Tú eres un millón de cosas más que tu sexo
Cada época, cada momento, cada cultura tiene su fundamentalismo antrópico, una visión del ser humano en donde todo orbita alrededor de una característica central, que es la que la persona “es”. “Es”. A secas.
“Yo no me defino por mis órganos sexuales”, me dice un alumno, reclamando poder elegir cuál es su sexo al margen de sus genitales. “Claro que tú no te defines por tus órganos sexuales”, le respondo, “pero tu sexo sí se define por tus órganos sexuales. Tú globalmente no, porque tú eres un millón de cosas más que tu sexo”. “Quieren poner nuestras vidas en manos de gente que no saben quiénes somos”, se queja un influencer, ante el anuncio del PP relativo a cambios en la ley Trans que exigirán una evaluación psicosocial para el cambio del registro del sexo. No, no quieren poner “nuestras vidas”, sólo quieren poner el registro burocrático del sexo. Y no, no se trata de que sepan o no quiénes somos. Se trata de que sepan o no cuál es nuestro sexo.
La ministra de Igualdad señala, en vísperas de la manifestación del Orgullo LGTBIQ+, que ve a los varones y a las mujeres como dos especies animales diferentes, proponiendo por tanto que las dos funciones reproductivas —fecundación y gestación— de los humanos marcan entre sus practicantes una distancia existencial tan insalvable como la que separa a un lémur de cola anillada y a un bonobo. Eso sí que es feminismo de la diferencia y lo demás son tonterías. “No podemos volver a la época oscura en la que teníamos prohibido ser”, dice un transactivista entrevistado en una televisión pública. Casi. La frase correcta habría sido “no podemos volver a la época oscura en la que teníamos prohibido ser trans”. “Ser trans” no es lo mismo que “ser”. “Ser” no es lo mismo que “ser trans”.
Cada época, cada momento, cada cultura tiene su fundamentalismo antrópico, una visión del ser humano en donde todo orbita alrededor de una característica central, que es la que la persona “es”. “Es”. A secas. La religión ha señalado en ocasiones lo que el individuo es por encima de cualquier otra cosa. Para el marxismo, una persona se define por su papel en los procesos de producción. A veces todo se centra en la nacionalidad: a alguien le podrá gustar el rock and roll o el fado, ser vegano o alpinista, pero si preguntas sin más qué es, la respuesta será alemán, caboverdiano o escocés. En un reciente viaje a Buenos Aires un taxista aprovechó un atasco en la General Paz para explicarme su teoría acerca de los dos únicos tipos de seres humanos que existen en el planeta: los que son del Boca y los que no.
Y en la Europa del primer cuarto del siglo XXI el fundamentalismo antrópico tiene que ver con el sexo. Una persona es su orientación sexual y su identidad de género, —la orientación sexual y la identidad de género son asuntos tan diferentes que hace falta atarlos con las siglas LGTBIQ+, porque si no se dan de patadas—. Y aunque todo fundamentalismo se disfraza de naturaleza, justicia y obviedad, no cabe sino preguntarse qué nos está revelando de los entresijos más negados de nuestra cultura y qué tabú se está practicando en esta supuesta superación de los tabúes. No es el Orgullo una revuelta contra la sociedad que lo ha visto nacer, sino su apoteosis. Parafraseando a Spinoza, no escribo esta columna para reír o para llorar, sino para comprender al alumno que quería elegir su sexo al margen de sus genitales.
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