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México, el indigenismo y el presentismo moral

México, el indigenismo y el presentismo moral

"Es absurdo utilizar la historia como arma arrojadiza. Lo importante es desentrañarla para conocerla y adquirir la experiencia que proporciona".

La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, habla en una rueda de prensa en Ciudad de México este viernes 11 de octubre de 2024.
La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, habla en una rueda de prensa en Ciudad de México este viernes 11 de octubre de 2024.EFE

López Obrador, el primer progresista que presidió México en las últimas décadas, lanzó a España, mediante misiva a nuestro jefe del Estado, un incómodo requerimiento: exigió una disculpa por los excesos cometidos por los españoles durante la conquista y la colonización de México. El Rey de España no respondió a aquella embarazosa exigencia, lo que dejó las relaciones bilaterales en estado de hibernación, pero Claudia Sheinbaum, sucesora del anterior, esgrimió de nuevo la demanda a su llegada, y en cierta manera supeditó la normalización entre ambos pases a un gesto de la Corona española. Este gesto se ha producido -Felipe VI ha reconocido los “abusos” que pudieron cometer los colonizadores sobre las civilizaciones indígenas-, si bien no tendría sentido juzgar los hechos del pasado con los baremos del presente. En definitiva, y con buen sentido, el monarca rechaza el llamado presentismo social, desechado por los historiadores. Aunque tampoco habrá que incurrir en el vicio inverso: convalidarlo todo por antiguo. Los crímenes y los genocidios lo son en cualquier época y en cualquier lugar y condición.

El presentismo ha merecido larga atención de sociólogos, historiadores y filósofos, azuzados por las corrientes indigenistas que se han desarrollado durante el siglo XX en varios países latinoamericanos (México, Guatemala, Perú y Bolivia), que concentran la mayor parte de los descendientes de indígenas en el continente. Los historiadores modernos explican que aunque el indigenismo tiene antecedentes desde la época colonial (como Fray Antonio de Montesinos en 1511), el indigenismo moderno se consolidó en la década de 1920, especialmente en México, enfocado inicialmente en políticas de asimilación educativa. El efecto político de semejantes corrientes ha sido la integración de estos colectivos en la vida pública de estos países, en alguno de los cuales los partidos indigenistas han llegado al poder, como en Bolivia.

La posición de España al respecto ha experimentado una gran mudanza con el cambio de régimen acaecido tras la muerte de Franco en 1975. La dictadura se jactaba de la conquista y colonización de América hasta la formación de un gran imperio, impulsado por un imperativo religioso. Si se piensa que la heroína de aquella visión fue Isabel la Católica, quien expulsó de la península ibérica a judíos y musulmanes, se entenderá lo controvertible que resultan sus principios y sus objetivos. En cualquier caso, lo ocurrido requiere grandes dosis de realismo y no compungidos lamentos: España aplicó criterios humanitarios a la conquista en mucha mayor medida que otras potencias europeas. Y desde una hora muy temprana de aquella aventura se reconocieron los derechos de los indígenas, identificados como personas muy prematuramente. Con todo, tampoco puede ocultarse que la esclavitud fue oficialmente abolida en España muy tardíamente: el proceso se inició en 1820 con la abolición de la trata de esclavos a presiones de Gran Bretaña, aunque la trata clandestina e ilegal continuó con el apoyo de los gobiernos y de la corona. La abolición definitiva de la esclavitud en América y Filipinas -en el imperio colonial español- llegó 60 años después. Aunque la Primera República aprobó la extinción de la esclavitud en Puerto Rico, hubo que esperar hasta 1886 cuando el gobierno Sagasta puso fin al «patronato» de los esclavos liberados de la isla de Cuba, en aplicación de una ley aprobada en 1880 bajo el gobierno conservador de Cánovas. En definitiva, como han subrayado los historiadores, «España es la última potencia occidental que abole la esclavitud».

