Un profesor explica por qué odiamos la moda ultrarrápida para sentirnos moralmente superiores: "Es la figura ideal del monstruo útil"
El papel de todos los estados en este asunto sigue levantando un serio y feroz debate moral acerca de esta industria.

Temu, Shein y el resto de gigantes de la moda ultrarrápida se han convertido en los villanos perfectos del capitalismo contemporáneo. En su contra se alinean casi todas las acusaciones posibles: sobreproducción masiva, devastación medioambiental, explotación laboral, precariedad extrema y una ética empresarial prácticamente inexistente. En el relato público actual, representan todo aquello que está mal en la economía global.
La indignación no es infundada. Pero existe un riesgo: convertir la crítica a la moda ultrarrápida en un alivio moral, en una forma de protesta que permite señalar un culpable visible sin cuestionar el sistema que lo hace posible. Porque la moda ultrarrápida no es una anomalía marginal, sino una expresión brutalmente honesta de una lógica mucho más amplia, una que preferimos no mirar de frente.
Un problema estructural, no una excepción
Hoy, más de 50 millones de personas viven en condiciones equiparables a la esclavitud moderna, según estimaciones internacionales: trabajo forzoso, servidumbre por deudas, explotación sexual, matrimonios forzados o detenciones administrativas. La Organización Internacional del Trabajo calcula que estas prácticas generan más de 230.000 millones de dólares en beneficios anuales.
Estas cifras no describen un subsuelo económico clandestino. Hablan de una realidad sistémica, integrada en los mecanismos ordinarios de la globalización y sostenida por múltiples actores —empresas, intermediarios, Estados— que no tienen incentivos reales para que el sistema cambie.
En ese contexto, convertir a la moda ultrarrápida en el símbolo absoluto del mal económico funciona como una transferencia de responsabilidades. Se señala a un enemigo evidente, tecnológico y fácilmente identificable, mientras el resto del engranaje queda protegido. El mensaje implícito es tranquilizador: existiría un capitalismo esencialmente aceptable, con algunos excesos corregibles. Esa división es, como mínimo, engañosa.
La gramática habitual del capitalismo global
Todo lo que hoy se critica a la moda ultrarrápida —presión extrema sobre los costes, cadenas de subcontratación opacas, deslocalización sistemática y dependencia de mano de obra vulnerable— no es una excepción, sino la norma del capitalismo globalizado.
La diferencia no está tanto en las prácticas como en su grado de visibilidad. Otras industrias han aprendido a revestir estas dinámicas con discursos de sostenibilidad, calidad o responsabilidad social corporativa. La moda ultrarrápida, en cambio, no disimula: apuesta abiertamente por la velocidad, el volumen y la obsolescencia.
Los desgloses de costes lo confirman. En muchas prendas, la parte correspondiente al salario de quienes las fabrican se reduce a unos pocos céntimos, o incluso fracciones de céntimo. El trabajo humano se vuelve prácticamente invisible en el precio final, lo que solo es posible cuando se enfrenta a poblaciones sin poder de negociación real.
Capitalismo y coerción: una relación histórica
El historiador estadounidense Sven Beckert acuñó el término capitalismo de guerra para describir el origen del sistema moderno: no como un producto del libre intercambio pacífico, sino como una estructura fundada en la conquista, la expropiación y la violencia organizada. Las plantaciones esclavistas, las rutas comerciales militarizadas y los imperios coloniales no fueron una anomalía previa, sino la infraestructura fundacional del capitalismo.
Desde esta perspectiva, la moda ultrarrápida no inventa nada. Actualiza una lógica antigua, apoyada ahora en materiales sintéticos, plataformas digitales y cadenas industriales globales. El algodón —suave, banal— fue en su día uno de los pilares de esa conexión entre expansión industrial y violencia extrema. El paralelismo no es casual.
Estados ausentes… o cómplices
La abolición legal de la esclavitud no eliminó la coerción económica; solo la hizo menos visible. Hoy adopta otras formas:
- Endeudamiento crónico
- Precariedad migratoria
- Subcontratación en cascada
- Plataformas digitales sin derechos laborales
- Debilidad o inexistencia de sindicatos
Este sistema no funciona al margen del Estado. Al contrario. Se sostiene gracias a acuerdos comerciales, políticas migratorias que generan trabajadores legalmente vulnerables, tolerancia institucional a cadenas opacas y falta de sanciones reales contra el trabajo forzoso fuera de las fronteras nacionales.
La moda ultrarrápida no es fruto del capitalismo desregulado, sino del capitalismo gobernado, donde la velocidad y los precios bajos son posibles porque existe un marco institucional que acepta —y oculta— la vulnerabilidad.
El consumidor como falsa solución
Demonizar la moda ultrarrápida cumple una función ideológica clara: rescatar la narrativa del "capitalismo con rostro human". Ofrece una salida moral sencilla al consumidor: basta con no comprar ciertas marcas para estar del lado correcto.
Pero esta individualización de la responsabilidad es una ilusión cómoda. Transforma un problema estructural en un dilema ético personal y evita cuestionar las condiciones económicas, jurídicas y políticas que permiten que la acumulación de beneficios siga disociada de cualquier responsabilidad real.
La moda ultrarrápida no es el monstruo que hay que derrotar para salvar el sistema. Es, más bien, el espejo en el que el sistema se refleja sin maquillaje. Y eso es, precisamente, lo que resulta más incómodo.
