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29/04/2013 04:28 CEST | Actualizado 28/06/2013 07:12 CEST

El rastro de sor María

No he podido contar la historia del parto de Elena en mi libro "Los bebés robados de sor María". Es una más del goteo incesante de testimonios de separaciones forzadas que me llegan en los últimos meses. Cada nueva historia, espero que sea la última. Pero la herida de la religiosa parece seguir sangrando cada día.

La pasada semana una joven vallisoletana de 34 años ha hablado por primera vez con su madre. Ha sido uno de los momentos con más carga emocional de su vida y todavía hoy está digiriendo información de esa larguísima conversación que mantuvo con la mujer que le dio la vida en la maternidad madrileña de Santa Cristina hace 34 años.

Teresa, como llamaré a la joven que prefiere preservar su identidad, aún no se ha hecho a la idea de haberla encontrado. Toda su vida ha estado soñando con saber lo que ocurrió y ahora ha empezado a conocer parte de esa verdad.

Nunca supo gran cosa de sus orígenes. A sus padres, que ya eran mayores cuando la adoptaron, no les gustaba hablar sobre su adopción, tal y como le ocurría a la mayoría de los padres españoles que adoptaron un hijo entre los 60 y los 90. Era un tabú familiar que los adoptados respetaban para no herir a sus padres.

Fue sor María la que intermedió en su caso y también la que cobró por ello. Ahora Teresa ha abierto una dolorosa caja de Pandora de la que no han parado de salir los peores augurios. Elena, como llamaremos a su madre biológica, cuando supo que Teresa la estaba buscando reconoció enseguida y muy avergonzada que sí, que ella firmó el consentimiento de la adopción. "Entonces, ¿me diste voluntariamente para que fuera adoptada?" le preguntó Teresa, a lo que Elena contestó de inmediato "No, no, no. Voluntariamente no. ¡Me obligó la monja!"

Aunque pueda parecer una respuesta contradictoria, Elena no estaba mintiendo. Cuando la mujer, que tenía 21 años, ingresó en Santa Cristina para dar a luz, estaba sola en Madrid. Había pensado tener a su hijo y volver a su pueblo de Castilla-La Mancha con el bebé en brazos, pero tuvo la mala suerte de cruzarse con la asistenta social de la maternidad.

Sabiendo que estaba soltera, sor María desplegó toda su artillería pesada. Le dijo que una buena madre quiere lo mejor para sus hijos, unos estudios, un futuro. Le explicó que ella no podría proporcionarle esas cosas a su hijo y que había matrimonios "con posibles" que le darían todo lo que ella no podría darle.

Elena firmó el documento y no ha podido olvidarse de ese momento de debilidad en su vida. Cuando pasó el parto, le dijo a la monja que no quería dejar a la niña, que se la quería llevar, que era su hija, que no la daba en adopción. Pero ya era demasiado tarde. Hubiera bastado con romper aquel documento de consentimiento que sólo la religiosa y la madre sabían que existía. Cualquiera con un poquito de caridad hubiera comprendido a aquella mujer y le hubiera ayudado a llevarse a su hija. Pero sor María no era cualquiera.

Con mucho enfado por la reacción de Elena, sor María reaccionó sin clemencia. Le dijo que si quería llevarse a la niña tendría que hacer frente a los gastos de su estancia allí: el parto, la anestesia, los médicos, la habitación privada, los primeros cuidados del bebé... Elena no lo comprendía, ¿no era Santa Cristina un centro de beneficencia? "Si no puedes pagar las facturas, ¿cómo vas a mantenerle? -le preguntó la monja-. Piensa bien lo que haces: si no pagas, te denuncio a la policía. Irás a la cárcel, a la cárcel. ¡Tú decides!"

Elena firmó el consentimiento para la adopción, pero no la dio voluntariamente. Se asustó. Se creyó las amenazas de aquella religiosa y cayó mansamente en la trampa que le tendió.

Teresa y Elena son las dos últimas víctimas de sor María que han podido contactar. Muy pronto se conocerán en persona y tratarán de recuperar tantos años de ausencia.

No he podido contar la historia del parto de Elena en mi libro "Los bebés robados de sor María". Es una más del goteo incesante de testimonios de separaciones forzadas que me llegan en los últimos meses. Cada nueva historia, espero que sea la última. Pero la herida de la religiosa parece seguir sangrando cada día.

