Ocho detalles y anécdotas que no sabíamos y que nos desvela Iñaki Urdangarin en su libro 'Todo lo vivido'
De cómo empezó su relación con la infanta Cristina, detalles secretos de su boda, su vínculo con Peret o el sorprendente oficio al que quería dedicarse de pequeño.

De Iñaki Urdangarin sabemos muchas cosas. Es lo que tiene haber sido miembro de la familia real y haber sido también protagonista de unos de los mayores escándalos de la monarquía en tiempos recientes. Pero hay cosas que no conocíamos de él, o que se han contado de otra manera, por lo que el exjugador de balonmano ha querido explicar su propia historia con sus propias palabras.
El resultado es Todo lo vivido, un libro que ha salido a la venta este jueves y en el que Iñaki repasa lo bueno y lo malo que le ha tocado vivir. En él hay asuntos que ya conocíamos, pero otros no, por lo que aquí van una serie de cuestiones de las que no habíamos oído hablar o que se desarrollaron de una manera diferente a lo que se contó en su momento:
Cristina e Iñaki no se conocieron como pensábamos
"Se ha contado muchas veces que conocí a Cristina en los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996. Y sí, es cierto que coincidimos allí, pero también es cierto que esa historia –tan cinematográfica, tan perfecta para los titulares- no se corresponde del todo con la realidad", señala Iñaki Urdangarin en su biografía.
Como todo el mundo sabe, es habitual que la familia real acude a animar a los deportistas españoles en los Juegos Olímpicos. Así que en Atlanta 96 estuvieron la reina Sofía y sus hijos Felipe y Cristina. Y quiso la casualidad que fuera la infanta la que acudiera a uno de sus partidos de balonmano. Recordemos que Urdangarin fue parte del equipo olímpico español de balonmano, y de hecho, la selección obtuvo medalla de bronce en Atlanta y una más en Sydney 2000.

Se saludaron, como la infanta hizo con todos los demás, pero no pasó nada: "Fue un saludo cordial, educado, rápido. Nada más. Ninguna chispa, ninguna conversación. Un acto oficial. A la opinión pública le encantó imaginarlo de otra manera. La idea de un romance olímpico parecía escrita por un guionista de Hollywood: el deportista de élite y la infanta que se enamoran en medio del mayor evento deportivo del mundo... Es una historia bonita, sí. Pero no fue así".
Para que la chispa saltara entre ellos tuvo que pasar un poco más de tiempo. "El verdadero primer encuentro, ese que yo considero el auténtico punto de partida de nuestra historia, llegó unos meses más tarde, en octubre de 1996, en Barcelona. Fue en una cena organizada por exolímpicos tanto de la residencia Blume como de fuera, donde coincidimos los equipos de balonmano, vela, waterpolo y otros deportistas".
"Cristina acudió invitada por el equipo de vela, en el que tenía un buen grupo de amigos, y fue allí donde realmente nos conocimos. Fue allí donde, por primera vez, cruzamos una conversación de verdad. Donde comenzó todo", relata Iñaki.
Se sentaron enfrente y acabaron hablando un poco de todo: "Recuerdo que todo fue muy natural, fácil, fluido. Había conexión. Eso sí quedó claro". Después se fueron a un bar a tomar algo: "Nosotros seguimos hablando durante todo el rato que estuvimos allí. Me descubrí con ganas de que la conversación no se terminara. Me apetecía conocerla mejor. No sé si fue exactamente en ese momento cuando me enamoré de ella, pero sí supe que quería volver a verla".

Fue cosa de los dos quedar un día. Fue el martes siguiente para cenar. Él le dio su teléfono para confirmar, y así fue. "En ese primer encuentro a solas, comenzamos a charlar con más calma. A conocernos en serio. A descubrirnos. Cristina me pareció una persona muy bondadosa. Cercana. Alguien que, a pesar del entorno en el que vivía, buscaba tener una vida lo más normal posible".
"Compartíamos el sentido del humor. Y enseguida se vio que ambos sentíamos lo mismo, que la conexión que habíamos percibido el día de la cena no había sido un espejismo y que valía la pena explorarla. A partir de ahí, fuimos quedando. Y comenzó una relación que no fue nada fácil de gestionar".
Pedida de mano en el lago de Garda y sin hincar rodilla
En octubre de 1996 empezaron a salir. Esa Navidad él se lo contó a su familia. Ella habló a sus hermanos de la existencia de "un relojero en Vitoria". "En febrero de 1997 tenía claro que estaba enamorado. No había mucho más que pensar. Iba a pedirle que se casara conmigo".

