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La vocación no paga el alquiler: un mes de marea amarilla en Madrid

La vocación no paga el alquiler: un mes de marea amarilla en Madrid

"El amarillo se ha convertido en sinónimo de dignidad. Nos obliga a escuchar el grito de auxilio de las escuelas 0-3".

La Plataforma Laboral de Escuelas Infantiles, en huelga indefinida, convoca una concentración en la Puerta de Sol
La Plataforma Laboral de Escuelas Infantiles, en huelga indefinida, convoca una concentración en la Puerta de SolEFE

En el cuento de L. Frank Baum, Dorothy necesitaba llegar a la Ciudad Esmeralda. Partía del País de Munchkin y debía recorrer un camino lleno de peligros y distracciones que la alejaban de su destino. Para recordarle lo importante, para que no olvide dónde quiere llegar, surge un camino de baldosas amarillas.

Desde hace un mes, Madrid luce ese mismo color en cada rincón. Miles de puntos amarillos recorren la región de punta a punta. No son baldosas inertes, sino de miles de educadoras infantiles que, tras décadas de aguantar el peso de un sistema educativo low-cost, han decidido que no se dejan pisar más.

Un mes de huelga indefinida, de movilización ejemplar y de compromiso admirable de la Plataforma Laboral Escuelas Infantiles (PLEI). Sin embargo, en los despachos de la Puerta del Sol parece que no se han enterado de qué va la película. O lo que es peor, se la saben de memoria y siguen jugando al despiste, apostándolo todo a que la “vocación” de esas trabajadoras volverá a tapar las grietas de su desastroso modelo. Pero la vocación no paga los alquileres por las nubes, ni reduce los pañales y los llantos que atender en soledad, ni resuelve el maltrato que sufre tanto quien educa como quien gatea.

El amarillo se ha convertido en sinónimo de dignidad. Nos obliga a escuchar el grito de auxilio de las escuelas 0-3. Una marea de trabajadoras que ha dicho basta, que se ha cansado de ser pisoteada.

Si en Oz el camino de baldosas amarillas garantizaba hacer las cosas bien, en Madrid ese camino está reventado. Esas baldosas, las educadoras, están agotadas, quemadas, y ahora, en pie de guerra. Hace tiempo entendieron que si ellas no tiraban del freno de mano, el “Mago” de la Consejería seguiría vendiendo humo para tapar un sistema que hace aguas.

Reclamar una bajada de ratios y una subida salarial no es pedir un deseo ni un milagro. Obligarlas a gestionar clases con ratios de hace 20 años mientras hablan de “excelencia educativa” sí que es una estafa. Pedirle a una profesional que se deje la espalda y la salud mental por un sueldo que no llega para pagar el alquiler y llenar la cesta de la compra es, directamente, explotación con purpurina pedagógica.

A diferencia de Dorothy, las educadoras de Madrid no quieren volver a una casa donde todo siga igual. Eso es imposible, ya no hay marcha atrás. Buscan cambiar un modelo fragmentado y privatizado que las precariza por un sistema que les permita atender y educar a los más peques con dignidad. La huelga no es una distracción ni un capricho: es la única forma de recordarnos hacia qué sociedad queremos caminar, para que cuidar y enseñar a crecer reciba, por fin, el reconocimiento y el respeto que merece.

Esta marea amarilla es imparable. No solo por las infatigables trabajadoras que levantan esta huelga a pulso, sino por las familias y miles de madrileños que las apoyamos en sus movilizaciones, sus demandas y su caja de resistencia. Porque sabemos que su causa es nuestra causa y que su victoria será la de la educación pública y del futuro de Madrid.

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Y el gobierno de Ayuso debería preocuparse. Porque la soberbia es una mala Consejera, y cuando el suelo que pisas decide levantarse y marchar, corres el riesgo de tambalearte y caer.

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