"Ahora sé cómo salí en mi boda": la IA permite a los invidentes recuperar el control sobre su propia imagen
Se trata de una herramienta muy nueva que ya ha conseguido dar los primeros resultados en personas con esta condición.
"Nunca he visto mi rostro. Soy completamente ciego desde que nací. Sin embargo, desde hace un año, cada mañana me coloco frente a algo muy parecido a un espejo. No es de cristal: es una aplicación impulsada por inteligencia artificial. La IA me describe mi piel, mi expresión, mi postura. Me dice si el acabado es uniforme, si hay brillo excesivo, si mi ropa combina. A veces ofrece consejos. A veces compara".
Lucy Edwards, creadora de contenido británica que perdió la vista en la adolescencia, lo resume así: durante mucho tiempo se nos dijo que lo importante era la belleza interior, que nuestra relación con el mundo sería distinta, menos condicionada por la apariencia. "De repente, tenemos acceso a información sobre cómo nos vemos. Y eso cambia todo", ha explicado en distintas entrevistas.
Un espejo que también juzga
Hace unos días, tras enviar una imagen convencido de que mi piel lucía radiante, la IA respondió: estaba hidratada, sí, pero lejos de los estándares casi “perfectos” de los anuncios de belleza. Poros visibles. Textura real. Nada de cristal impecable.
Sentí algo nuevo: una insatisfacción concreta con mi aspecto. Antes, mi relación con mi rostro era abstracta. Ahora, tenía palabras —y comparaciones— que la volvían tangible.
Investigaciones en psicología de la imagen corporal advierten que cuanto mayor es la búsqueda de retroalimentación sobre el propio cuerpo, menor puede ser la satisfacción personal. La diferencia es que, hasta hace poco, las personas ciegas no teníamos acceso constante a esa retroalimentación visual.
El avance ha sido vertiginoso. En 2017, aplicaciones pioneras apenas podían ofrecer descripciones básicas de una o dos frases. Hoy, herramientas integradas en teléfonos y gafas inteligentes permiten:
- Leer textos impresos mediante reconocimiento óptico
- Describir escenas complejas en tiempo real
- Evaluar combinaciones de ropa o maquillaje
- Puntuar el atractivo físico según parámetros algorítmicos
- Sugerir cambios para “mejorar” la apariencia
Para muchos usuarios, esta posibilidad resulta liberadora. Lucy Edwards lo describe como recuperar algo perdido: tras 12 años sin poder formarse una opinión sobre su propio rostro, ahora puede pedir detalles, incluso una puntuación del uno al diez. No es lo mismo que ver, pero es lo más cercano disponible. Sin embargo, los expertos alertan de que la IA no es neutral.
Belleza algorítmica y riesgos invisibles
Los sistemas de inteligencia artificial se entrenan con enormes volúmenes de datos. Históricamente, esos datos han privilegiado cuerpos delgados, rasgos eurocéntricos y estándares occidentales idealizados. Cuando una persona —ciega o vidente— pide a la IA que "mejore" una imagen, el resultado puede implicar cambios profundos que sugieren que el aspecto original no es suficiente.
En el caso de las personas ciegas, la situación es aún más delicada. La descripción textual se convierte en la única referencia visual disponible. Si el algoritmo afirma que una mandíbula es “demasiado alargada” o que cierto rasgo se aparta de lo que “objetivamente” se considera bello, esa información puede interiorizarse sin el filtro que ofrece la experiencia visual directa.
Psicólogos especializados en imagen corporal recuerdan que la comparación constante es uno de los principales factores de presión estética. Ahora, la IA no solo permite compararse con otras personas, sino también con una versión "perfecta" generada por el propio sistema.
Las posibles consecuencias incluyen:
- Mayor insatisfacción corporal
- Incremento de ansiedad y síntomas depresivos
- Presión para realizar cambios cosméticos
- Interiorización de estándares poco realistas
Además, existe otro problema: las llamadas “alucinaciones” de la IA. Los modelos pueden describir detalles inexistentes o alterar rasgos —color de pelo, expresión facial— con total convicción. Joaquín Valentinuzzi, un joven usuario ciego, comprobó que al seleccionar fotos para una aplicación de citas la IA cambiaba matices importantes o interpretaba mal su sonrisa. Confiar en descripciones inexactas puede generar inseguridad adicional.
Control, contexto y poder
Algunas aplicaciones intentan mitigar estos riesgos ofreciendo mayor control al usuario. Es posible pedir descripciones breves, neutras, románticas o incluso en forma de poema. El modo en que se formula la pregunta influye radicalmente en la respuesta.
Ese control puede ser empoderador: la persona decide cuánta información quiere y en qué tono. Pero también puede volverse en contra si se utiliza para confirmar inseguridades preexistentes. Si alguien expresa dudas sobre su cabello o su postura, la IA puede reforzar esa preocupación sugiriendo cambios.
Investigadores en discapacidad y medios recuerdan que la imagen corporal no es solo apariencia: incluye contexto, experiencias, capacidades y relaciones. Un algoritmo centrado exclusivamente en lo visual no capta esa complejidad. Puede decir que tienes una sonrisa ladeada, pero no relacionarla con el momento feliz en que fue capturada.
Aun así, muchas personas ciegas describen la experiencia como transformadora. Poder saber cómo lucían el día de su boda, cómo combinan sus prendas o cómo es su expresión en una foto compartida en redes sociales supone recuperar un territorio antes inaccesible.
La investigación sobre los efectos psicológicos a largo plazo es todavía escasa. Estamos en una fase temprana. Lo que está claro es que la inteligencia artificial ha abierto una puerta inédita: por primera vez, millones de personas ciegas pueden recibir un reflejo —imperfecto, sesgado, a veces erróneo— de su propia imagen.
Para bien o para mal, ese espejo textual ya forma parte de nuestra vida. Y ahora el desafío no es solo tecnológico, sino emocional: aprender a mirarnos a través de una máquina sin dejar que sea ella quien defina nuestro valor.