Las acusaciones contra sor María de robo de recién nacidos, primero en los medios de comunicación y después en los juzgados, han despertado la curiosidad en cientos de adoptados que buscan ahora sus orígenes convencidos de que también ellos pueden ser niños robados.

Así es como Elvira pudo llegar a saber la verdad de su propia vida, porque alguien decidió buscarla. Voy a compartir aquí un extracto del testimonio que le recogí a esta mujer gallega, la víctima perfecta de sor María y que forma parte de uno de los capítulos del libro "Los bebés robados de sor María". Es un ejemplo terrible y desgarrado de lo que ocurrió en Santa Cristina y del dolor que aún hoy sigue provocando la religiosa.

"Soy como un fantasma, como una sombra de lo que era, por un crimen del que fui víctima y no verdugo.

El 19 de marzo de 2012 se hizo de noche en mi vida y no he vuelto a ver la luz. Un intenso sufrimiento se ha apoderado de mis días y de mis noches y en mi cabeza solo hay un nombre recurrente: María.

Aquel día fue uno de los más difíciles de mi vida, y eso que mi vida ha sido bastante dura. Amaneció muy soleado y luminoso aquí en Galicia y lo aproveché para ir con unas conocidas a las termas. Disfruté del sol, aunque todavía no hacía calor. Cuando salí para coger mi coche, me sonó el teléfono. Eran las siete de la tarde.

Era un número desconocido. No lo hubiera descolgado si no fuera porque yo en aquella época estaba sin trabajo. Había entregado muchas solicitudes y pensé que podría tratarse de alguna oferta de empleo.

Cuando contesté una voz masculina me dijo: «¿Eres Elvira?». Contesté que sí. «No sé si te pillo en buen momento...», me preguntó aquella voz. Respondí que sí pensando en una posibilidad de empleo y entonces se presentó: «Soy Jaime Ledesma. Hay una persona que te quiere conocer».

Aquello me sonó raro. Me faltó muy poco para colgar. Pensé que se trataba de una broma, pero enseguida añadió que era mediador familiar y eso me frenó.

«¿Hay una persona que me quiere conocer?», repetí y aquella frase me sonó como a programa de televisión. «Pero ¿quién es?», insistí. «¿A ti no te ha pasado algo en una clínica de Madrid, hace treinta y un años?», me preguntó él por toda respuesta.

Oí aquella frase como si yo ya no estuviera allí. Como si el túnel del tiempo de pronto se estirase infinitamente. ¿Qué estaba pasando? De inmediato mi memoria me condujo a un recuerdo casi ol-vidado. Y empecé a perder pie, estaba como aturdida. «Sí --dije mientras los recuerdos me abordaban--. Di a luz a un bebé que nació muerto».

Mi respuesta me trasladaba a otro tiempo, a un dolor antiguo, a una herida que se reabría por momentos y volvía a sangrar, lentamente. Ya no estaba cerca de las termas. Mi mente se había trasladado a Madrid y a aquella maternidad de pesadilla.

«No murió el bebé --me explicó aquel hombre por teléfono--, fue una niña, se llama María y te está buscando, te quiere conocer».

Un golpe seco en el estómago, un vértigo... No puedo explicar lo que sentí en ese momento. No hay palabras. Aún ahora no puedo explicar cómo me siento cuando pienso en ello. Ni siquiera sé cómo no perdí el control y me desmayé.

Mi vida en una película que se rebobinaba a toda velocidad. Aquellas palabras me trasladaban a un álbum de recuerdos guardado bajo el peso de un padecimiento que nunca llegó a acabarse.

Me tuve que sentar. Abrí la puerta del coche y me senté. Mis manos temblaban, creo que empecé a llorar sin saber muy bien por qué. Demasiada emoción, recuerdo que pensé en algún momento.

Aquel hombre debió percibir mi malestar y me propuso: «Si quieres te llamo en otro momento».

¡Qué pregunta! Se acababa de abrir una puerta en la negrura y un haz luminoso diminuto se abría camino. ¿Cómo podría cerrar la puerta en ese momento? «No, no, no, no. No me llames en otro momento, dime», contesté.

