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13/10/2014 07:04 CEST | Actualizado 12/12/2014 11:12 CET

11 cosas que sólo entienden los padres de chicos

Hace años, tuve una visión de lo que sería la paternidad. Había tutús, lecturas en el sofá, princesas Disney, vestidos de rayas, trenzas y... paz. Pero entonces, tuve hijos. Y me parece mal decir que esa visión se fue a la mierda... Pero mi visión de la paternidad se fue directamente a la mierda.

Shannon Ralph

Hace años, cuando mis hijos apenas eran una chispa inconsciente en mis ojos, tuve la visión de lo que sería la paternidad. En esa visión, había tutús y meriendas con té; horas de lectura en el sofá; princesas Disney y Dora la exploradora; vestidos de rayas y leotardos de lunares; trenzas y coletas; tiendas y risitas; había paz y amor y alegría, y... y... paz.

Pero entonces, tuve hijos.

Y me parece duro decir que mi visión de la paternidad se fue directamente a la mierda.... Pero sí, mi visión de la paternidad se fue directamente a la mierda.

¿Qué iba a hacer con esas criaturas ruidosas y malolientes? Esas cosas que estaban constantemente moviéndose. Y escalando. Y gritando. Y peleándose entre ellos. ¿Cómo podía -yo, una lesbiana- entender a esas criaturas quejicas capaces de hacerse pis en su propia cabeza?

Parecía una misión imposible, pero aquí estoy yo para contaros unas cuantas cosas que he aprendido tras 11 años criando niños. Estoy segura de que a todos los padres de chicos les resultará familiar.

1. La guerra de las galaxias es comparable a la religión. No importa si ya eras fan de George Lucas antes de tener hijos. Te aseguro que llegarás a entender la diferencia entre Darth Vader y Darth Maul. Te enamorarás de Han Solo (o de la Princesa Leia). Incluso llamarás a tu hijo, para tu sorpresa, "pequeño aprendiz Padawan". Esta obsesión con todo lo que tenga que ver con Star Wars empieza pronto y con intensidad. Afecta a la población masculina y no existen vacunas contra ello. Ni cura. Ni siquiera la Organización Mundial de la Salud alerta de ello. Así que hazte un favor a ti mismo y, si no puedes contra ellos, únete.

2. Odiar, al mismo tiempo que agradeces, el hecho de que tu hijo se convertirá en un hombre. Esto es duro. Todos queremos que nuestros hijos tengan éxito y, sinceramente, los hombres (en concreto los blancos) llevan ventaja en este mundo loco en el que vivimos. Ellos lo tienen más fácil. Y a nosotras no nos gusta. Luchamos por cambiarlo. Luchamos contra ello desde cada fibra de nuestro ser feminista. Pero en el fondo de nuestra mente, respiramos con alivio al saber que nuestros hijos no lo tendrán tan difícil como otros. Nos odiamos por ello, pero seguimos haciéndolo.

3. Los chicos dan los mejores abrazos. Y besos. Y achuchones. Cuando tu hijo te da un abrazo, se te olvida todo. Sin ningún motivo. Sin ningún argumento. La afección de los chicos es sencilla. Te garantizo que no hay nada más puro en este mundo.

4. Los pedos son divertidos. O al menos a tus hijos les hacen reír. Empezarán muy pronto a cultivar su talento gaseoso. Y cuanto más ruidoso, mejor. Cuanto peor huela, mejor. Tu casa se llenará de una sinfonía completa de gases liberados. Un día, cuando te veas en ese estado de agotamiento inducido por los niños, te unirás a ellos. Ese día, ondeará la bandera blanca de la rendición. La batalla ha acabado y tú has perdido.

5. Todo estará cubierto de pis. En serio. Todo. El váter. El suelo. La alfombrilla del baño (que cambiarás no menos de 156 veces durante la infancia de tu hijo). El borde de la bañera. La pared. A veces, incluso la ventana del baño.... Parece que apuntar al váter es mucho más complicado de lo que sugieren las leyes físicas de la gravedad más básicas.

