Ni la historia de la UE termina, ni el orden internacional ha caducado
Opinión
Opinión

Ni la historia de la UE termina, ni el orden internacional ha caducado

Es el momento de subrayar que hablar de la ampliación en serio requiere visualizar ante todo su previsible impacto sísmico sobre las Instituciones.

La UE y el orden internacional, por López Aguilar

La historia de la UE ha sido descrita a menudo como la de un éxito empedrado por sus sucesivas ampliaciones. Desde el núcleo fundador originario —Benelux (Bélgica, Países Bajos, Luxemburgo) al que se sumaron Francia, Alemania e Italia—, simbolizando desde entonces la "reconciliación francoalemana" y la superación de la guerra como herramienta de conflictos en continente europeo, hasta la UE que pasó a ser 27 tras la consumación del Brexit en 2021.

El Tratado de Lisboa (TL), en vigor desde 2009, formalizó como nunca antes los procedimientos de reforma de los Tratados (art.48 TUE), los de nuevas adhesiones (art.49) y salida voluntaria (art.50), sin que existan previsiones para expulsar a un Estado miembro groseramente incumplidor de sus obligaciones (como es el caso de Hungría, sujeta al procedimiento de sanción extraordinaria del art.7 TUE por violación de los valores del art.2 TUE y al Reglamento de Condicionalidad del acceso a Fondos UE vigente desde 2022).

En el momento geopolítico presente, turbulento como no recordamos otro desde la construcción de la UE, la "lista de espera" de Estados candidatos asciende a 8; en rigor, asciende a 9 si incluimos a Turquía, a la que se concedió ese estatus en 1999 sin que jamás haya caducado ni se le haya cancelado toda expectativa de incorporación (pese a su hoja de ruta en un sentido ostensiblemente diferente como actor regional con intereses propios).

Por mucho que pueda suscitar perplejidad con quienes no estén familiarizados con los tempos de saurio de la UE, lo cierto es que periódicamente tienen lugar en el Pleno del Parlamento Europeo (PE), habitualmente en Estrasburgo, debates y actos de control sobre las negociaciones en curso y perspectivas de ampliación. 

Es el momento de subrayar que hablar de la ampliación en serio requiere visualizar ante todo su previsible impacto sísmico sobre las Instituciones; en otras palabras, que no es viable ni aceptable abrir cauce a esa ampliación sin acometer previamente la reforma de las Instituciones de la UE y de sus respectivos métodos de decisión.

Baste pensar en el Parlamento Europeo: si alguna vez Turquía consumase su adhesión (nadie lo ve verosímil, pero nadie osa tampoco a descartarlo oficialmente), su representación en el PE pasaría instantáneamente a ser la mayor de la historia (su población es mayor que la alemana, que cuenta con el máximo hoy autorizado, 96 escaños). 

Sumados los otros candidatos (entre ellos, la gigantesca Ucrania), no habría otro modo de acomodar sus cuotas parlamentarias que reducir drásticamente las de los actuales Estados miembros (EEMM). En el Consejo de la UE (Gobiernos de los EEMM) haría falta recalcular las mayorías cualificadas (55% de EEMM y 65% de población de la UE) y las minorías de bloqueo. Una Comisión Europea (Ejecutivo de la UE) que los incluyese a todos acentuaría su enormidad y su disfuncionalidad, dificultando su coordinación y control parlamentario.

No es ya que los candidatos no estén todavía formateados para asimilar su adhesión conforme a los estándares exigibles; es que la propia UE no está remotamente preparada para digerir tantos platos sin atragantarse o morir. La lección es terminante: no es responsable ensanchar la UE sin repensar sus reglas de decisión y sus variantes legislativas, a costa de condenar ese mamuth resultante a la parálisis o a la irrelevancia.