Me dio algunos datos más y todo cuadraba. Aunque seguía sin dar crédito a lo que me estaba pasando tenía que reconocer que eran muchas casualidades. La misma fecha, la misma maternidad..., todos los años que habían pasado se esfumaron como con un golpe de viento. Como si los treinta y un años que habían transcurrido hubieran desaparecido. (...)

Cuando tuve diecisiete años la situación en mi casa fue insostenible. Mis tres hermanos se habían independizado y los golpes y la violencia que mi padre antes descargaba entre todos, se concentraron en mí.

Yo no pensé nunca en huir, fue mi madre la que me lo pidió. Me dijo que por el bien de todos sería mejor que me marchara. Creo que se temía que pudiera ocurrir una desgracia. Es muy duro que tu madre te pida que te marches de casa. Yo era menor de edad, era una niña, aunque estaba a punto de cumplir dieciocho años.

¿Adónde podía ir yo sola? Uno de mis hermanos estaba haciendo la mili en Madrid y su novia, a la que yo conocía, vivía allí. La llamé y le pedí que me buscara algo en Madrid. No le di muchas explicaciones, solo que me buscara trabajo, y lo hizo.

Encontró un puesto como cocinera interna en una casa de la urbanización La Moraleja, a las afueras de Madrid. Me daban cama, sueldo y seguridad social. Tenía libre los sábados tarde y todo el domingo, pero tenía que ir allí a dormir todas las noches. Empecé el día 2 de junio de 1980, que era lunes. Un mes más tarde cumpliría dieciocho años, pero aún era menor.

Yo no conocía nada en Madrid. Mi única referencia era mi cuñada. Ella vivía con sus padres guardeses en un gran chalet de aquella urbanización, de modo que el primer día libre que tuve me fui con ella y con sus padres. Allí coincidí desde el primer día con su hermano. Al parecer los fines de semana llevaba a sus dos hijas pequeñas a ver a los abuelos.

El primer día, cuando se me hizo la hora de irme, mi cuñada me sugirió que su hermano podría llevarme en su coche, que se iba con las niñas. Así fue dos fines de semana.

Al tercer sábado el hermano de mi cuñada apareció como siempre, pero sin las niñas. Pasamos la tarde en la piscina, porque ya hacía calor, y como siempre a la vuelta se ofreció a dejarme en mi trabajo.

Enseguida me di cuenta de que no me llevaba por el camino habitual. Le pregunté y me dijo que íbamos a dar una vuelta. Yo hice lo que me habían enseñado, callar.

Finalmente y en poco tiempo llegamos a un descampado. Allí paró el coche y entonces supe lo que iba a pasar. No había nadie cerca, solo se oía el zumbido de los aviones al pasar por aquella zona. Ese sonido nunca lo he podido olvidar.

Él era un hombre casado y con hijos, yo era una niña y estaba muy asustada. Hizo conmigo lo que quiso. Me di cuenta de que lo tenía todo premeditado, había venido sin las niñas conscientemente. Me violó sin ningún impedimento. Y no pude hacer nada. Allí daba igual que gritara o pataleara.

Aquella fue mi primera vez. (...)

No puedo explicar por qué, pero tuve el presentimiento de que me había quedado embarazada. Tardé poco en confirmar mis sospechas porque la regla no me bajó dos semanas después, en la fecha prevista.

Le pedí el teléfono de aquel malnacido a la hermana pequeña de mi cuñada, para que Mari no sospechara, y le llamé. Le dije que estaba embarazada. Yo no quería verle a él. Yo lo que necesitaba era ayuda y pensé que siendo él el culpable de mi desgracia se sentiría obligado a auxiliarme.

Me dijo que el siguiente fin de semana me recogería para hacerme una prueba. Y así ocurrió. Me recogió el sábado, me llevó a un pueblo de las afueras y me hizo la prueba. Dio positivo. Y mientras yo me hundía destrozada por la noticia, allí mismo volvió a violarme. Todo me daba igual. Luego me dejó en el chalet en el que trabajaba y no he vuelto a saber nada de él.

No hace falta ponerle muchos adjetivos o insultos. Se los merece todos.

Cuando mi cuñada se enteró de que estaba embarazada, pensó que yo había escapado así de Galicia. Yo no la saqué de su error para evitar males mayores. Estaba segura de que mi hermano haría una locura si se enteraba.

Estaba embarazada y ni siquiera sabía lo que era el amor, los besos apasionados o una caricia deseada. Me sentía muy desgraciada y estaba muerta de miedo.