Le pidió matrimonio en el lago de Garda, en Italia. Cenaron, sacó el anillo temblando y ella dijo sí. "Su rostro fue un poema. No se lo esperaba. Y sí, fue una noche mágica. Uno de los recuerdos más bonitos de mi vida".
Invitaciones de boda cedidas y un detalle con sus amigos
Que se casaron el 4 de octubre de 1997 todos los sabemos. Lo que no conocíamos era que la fecha no era la ideal para él: "La temporada ya había empezado y me pillaba en plena actividad. Pero con un poco de voluntad por ambas partes, lo conseguimos".
¿Invitaron a quien quisieron? Más o menos... "Toda mi familia asistió a la boda. Vinieron también algunos de mis tíos y primos, aunque el número de invitados estaba muy limitado. La mayor parte del aforo se había reservado para autoridades institucionales: presidentes de comunidades autónomas, embajadores, representantes del cuerpo diplomáticos..."

Iñaki tenía muchos amigos, pero "Cristina, en aquel momento, tenía un entorno de amistades más amplio, así que yo le presté parte de mis invitaciones. Entre ambos, hicimos lo que pudimos para incluir el máximo de personas importantes para nosotros y, aun así, muchas quedaron fuera. Pero intentamos encontrar otras formas de compensarlas".
Y para compensar a esos amigos que se quedaron fuera organizaron una despedida de solteros en el Hotel Juan Carlos I de Barcelona el 2 de octubre de 1997: "Era nuestra forma de compensar a todos aquellos amigos que no habíamos podido invitar a la ceremonia. Esa noche no hubo filtros: amigos de toda la vida junto a los royals que ya estaban en Barcelona, invitados y no invitados a la ceremonia... Todos mezclados en un ambiente relajado, feliz”. Al día siguiente estuvieron de resaca, rememora Iñaki en su libro.

Otro detalle inédito es que los novios preparan un plan al margen del protocolo para sus amigos: "Durante el pasamanos oficial tras la comida, con decenas y decenas de invitados desfilando para saludarnos, cada vez que veíamos a alguno de nuestros amigos más cercanos, le pedíamos discretamente que se desviara hacia una carpa lateral. Allí, una vez terminó el acto, nos reunimos con ellos para tomar algo, charlar, reír, abrazarnos y, por fin, bajar la guardia. Fue nuestro rato. Solo nuestro".
El origen de su mote familiar
Ahora volvemos a un pasado más lejano, al pequeño Iñaki. Urdangarin formó una familia numerosa con la infanta Cristina, con la que tiene cuatro hijos, pero también procedía de una. Es el sexto de siete hermanos, el pequeño de los chicos. Tiene otro hermano varón llamado Mikel al que llaman Mitch.
En cuanto a él, le llamaron Txiki por el entonces el pequeño de la casa, y ya con eso se quedó pese a tener después una hermana menor: "Después llegó mi hermana Laura, que nació en el País Vasco, durante las vacaciones navideñas de 1965 con los abuelos. Y en enero de 1968, también como regalo de Navidad y también en Zumarraga, Euskadi, llegué yo al mundo. Durante cuatro años fui el pequeño de la casa, y de ahí se me quedó el mote de Txiki, aunque luego, ya en Barcelona, llegaría la última de mis hermanas, Cuca”.
De pequeño quería ser granjero
¿Soño desde su más tierna infancia con ser jugador de balonmano? Resulta que no. Cuenta en Todo lo vivido que los Urdangarin-Liebaert tenían una casa en Viladrau en la que eran felices y a la que siguieron yendo los fines de semana cuando se mudaron a Barcelona.
Cuando era pequeño solía escaparse a un colmado llamado Can Portet para ayudar a los dueños. El señor Portet, el dueño, le hablaba en catalán, un idioma que Iñaki domina, y le llamaba Txiki. Porque era el mote en casa, pero en Viladrau todo el mundo le conocía por ese nombre.

