La tradición machista
"Los 'machotes' que en Sagunto se han negado a compartir escenario con vulgares mujeres que tratan de escapar de la cocina tienen el apoyo explícito de una parte de la población"

En las primeras semanas de 2026, la violencia de género ha remontado inesperadamente. Aunque habrá que observar su evolución más tiempo para detectar del todo las tendencias, produce desazón el observar cómo una de las lacras autóctonas más desoladoras no solo no se logra erradicar, sino que ni siquiera se puede reducir a mínimos esporádicos cada vez más infrecuentes. En consecuencia, no hay que ser un científico social muy avezado para diagnosticar que en el subconsciente colectivo de la ciudadanía se mantienen enhiestos y firmes unos criterios aberrantes según los cuales la mujer ha de supeditarse al hombre y reconocer su inferioridad, so pena de ser eliminada incluso físicamente en represalia por su rebelión.
Pues bien: en este marco de preocupación, nos llega una noticia inquietante, que sería risible si no entroncara con la tragedia que acabo de enunciar. La mala nueva es que los miembros de la cofradía de la Semana Santa de Sagunto, formada exclusivamente por hombres porque esta es la tradición, han celebrado este domingo por la tarde en la ermita de la Puríssima Sang del Nostre Senyor Jesucrist una votación para cambiar o no sus estatutos, a demanda del colectivo Semana Santa Inclusiva, que pretendía que la institución fuera mixta, es decir, que las mujeres pudieran participar en plano de igualdad. Pues bien: el resultado ha sido inequívoco: 267 votos en contra y solo 114 a favor de modificar un artículo de los estatutos para cambiar la palabra “varones” por “personas”.
De este modo —ha escrito un cronista— «las mujeres continuarán arreglando las vestas (los típicos trajes negros con capirote), ayudando a vestirse a los maridos, padres o hijos, limpiando la ermita o vendiendo lotería, pero no podrán salir en la procesión en “la cofradía de siempre, la de toda la vida”». Los argumentos esgrimidos por quienes se niegan a la apertura son de lo más racionales: “La tradición es la tradición”; “No se puede romper una tradición” o “Que se monten ellas una cofradía propia”.
Sería fácil hacer hincapié en lo significativo que resulta este maridaje entre una confesión religiosa determinada —la que más ha contribuido a formar la sensibilidad moral de los españoles— con este rasgo de rudo machismo, expresado por unos fieles distinguidos que, en una época de agnosticismo creciente, quieren participar activamente en la liturgia eclesial. Si tal creencia religiosa estuviese a la altura de su tiempo, hubiéramos visto a la jerarquía católica clamando indignada contra esta discriminación, que lesiona claramente los derechos humanos más elementales, y muy en particular el que afecta a la discriminación de la mujer. Pero no: hay que suponer que el señor obispo de la diócesis participa gustoso, faltaría más, en este alarde de masculinidad agresiva que responde al viejo lema de “la mujer en casa y con la pata quebrada”.
Como puede imaginarse, el hecho no es nuevo en esta España de pandereta. El antecedente más expresivo es la sentencia que el Tribunal Constitucional dio a conocer el pasado año relativa a una cofradía religiosa de La Laguna (Tenerife), que estimó el recurso de una mujer excluida de la Pontificia, Real y Venerable Esclavitud del Santísimo Cristo de La Laguna y declaró vulnerado su derecho a la no discriminación y a la libre asociación (STC 132/2024, de 4 de noviembre). La sentencia anuló otra anterior del Tribunal Supremo que daba la razón a la caverna y ha sido recurrida ante el Tribunal Europeo de los Derechos Humanos, y este ha sido el argumento de quienes no han acatado todavía la decisión de nuestro Constitucional.
No tengo duda de que el Tribunal Europeo ratificará la posición de nuestro Constitucional, pero este problema no es tan solo legal sino sociológico: cuando nos aproximamos al medio siglo de viaje democrático tras la muerte de Franco, el más largo periodo de libertad política de la historia de España, es desolador comprobar que todavía hay colectivos significativos y amplios que dudan del criterio estricto de la más absoluta igualdad de derechos y deberes entre hombres y mujeres. Los «machotes» que en Sagunto se han negado a compartir escenario con vulgares mujeres que tratan de escapar de la cocina tienen el apoyo explícito de una parte de la población. En concreto, de quienes, al asistir al asesinato de una mujer por su compañero, murmuran entre dientes “algo habrá hecho”.
Ante estas desastrosas evidencias, urge incrementar el esfuerzo pedagógico en la escuela, en el sistema mediático, en el tejido social. Pero cuando es evidente que un sector social relevante no acepta la improcedencia del machismo dctrinario, será bueno que la ley penal lo condene con la debida intensidad. Quizá cuando los más rancios misóginos comprueben que la postergación de la mujer no sale gratis porque no es éticamente tolerable, accedan a revisar su posición. O al menos, a no ejercitarla cuchillo en mano.