¿Qué hacer? ¿Adónde ir? No dije nada a nadie. En el fondo de mi mente infantil esperaba que todo se «curase» y que el embarazo pasase como se pasa un resfriado.

Como yo era muy delgada pude ocultar mi vientre bastante tiempo hasta que la dueña de la casa se dio cuenta de mi estado más o menos cuando superaba los cuatro meses. En el fondo fue un alivio que lo notase. Ella se ofreció para ayudarme y me dijo que no me preocupara de nada.

Estábamos en noviembre de 1980, aparentemente ya vivíamos en democracia y España parecía modernizarse a toda velocidad, pero aquella mujer estaba muy preocupada porque sus hijos pudieran verme embarazada. «Para evitarlo --me dijo--, te vamos a alquilar un cuarto en una pensión en Madrid y como ellos se marchan al colegio a las nueve de la mañana y regresan a las seis de la tarde, pues tú vienes cuando ellos se hayan ido y te vas a la pensión antes de que regresen».

Seguí trabajando de aquella manera los últimos meses de embarazo hasta mediados de enero. Ya estaba demasiado gorda y demasiado incómoda para tanto trajín y la señora me sugirió que dejase de trabajar esas últimas semanas.

Pensaba que la pensión, que estaba en la plaza del Ángel, muy cerca de Sol, la pagaban mis jefes. También me llevaron a Santa Cristina, donde me estuvieron controlando el embarazo. Un ginecólogo me veía cada cierto tiempo. ¿Por qué aquella maternidad? Pues no lo sé. Me dejé llevar. Parecía que la señora sabía lo que hacía.

Mi idea era quedarme con aquel bebé. En realidad es que nunca barajé ninguna otra opción. Nadie me propuso alternativas como la adopción, aunque estoy segura de que la hubiera rechazado de plano. Tengo que reconocer que no tenía muchos planes. Solo había decidido que cuando naciera la criatura me iría a Galicia con ella en brazos.

La primera vez que fui a Santa Cristina fui con la señora. Nos recibió una mujer vestida con ropas blancas y con la cabeza cubierta por una toca larga blanca. Yo no sabía si era monja o enfermera.

Recuerdo bastante bien su insistencia en preguntarme con mucha frecuencia si mi familia estaba al tanto del embarazo y también si había alguien más que lo supiera. Yo les dije que mi familia en Galicia no lo sabía, que tenía un hermano en Madrid haciendo la mili que no se había enterado y que la única que estaba al tanto de mi situación era la novia de mi hermano.

Como tenía seguro médico en mi trabajo, yo estaba convencida de que los gastos de aquellas consultas y del futuro parto los pagaba mi seguro y no me extrañó que me atendieran allí.

En Galicia mi hermana había tenido un hijo en octubre y me pidió que yo fuera la madrina. Yo le dije que me esperase un poco. Mi intención era llegar con mi bebé en brazos, dar la sorpresa y bautizarlos a los dos juntos.

Como pude, con el poco dinero que había podido ahorrar, preparé la ropita de mi bebé. Me ayudó mi cuñada, que me hizo algunas cosas. Quedábamos de vez en cuando y me traía lo que había podido hacer.

Para poder comprar todo lo necesario empecé a lavar la ropa de las chicas que vivían en la pensión. A pesar de mi enorme tripa, cargaba con grandes bolsas de ropa sucia, las llevaba a una lavandería y las traía de vuelta con todo limpio. Así podía juntar un poco más de dinero mientras esperaba el parto.

Aunque estaba en una situación muy apurada y tenía mucho miedo, me hacía ilusión preparar las prendas tan chiquititas y suaves que luego le pondría a mi hijo.

Pero sobre todo estaba sola. Sola en Madrid, sola en esa horrible pensión en la que hacía un frío espantoso. Sola en mi vida llena de abusos y atrocidades. Sola en un mundo que me había dado mucho sufrimiento, que me había robado mi infancia y mi juventud. Y sola con un embarazo que me aterrorizaba y que al mismo tiempo, y de alguna manera, suponía mi única y pequeña esperanza.

