El interruptor que cortará la energía a la fábrica de diarios en papel será el que dará por liquidado el modelo de periódico que hemos conocido hasta ahora y que los actuales tiempos tecnológicos están arrinconando y expulsando del mercado. Apagar la luz primero, pero luego buscar dónde encender de nuevo las luces del oficio.
La libertad de expresión no garantiza por sí sola la calidad del debate, como bien sabemos en España. En estos meses turbulentos cada acontecimiento, cada declaración, cada frase discordante -da igual con quién- son respondidos por un coro vociferante y agrio que ahoga cualquier atisbo de idea en un ruido ensordecedor y estéril.
El periodismo se llama a sí mismo el cuarto poder, pero no está para ser árbitro del juego democrático. Es un negocio. Persigue la cuota de mercado más que la verdad. Tiene dueños. Sirve a intereses. Agrede a los que están caídos y adula a los que suben. Mi teoría es que no puede haber periodismo si éste no es libre.