En el mismo capítulo recuerda que otro verano trabajó "en la granja Mas el Pujolà, propiedad de una familia amiga de mis padres. Allí ordeñaba vacas, alimentaba a los animales, ayudaba en el huerto. A veces volvía a casa con un cántaro de leche fresca o una bolsa de patatas como paga. Me sentía el niño más afortunado del mundo. De hecho, cuando alguien me preguntaba en aquella época qué quería ser de mayor, siempre respondía lo mismo: 'Granjero'" Es evidente que el plan cambió con el tiempo.
Iba a merendar y a hacer los deberes a casa de Peret
Todo el mundo recuerda al ya fallecido Peret, el rey de la rumba catalana. Sin embargo, Urdangarin tiene un recuerdo más personal de él. En su infancia vivió con su familia en la calle de Consell de Cent de Barcelona, donde tenía como vecino a Peret y a su prole.
"Mi primer parvulario estaba justo al lado de casa, y mi compañero de pupitre era el hijo de Peret. Vivía en el mismo bloque que yo, pero en el portal de al lado. Muchas tardes subía a su casa a merendar o a hacer los deberes. Me fascinaba entrar allí: el salón era oscuro y elegante, con música siempre sonando de fondo, y las paredes llenas de discos dorados y plateados, colgados como si fueran cuadros", cuenta.

Al preguntar a su amigo que por qué enmarcaban los discos, el hijo de Peret le contestó que no era así: "Estos se los dan a mi padre cuando vende muchos".
Estaba encantado de visitar la casa de Peret, hasta que la vida le separó del hijo del cantante: "Aquello era otro mundo. Un universo de escenarios, camerinos, instrumentos.. Completamente ajeno al mío. Pero me gustaba. Y me parecía increíble que alguien tan famoso viviera tan cerca, que fuera tan normal, tan accesible. Más tarde cambié de colegio para cursar la EGB y dejamos de vernos. Nunca más supe de él".
Quiso estudiar química, pero aquello no salió bien
Dejando a un lado lo de ser granjero, su verdadero sueño, y de hecho lo cumplió, fue ser jugador de balonmano. De todos modos también quería estudiar para tener opciones cuando se retirara, así que se matriculó en la universidad. No fueron tiempos fáciles.
Sufrió una lesión y le afectó a los estudios: "La universidad quedó relegada a un segundo plano. No porque no me importara, sino porque no podía con todo. Abría los libros y no conseguía retener una sola línea. Aquel curso no cumplí con los mínimos exigidos. Me expulsaron de Empresariales. Otro mazazo en plena cara. Otra pérdida".

Su gran idea fue matricularse en Químicas. Spoiler: salió mal. "La ciencia siempre me había gustado, mi padre y mi hermana Laura habían trabajado en laboratorio, y quizá -me dije- había en mi sangre algo de la herencia paterna. Bastó un mes para darme cuenta de que aquello no era lo mío. No había un atisbo de vocación y sí mucho de huida. Cuando lo tuve claro, me fui de Químicas y volví a centrarme en mi recuperación, dejando para cuando pudiera razonar con más calma la decisión sobre mi futuro académico".
Sin embargo, las cosas acabaron poniéndose de cara para él en ese asunto: "Al año siguiente logró ser readmitido en Empresariales. Mi compromiso de terminar la carrera fue más firme que nunca, y, a mi ritmo, logré hacerlo".
La broma a sus hijos cuando iba a entrar en la cárcel
Si su paso por la cárcel es la peor experiencia de su vida, lo que ocurrió justo antes tampoco fue sencillo. El 13 de junio de 2018, mientras celebraban el 53º cumpleaños de la infanta Cristina, su abogado y amigo Mario Pascual Vives le llamó para comunicarle la sentencia del Supremo: "Cinco años y diez meses de cárcel".
El ingreso fue inmediato. Se le dieron cinco días para entrar en prisión, así que en esos días pasó el mayor tiempo posible con la familia y habló con sus hijos para que se preparasen para lo que venía. Y entre tanto drama, un poco de comedia.

Relata Iñaki en Todo lo vivido que intentaron "normalizar la situación, dentro de la locura que suponía", y se le ocurrió una broma que parece que hizo gracia: "Pensemos que papá se va a trabajar a una plataforma petrolífera en Nueva Zelanda. No estará aquí, pero sí que estará pendiente. Llamaré, os escribiré... Y me podréis visitar. ¡Mucho más que si estuviera en una plataforma petrolífera, en realidad!"
También animó a Juan, Pablo, Miguel e Irene con estas palabras: "Llevad la cabeza alta, seguid el camino trazado". Y eso fue lo que hicieron.