La noche del 5 de febrero de 1981, cuando ya estaba cerca la fecha prevista para el parto, empecé a manchar. Aún no tenía contracciones, ni dolores de parto. Me asusté. La dueña de la pensión, que se llamaba Carmen, sin muchos miramientos y sin ningún gesto siquiera de comprensión, avisó a un taxi. Me subí yo sola, con mi bolsa. Dentro mis cosas y las que había preparado para el bebé. Llevaba una tarjeta que me habían dado que tenía que presentar en la puerta cuando llegara el momento.

Con el paso de tantos años, los recuerdos de aquella noche se han ido desdibujando como las fotos viejas. Me metieron en una sala muy grande donde había diez camas, pero no recuerdo si había alguien más allí. No notaba dolores, ni contracciones.

Había dos mujeres jóvenes, no sé si eran monjas, enfermeras o comadronas, que cuchicheaban entre ellas. No recuerdo sus caras. Allí mismo me pusieron un suero. No sabía qué me tenían que hacer, nunca había estado ingresada y nunca había parido. Así que suponía que todo lo que me iban haciendo era normal.

Lo del suero fue lo último que recuerdo.

Volví a abrir los ojos en medio de una bruma que lo cubría todo. Rápidamente tomé conciencia de dónde estaba y pregunté: «¿Y mi bebé?». Y una voz que no sé de quién era y que no sé de dónde salía me dice: «Tranquila, todo está bien. Tranquila, descansa. Todo está bien».

Si estuve un día, dos o cinco lo sé ahora por los papeles. Para mí solo fue un largo, larguísimo y amargo sueño del que parecía que nunca podría despertar. En algún momento me di cuenta de que no me habían llevado a la misma habitación del principio. Los días posteriores a mi ingreso estaba en una individual. Puede que tuviera dos camas, pero era una mucho más pequeña y estaba como aislada, silenciosa. No había nadie cerca, nadie entraba, ni para preguntar, ni para oír mis quejas.

También me di cuenta de que tenía el pecho vendado y que me oprimía.

Mi cuerpo, mis ojos y mi mente estaban dormidos, pesados. Quería despertar y no podía, no tenía suficiente fuerza ni siquiera para hablar. Si conseguía escapar por un segundo de aquel dulce sopor, trataba de espabilarme siquiera ligeramente, pero de nuevo el sueño me vencía de inmediato.

Me enteré tiempo después de que mi cuñada fue a verme a Santa Cristina mientras estuve ingresada. En la puerta avisaron a una monja, que le dijo que solo podía recibir visitas de familiares y que ella no lo era.

No recuerdo haber comido, ni haberme duchado, ni haber visto enfermeras, médicos o monjas. Solo dormir, ligeros despertares y profundos sueños interminables. En alguno de los pocos momentos en que tuve de semiconsciencia, vi delante de mi cama a una señora vestida de blanco con ropas largas y el cabello cubierto con una toca blanca. Podría haber sido una monja, pero la veía como borrosa y medio adormilada. Le pregunté de nuevo por mi bebé. Ella me dijo: «Tú no tienes bebé. Ha fallecido. Tranquila, que no pasa nada. Eres muy joven. Lo que te ha pasado no ha sido nada». Eso es todo.

Ni siquiera puedo recordar con claridad mis sensaciones. Estaba en otro mundo. La voz me llegaba como distorsionada y mi mente también estaba sedada y blanda, incapaz de procesar la información con eficacia.

Era una tragedia. Mi bebé había muerto. Aquel mundo de mierda en el que me estaba tocando vivir era aún más asqueroso y nauseabundo, más inhóspito. Sentí también una soledad aún mayor, ni siquiera el bebé que había crecido en mí como un grave inconveniente se había quedado conmigo. Ya ni siquiera tenía un problema por el que preocuparme.

Hubo un momento muy especial para mí que recuerdo con un poco más de claridad que el resto. Aparte de aquella somnolencia perenne, me sentía físicamente muy débil. Me costó mucho levantarme de la cama y salir al pasillo con mi monedero en la mano. Por allí debía de haber una cabina de teléfonos. La encontré y, apoyada en la pared para no caerme, llamé a mi madre. No quería ni podía contarle todo lo que me había pasado, no podía explicarle tantas cosas que me devoraban por dentro. Pero necesitaba su cobijo, su calor, su protección. Oí su voz y lloré calladamente mientras le decía que estaba bien y que me acordaba mucho de ella. Cómo deseaba un abrazo fuerte de mi madre, allí, mientras sujetaba un teléfono al final de un largo pasillo de una maternidad a seiscientos kilómetros de mi casa. Cuánto me habría gustado tenerla cerca y refugiarme en su pecho y llorar apretada a ella.