La historia del mundo es en realidad una larga secuencia de civilizaciones que evolucionan y se sobreponen a las anteriores, que se integran y/o se extinguen. Cuando los países europeos dieron el salto a América en el siglo XV, se encontraron con unas civilizaciones que habían evolucionado de forma muy distinta, y comenzó un duro mestizaje que incluyó toda clase de violencias. Por añadidura, la historia cruenta de lo que aconteció realmente se vio agravada por una leyenda negra interesada que extendieron los rivales de España en la conquista. Y además, en aquel choque de civilizaciones hubo muchas muertes debidas a las epidemias sanitarias, ya que Europa exportó a América virus y bacterias desconocidos en el Nuevo Continente que hicieron estragos entre la población.

En definitiva, lo que procede en esta hora en que ya disponemos de suficiente perspectiva es depurar la historia, ponerla en manos de los especialistas, sin rencor ni espíritu de vindicación o de revancha. Y sin perder de vista que los hacedores de los nuevos Estados americanos -también de México- fueron las burguesías autóctonas, descendientes de los españoles que llevaron a cabo la conquista, y que todavía forman el grueso demográfico de esos países trasatlánticos. Difícilmente podrá la señora Sheinbaum alardear de sus orígenes autóctonos, de la misma manera que los apellidos típicamente hispanos mal podrán atribuir a conquistadores ignotos los excesos cometidos por sus antepasados.

Es, en definitiva, absurdo utilizar la historia como arma arrojadiza. Lo importante es desentrañarla para conocerla y adquirir la experiencia que proporciona. Y, por supuesto, antiguos excesos y abusos deberían servir hoy día para afirmar las bases humanitarias de las políticas migratorias de todos los países. No puede ser que la extrema derecha neofascista, que en Europa dice enorgullecerse de sus imperios coloniales, mantenga hoy día posiciones xenófobas y racistas ante unos inmigrantes que apenas buscan un lugar pacífico que habitar.

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Mallorquín, de Palma de Mallorca, y ascendencia ampurdanesa. Vive en Madrid.

 

Antonio Papell es ingeniero de Caminos, Canales y Puertos del Estado, por oposición. En la Transición, fue director general de Difusión Cultural en el Ministerio de Cultura y vocal asesor de varios ministros y del Gabinete de Adolfo Suárez. Ha sido durante más de dos décadas Director de Publicaciones de la Agencia Española de Cooperación Internacional (Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación). Entre 2012 y 2020 ha sido Director de Comunicación del Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos y director de la centenaria Revista de Obras Públicas, cuyo consejo estuvo presidido en esta etapa por Miguel Aguiló. Patrono de la Fundación Caminos hasta 2024, en la actualidad es asesor de la Fundación. Ha sido durante varios años codirector del Foro Global de la Ingeniería y Obras Públicas que se celebra anualmente en colaboración con la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo en Santander.

 

Fue articulista de la agencia de prensa Colpisa desde los años setenta, con Manu Leguineche; editorialista de Diario 16 entre 1981 y 1989, editorialista y articulista del grupo Vocento desde 1989 hasta el 2021; y después de unos meses como articulista del Grupo Prensa Ibérica, es articulista del Huffington Post. También publica asiduamente en el diario mallorquín Última Hora. Ha sido colaborador del Diario de Barcelona, El País, La Vanguardia, El Periódico, Diario de Mallorca, etc. Ha participado y/o participa como analista político en TVE, RNE, Cuatro, Punto Radio, Cope, TV de Castilla-La Mancha, La Sexta, Telemadrid, etc. Ha sido director adjunto de “El Noticiero de las Ideas”, revista de pensamiento de Vocento. Ha publicado varias novelas y diversos ensayos políticos; el último de ellos, “Elogio de la Transición”, Foca/Akal, 2016.

 

Asimismo, ha publicado para la Ed. Deusto (Planeta) sendas biografías profesionales de los ingenieros de Caminos Juan Miguel Villar Mir y José Luis Manzanares. También es autor de un gran libro conmemorativo sobre el Real Madrid: “Real Madrid, C.F.: El mejor del mundo” (Edit. Global Institute).

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