La única aproximación táctica practicable parece la combinación de, al menos, cuatro ejes complementarios: a)-Incorporación no “en paquete” sino individualizada conforme al mérito y progresos de cada candidatura; b)-Establecimiento, por vez primera, de largos períodos de transición; c)-Intensificación de los controles intermedios, particularmente del escrutinio que corresponde al PE, en modo que la progresión pueda ser suspendida o revertida en caso de desfallecimiento de la voluntad de adaptación del Estado candidato a los valores comunes; e)-Sujeción a las reglas de la condicionalidad (sanciones y privación de Fondos en caso de incumplimiento de obligaciones con la UE).

Visto el desorden geopolítico, es pertinente adjuntar todavía otro apunte. La UE surge en la historia fuertemente impregnada del surgimiento paralelo del orden internacional y del Derecho de gentes fundado en la devastación tras la II Guerra Mundial, con un mensaje muy claro: "¡Nunca más!".

Pero ese "nunca más" no apunta —sería ilusorio— a evitar que nunca más pueda brotar un régimen tiránico en ningún país sobre la Tierra, sino a que nunca más vuelva a ser la guerra la única respuesta posible sin miramientos respecto de sus consecuencias humanas, económicas, sociales, ambientales.

El Derecho internacional y los derechos humanos son fuente directa del Derecho de la UE (art.6 TUE), y son, normativamente, el primer principio rector y vinculante de su Política Exterior.

Nadie en el PE ignora ni tolera la brutalidad de la dictadura de los ayatolas en Irán. Por el contrario, somos muchos los que hemos apoyado activa y consistentemente a la oposición y a la resistencia iraní, encarnada heroicamente en jóvenes y mujeres que arriesgan y pierden la vida por su activismo contra el régimen.

Pero la UE no puede deshacer su compromiso con su propia identidad, sin traicionarse a sí misma y su razón de ser, con un seguidismo acrítico de una guerra de agresión con gran coste de vidas humanas, sin conexión reconocible con la "liberación de sus mujeres oprimidas" ni estrategia de salida ni para Irán ni para el mundo.

La conclusión es, también aquí, meridiana: "No a la guerra" es identidad europea. Y la Comisión Europea (aquí y ahora, la Comisión VDL II, 2024/2029) tiene su primer deber en defender esa identidad europea con la paz, el multilateralismo, la solución diplomática y pacífica de conflictos, la defensa de un orden internacional basado en reglas —integridad territorial y soberanía de los Estados— que prohíben el recurso a la fuerza que no sea en legítima defensa frente a una agresión previa.

Eso, también eso, es la UE. Y no puede estar al timón quien crea que esa identidad europea con el Derecho y por la paz ha caducado ante un desorden que no proporciona repuesto al orden —con todas sus grietas, tensiones y desafíos— con el que convivíamos.

MOSTRAR BIOGRAFíA

Licenciado en Derecho por la Universidad de Granada con premio extraordinario, Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid, becario de la Fundación Príncipe de Asturias en EE.UU, Máster en Derecho y Diplomacia por la Fletcher School of Law and Diplomacy (Tufts University, Boston, Massasachussetts), y Doctor en Derecho por la Universidad de Bolonia, con premio extraordinario. Desde 1993 ocupa la Cátedra de Derecho Constitucional en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. Es, además, titular de la Cátedra Jean Monnet de Derecho e Integración Europea desde 1999 y autor de una docena de libros. En 2000 fue elegido diputado por la provincia de Las Palmas y reelegido en 2004 y 2008 como cabeza de lista a la cámara baja de España. Desde 2004 a febrero 2007 fue ministro de Justicia en el primer Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. En octubre de 2007 fue elegido Secretario general del PSC-PSOE, cargo que mantuvo hasta 2010. En el año 2009 encabezó la lista del PSOE para las elecciones europeas. Desde entonces hasta 2014 presidió la Delegación Socialista Española y ocupó la presidencia de la Comisión de Libertades Civiles, Justicia y Asuntos de Interior en el Parlamento Europeo. En 2010 fue nombrado vicepresidente del Partido Socialista Europeo (PSE).

Comentar:
comentar / ver comentarios