Pero solo pude decirle: «Estoy bien, no me pasa nada, mamá. Estoy bien».

Días después otra vez una mujer vestida de blanco me dijo que ya me podía ir. Me devolvieron la bolsita que llevaba con mis cosas y con la ropita del bebé. Y me fui. Por la puerta principal.

He pensado muchas veces que no me dieron ningún papel cuando salí, pero tampoco yo lo pedí. No hice preguntas, nunca desconfié de lo que me dijeron y tampoco pregunté por las causas de la muerte, ni siquiera supe si era un niño o una niña. Inocencia o estupidez y desde luego un abatimiento que se había hecho crónico en mi vida.

Desde ese momento empecé a olvidar.

Volví a la pensión y pocos días después me fui a Galicia porque me empecé a sentir mal. Durante semanas sufrí fiebres, fortísimos dolores abdominales y continuos vómitos. Incluso llegaron a operarme de apéndice. Pero no cesó.

Finalmente un médico dio con el problema: tenía una terrible infección que a punto estuvo de costarme la vida y ni siquiera habría sido necesaria la operación de apéndice. Ahora, con los años, he entendido que aquellos dolores en realidad estaban provocados por una infección en el útero. Debieron dejar en mi interior parte de la placenta. Pero yo no les interesaba tanto como mi hijo.

Me recuperé tras muchos padecimientos.

Años más tarde me casé y tuve otro hijo, Sergio. Me separé de su padre cuando no había cumplido dos años. Desde entonces no me he alejado de él ni un solo día. Me he volcado en la crianza y la educación de mi hijo y le he procurado un hogar estable y mucho cariño. Juntos hemos salido adelante y hoy es un hombre.

Tiempo antes de que me llamara el mediador familiar, había empezado a oír en la tele acerca de bebés robados. La misma maternidad en la que yo había dado a luz, los mismos años, finales de la década de 1970 y principios de la de 1980. A veces me preguntaba si era posible que a mí me hubiera pasado algo así.

También mi cuñada me llamó más de una vez. Ella también se hacía la misma pregunta. Pero las dos rechazábamos la idea. Parecía tan rocambolesco que se robaran niños y, además, ¿por qué no podría haber muerto realmente mi hijo? Nunca me di por aludida, pero reconozco que prestaba más atención cuando escuchaba aquellas noticias de Santa Cristina y de sor María.

El día que llamó Jaime Ledesma para decirme que mi hija me estaba buscando recordé todas las informaciones que había oído, todos los programas, todas mis dudas, las llamadas de mi cuñada, todo se me agolpó en la mente.

La cicatriz que tenía hacía treinta y un años se estaba reabriendo.

Lo primero que hice fue llamar a mi hijo. «Sergio --le dije llorando--, ha pasado algo, ha pasado algo. Nene, por favor, ve a casa, ve a casa, hijo». Él me preguntó si pasaba algo, qué me pasaba, quería saber. Yo insistí en que por favor nos viéramos en casa cuanto antes y allí se lo contaría.

El pobre llegó incluso antes que yo. Estaba atacado y como no me encontró en casa me llamó por teléfono: estaba llegando. No sé ni cómo llegué, venía al volante, llorando y con los nervios desatados. No paraba de pensar que aquello no me podía estar pasando a mí.

Sergio siempre ha sabido todo de mi vida, estamos muy unidos, pero aquel episodio nunca llegué a contárselo. Preferí evitarle un poco de sufrimiento.

Yo llegué acongojada. Le expliqué todo. En primer lugar la llamada del mediador familiar, cómo llegué a Madrid, la violación, el parto... todo. Mi hijo no daba crédito. Incluso llegó a decirme que podría ser una tomadura de pelo o incluso una estafa. Pero había demasiadas coincidencias.

No pude dormir aquella noche. Tuve que dejar la tele y la luz encendidas. Fue como bajar de nuevo al infierno y vivir todo otra vez. De nuevo aquel sinvergüenza que se aprovechó de mí, de nuevo mi debilidad absoluta, mi indefensión.

