos quienes han plantado a los fascistas”. Y algo parecido pasa con el odio y sus discursos.
Los discursos de odio no salen de la nada. Para que los discursos de odio inunden una sociedad y empapen la discusión pública hace falta una maquinaria bien engrasada con buenas dosis de dinero. Tanto público, que sale de los gobiernos de PP y VOX, como privado, proveniente de fundaciones que representan poderosísimos intereses económicos.
No olvidemos que el odio factura, y como toda buena inversión que se precie, no pone todos los huevos en la misma cesta. Los inversores del odio han diversificado su negocio y han creado tres grandes líneas de producción:
La industria de la misoginia. Dirigida especialmente a los chavales jóvenes, pero no solo. Irrumpe a golpe de podcast y de reels. Se resume en un mantra machista: “Si estás jodido es porque todas son unas putas”. Suena burdo pero es el telón de fondo de horas y horas de scroll infinito. Le insisten a cualquier hombre que quiera escuchar que todos sus problemas se deben a que ellas son un poquito más libres.
La industria de la xenofobia. Se alimenta de un malestar legítimo. Del provocado por no poder acceder a una vivienda, por ir apretujado en el transporte público, por no llegar a fin de mes, por no poder formar una familia… Y en lugar de señalar al rentista que acumula pisos e infla los precios, o al político que recorta en servicios públicos, apunta al vecino que viene de fuera. O ni siquiera eso, no hace falta que venga de lejos, basta con que tenga otro color de piel o le rece a otro dios. Se aprovechan de la rabia justa ante un sistema que exprime hasta la extenuación y la reorientan para exculpar al de arriba y atacar al de al lado.
La industria del fascismo fósil. Dedicada a sostener ideológicamente los últimos estertores del mundo del petróleo y sus derivados. Toda una corriente negacionista que tiene a la ciencia en su diana y a los hombres del tiempo como enemigo número uno. Están decididos a unir, inexorablemente, el futuro del país al de un sector zombi, en decadencia, lo que explica que las políticas climáticas y las renovables sean su némesis. Cuanto más tozudos son los datos más virulentos se vuelven sus adeptos.
La rueda del odio no puede parar. Necesita estos tres motores a pleno rendimiento para socavar la confianza tanto en las instituciones como en el prójimo, para dañar la convivencia y deteriorar los vínculos sociales. Pero ese es el medio para un fin aún más perverso. Enfangarlo todo es el paso previo, el aperitivo. Luego toca el plato principal: un salvaje paquete de medidas regresivas. Jornadas laborales de 12H como en Argentina, detenciones preventivas como en Italia, escuadrones racistas y encarcelamiento de niños como en Estados Unidos, cuestionamiento de los derechos políticos más básicos de las mujeres… y así hasta terminar con el mundo tal y como lo conocíamos.
Precisamente por eso, porque la industria del odio es la antesala del programa reaccionario que quieren imponernos a sangre y fuego, hay que plantarle cara desde todos los frentes. Sin renunciar a ninguna herramienta a nuestro alcance y con la certeza de que lo que tenemos enfrente es brutal pero no invencible ni inevitable.