6. Cualquier cosa puede convertirse en un arma (y así ocurrirá) Tú intentarás inculcarle tus modales pacíficos en sus años de juventud, pero al niño le seguirán encantando las armas. Pero mejor no le compres una pistola reluciente de un bonito escaparate; pueden crear su propia pistola con cualquier cosa: un palo, un rollo de papel higiénico, plátano, un snorkel, su dedo. En fin, que hasta su pene puede hacer de pistola (aunque, como ya he dicho en el punto 5, ¡tienen que mejorar su puntería!). Me pasé años luchando contra esto hasta que me di cuenta de que es algo innato. A través del juego de pistolas y espadas (por extraño que parezca, siento menos ansiedad cuando mi hijo hace de espadachín que cuando hace de pistolero), los niños aprenden a relacionarse, a comprender el sentido de lo bueno y lo malo y a controlar sus impulsos agresivos. El juego de pistolas es normal. Pero, obviamente, a mis hijos les hablo del peligro de las armas de verdad. Y les enseño el respeto básico por la vida humana. ¿Y qué pasa si se ponen a jugar a las armas con el bote de champú? ¿Les grito, me vuelvo loca y les llevo a terapia? Pues depende de mi humor, pero normalmente no.

7. Los chicos son físicos. Desde el momento en el que salen de nuestra vagina y ven la luz, se apoderan del espacio en el que habitan. Escalan los muebles. Saltan uno encima del otro. Se pelean sin motivo aparente. Un abrazo inocente entre hermanos se puede convertir en trifulca en cuestión de segundos. He perdido la cuenta de las veces que en un solo día he pronunciado la frase: "Las manos quietas". A pesar de todo, esta presencia física es normal. Es la forma en que los chicos se relacionan con el mundo. Los expertos incluso afirman que les ayuda a crear relaciones positivas y a fomentar la inteligencia. Estoy convencida de que, en base a esto, mis hijos se convertirán en Albert Einstein y Stephen Hawking, respectivamente.

8. Los chicos no escuchan. En serio, no lo hacen. Mis cuerdas vocales hinchadas y mi voz de fumadora empedernida atestiguan el hecho de que ni siquiera gritar funciona. Pero lo cierto es que no es su culpa. Hay estudios que señalan que, al nacer, los chicos tienen menor sensibilidad de escucha que las chicas, y que la brecha no hace más que crecer. La audición de las chicas es mucho más sensible a los patrones del discurso, por lo que les resulta más fácil que a los chicos escuchar a los demás. El cerebro de los chicos desarrolla este talento con más lentitud que el cerebro de las chicas. Como consecuencia, puede que tu hijo no te esté ignorando cuando vierte sus piezas de LEGO por cada centímetro del salón. Pero esto no va a calmar tu furia cuando pises uno de sus juguetitos una y otra vez. Una y otra vez. En fin, es comprensible.

9. Marvel versus DC. Elige uno. Venga, elige uno. Seguro que tu hijo va a tener una preferencia clara, así que querrá saber qué opinas tú.

10. La ropa no tiene ningún significado. Es cierto, las compras son mucho más fáciles con los chicos que con las chicas. A ellos no les importa lo que se ponen en el cuerpo. Lo malo de esto, sin embargo, es que tu hijo destruirá sistemáticamente cualquier artículo de ropa que le hayas comprado. Cualquiera. Desgastarán todas y cada una de las rodilleras de vaqueros, chándales y pijamas. Trozos de hierba. Trozos de comida. Trozos de barro. Trozos de origen desconocido. Te lamentarás por la pérdida de ese dinero que tanto te había costado ganar. Pero tú no puedes hacer nada aparte de asimilar que si llevas al niño desnudo al colegio, te mirarán mal.

11. Los chicos aman de forma incondicional. Mi personalidad anal-retentiva me dice que acabe esta lista con un número redondo, el 10, pero todavía me falta decir lo más importante que he aprendido como madre de chicos. Los niños aman incondicionalmente. Aman sin reparos. Aman con todo su cuerpecito. Cuando tu niña se empeña en que la dejes tranquila, tu hijo simplemente te quiere. Cuando tu hija adolescente se pone borde y de mal humor y te odia, tu hijo te quiere. Su amor es sólido. Su amor es fuerte y consistente desde el principio. Y queda impregnado para siempre.

Me asombra la emoción, energía, sensibilidad, curiosidad, inocencia y compasión que tienen mis hijos cada día. Puede que mi experiencia en la paternidad no coincida con la visión que tuve hace años, pero ha superado mis sueños más locos. Y tengo un par de chicos increíbles por los que estoy agradecida.

Este post de Shannon Ralph apareció originalmente en The Next Family

Traducción de Marina Velasco Serrano

#YONOMEOLVIDO