Pasé unos días en shock. No hablaba con nadie, no se lo conté a nadie. Era como vivir una pesadilla. No podía ocupar la cabeza en otra cosa. Menos mal que no trabajaba porque no hubiera podido ir a trabajar. Fue un golpe durísimo. Lloraba sin parar y al mismo tiempo no me podía creer que aquello me estuviera pasando a mí. Y aún hoy sigo sin creérmelo. (...)

Sergio y María empezaron a enviarse mensajes a través de las redes sociales primero y después a través del teléfono móvil.

Me costaba tanto aceptar lo que estaba viviendo que planteé la condición de que nos hiciéramos pruebas de ADN antes de seguir adelante. Las dos enviamos nuestras muestras y el resultado fue positivo.

Me fueron naciendo sentimientos de rabia y de impotencia. ¿Cómo pudo alguien aprovecharse de una niña que además estaba sola?, ¿qué clase de gente es capaz de hacer lo que me hicieron a mí? (...)

El momento del reencuentro fue frío, no había risas. Fue todo un poco serio y desde luego nada emotivo. No podía serlo porque éramos dos auténticas extrañas y ella no puede querer a una persona que acaba de encontrar y yo no puedo besar o acariciar a alguien que acabo de conocer. Pero sí me hubiera gustado un momento más íntimo, habernos puesto de acuerdo para estar más unidas a partir de aquel momento, para luchar por una relación.

Percibí por primera vez la gran distancia que nos separaba a María y a mí. Creo que vivimos dos escenas completamente diferentes. Para María la situación era casi anecdótica: saciaba su curiosidad. No me transmitió la sensación de que aquel fuera para ella un momento trascendente de su vida. No percibí que buscara mi complicidad o que tuviera algún guiño especial hacia mí.

Sin embargo, para mí, su aparición suponía un antes y un después. Yo tenía una hija y me la habían robado. Desde el 19 de marzo de 2012 tengo dos hijos, con todas sus consecuencias emocionales.

María sabe que fue robada y conoce bien los detalles de su nacimiento. Sin embargo, su disposición hacia mí fue, desde el principio, otra muy diferente a la mía. Piensa que nadie tiene derecho a hacernos lo que nos hicieron y estamos de acuerdo en denunciar, pero ella ha tenido una familia y ha sido muy feliz, no necesita otra familia. Quiere conocerme pero no necesita tener conmigo ningún tipo de relación y mucho menos una relación estrecha. Tengo que respetarlo aunque me cause una terrible angustia.

Las dos lo sabemos. Yo me siento incomprendida y me preocupa que ella nunca llegue a quererme. Pero tampoco me quiero aferrar a un imposible. Si no me quiere, yo no puedo obligarla solo porque lo diga el ADN.

Ella tampoco tiene culpa y no se siente obligada. La han llevado con diez días y es de allí, aquella es su gente y aquella es su tierra.

Todos aquí somos víctimas, sus padres, ella y, por supuesto, yo. Los documentos que guardaron celosamente los padres de María lo explican claramente. Las facturas de todo lo que pagaron en Santa Cristina, las cuentas de sor María para calcular el pago de mi pensión, el recibo de la anestesia general con el nombre de sor María del 6 de febrero.

Además a María el juez le dio mi historial clínico, y a pesar de que yo ya tenía dieciocho años cuando di a luz, en la casilla de «Persona responsable» aparece escrito A. Social. Es decir, la propia religiosa, sor María, que era la asistenta social de la maternidad.

¿Por qué alguien debía ser responsable de mí, si yo ya era mayor de edad?, ¿por qué pagaron los padres de María mi pensión?, ¿quién estuvo decidiendo por mí todos aquellos meses?, ¿de quién fui la marioneta?

Mi vida se paralizó el 19 de marzo de 2012. A veces pienso si no habría sido mejor que todo fuera un sueño, que no me hubiera pasado y que todo volviera a ser como era antes de que María apareciese.

Procuro hablar poco del tema porque temo que reflexionar profundamente me pueda conducir a la locura. Y a veces no puedo evitar tener ideas terribles.

Solo quiero taparme, meterme en la cama, cubrirme la cabeza, olvidarme de que existe el mundo y dormir. Dormir con un sueño tan profundo como aquel que me impidió ver y oír nacer a mi hija María."

"Los bebés robados de sor María" (RBA), de Soledad Arroyo, se presenta este lunes 29 de abril a las 19 horas en La Casa del Libro de Madrid (Gran Vía, 29)

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