ECONOMÍA
16/07/2012 11:51 CEST | Actualizado 16/07/2012 17:58 CEST

El misterio de la furgoneta solidaria llena de comida

Marcos Prieto García

Margarita González, de 63 años, lleva más de cinco años colaborando con la ONG Cáritas. Acude a la Parroquia de San Roque los martes y los jueves por la tarde. Su tarea es la de ayudar a las monjas a repartir los alimentos que les llegan tanto de organizaciones y supermercados como de particulares. El pasado 4 de julio recibió una llamada de una de las monjas de la congregación: "Margarita, vente a la iglesia que hoy te necesitamos". La monja no le dijo nada más y, con las prisas, a ella tampoco se le ocurrió pedir más explicaciones. Salió de su casa, dejo a su hijo David, con síndrome de Down, en la escuela y se fue a la iglesia.

Al llegar estaban esperándola sus compañeras de Cáritas, felices y sonrientes, porque un "alma solidaria" les había dejado enfrente de la parroquia un camión blanco lleno de alimentos no perecederos. Margarita no se lo podía creer: “Cuando me acerqué y vi la furgoneta con las puertas abiertas llena de botes de lentejas, judías, pasta, galletas, arroz… y no sé cuantas cosas más, ¡me quedé con la boca abierta!".

Sorprendida, Margarita no pudo evitar preguntar quién había mandado semejante cargamento de comida: "No lo sabemos, sólo nos han dejado esta nota". Motivada por la curiosidad, Margarita no pudo resistir leerla. En ella rezaba: "Nuestra aportación al banco de alimentos. No os preocupéis por la camioneta, mañana pasaremos a recogerla". Ni una firma, ni una dirección, ni un remitente al que dar las gracias.

LA AYUDA DE LOS AFRICANOS

Las monjas y Margarita se pusieron manos a la obra. Y comenzaron a descargar el camión, pero era tal la cantidad de provisiones que había dentro que no podían entre las cuatro. Al otro lado de la calle, dos jóvenes africanos observaban al grupo de mujeres descargando los lotes de comida. "Son viejos conocidos de la parroquia", declara Margarita. "Venden La Farola y se acercan de vez en cuando a pedir alimentos. Nos preguntaron si necesitábamos ayuda y les dijimos que sí". Los hombres no pudieron resistirse y preguntaron sobre el cargamento. Las mujeres les contaron la historia de "la furgoneta solidaria", y al igual que Margarita no pudieron ocultar su sorpresa.

Entre todos vaciaron la camioneta y ordenaron los productos dentro del almacén de la iglesia por fecha de caducidad. Tras acabar con el cometido, las monjas entregaron a los dos voluntarios un par de bolsas con comida como señal de agradecimiento y 20 euros a cada uno.

En cuanto al vehículo hicieron lo que mandaba la nota. Cerraron las puertas traseras del vehículo y lo dejaron dónde estaba. Al día siguiente la furgoneta solidaria había desaparecido.