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01/12/2013 13:42 CET | Actualizado 01/12/2013 21:13 CET

Luuk van Middelaar: "Es un momento de crecimiento doloroso para Europa: el coste de madurar"

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Civis romanus sum. Soy ciudadano romano. La frase se decía con orgullo hace dos milenios, pero también con un gran sentido práctico, como recuerda el filósofo político Luuk van Middelaar en su libro El Paso hacia Europa (Galaxia Gutenberg, 22,80€).

Cuando cayó en manos de las autoridades palestinas, Pablo de Tarso supuestamente la utilizó para que se respetase su derecho a no ser torturado y a ser juzgado por uno de los reglados tribunales del imperio. Era una constatación, una advertencia de que era un hombre libre, un salvavidas. Ha pasado mucho tiempo, pero la Unión Europea ha pretendido (y en muchas ocasiones conseguido), garantizar derechos, mejorar la vida de sus ciudadanos y de paso regalarles una frase a la que recurrir. Por orgullo... o por necesidad.

Todo apunta a que los ciudadanos europeos de hoy no quieren circo y además necesitan asegurarse el pan, en algunos países de forma desesperada. Europa está en cuestión y con "Soy un ciudadano europeo" no se resuelven muchos problemas. ¿Podría la frase llegar a provocar vergüenza? "En realidad, nunca nadie ha pedido un abogado europeo para que solucionase sus problemas", defiende no sin ironía van Middelaar, "sino para que obligase a la ley de su país a comportarse debidamente".

Además de ensayista, el autor es un 'eurócrata' en la cima. Forma parte del gabinete del presidente del Consejo Europeo, Herman van Rompuy, y escribe sus discursos. En un momento de crisis, "la pregunta es si Europa puede ofrecer protección. Y eso es lo que los ciudadanos echan de menos y esperan", reconoce. "En el esquema inicial, el Estado era el que garantizaba el bienestar y la protección y Europa el lugar de la apertura. Europa ha ofrecido derechos, ha abierto un espacio de movimiento, oportunidades para empresas, consumidores, precios bajos… Es la idea del mercado como elemento emancipador, que te permite dejar tu país e ir a otro a ganarte la vida o ser atendido en un hospital en el extranjero".

LA UE ES UNA FUENTE DE PROBLEMAS

La crisis económica ha cambiado las cosas. Europa ya no es percibida como un cómodo complemento, sino una fuente de problemas. Por sus políticas o por quien más pesa en ellas. "Los resultados son muy importantes, porque cuando no hay resultados, como ocurre hoy, cuando no hay empleo, cuando no hay crecimiento, la legitimidad se hunde", reconoce.

Su libro es, además de un repaso de la historia de la construcción europea, una colección de teoremas. Según él, hay tres maneras de hablar de Europa: desde la óptica de los Estados que cooperan unos con otros, de los despachos de Bruselas concentrados en la gris burocracia o en nombre de unos ciudadanos que quieren vivir juntos y avanzar hacia el federalismo. Van Middelaar también describe tres maneras de ganarse el aplauso popular: por la vía de la identidad compartida y los símbolos (la forma alemana, según él), la que prima resultados como la protección y la seguridad (la romana), o la que implica al ciudadano haciéndole dueño del espacio político (basada en la democracia griega).

Pero todo eso son teorías, probablemente todas aplicables y todas matizables. La certeza que tiene este holandés que habla bajito y a veces toma más notas que el entrevistador es que, paradójicamente, la UE está más unida que nunca. "Europa está mucho más cerca [de la gente] que antes. Se lleva hablando y promoviendo desde los años 70, pero ahora es una realidad. Por primera vez Europa está en el corazón de la vida política nacional. Ese es el principal cambio. Nadie pudo preverlo hace 20 años. Los líderes, pero también los ciudadanos, han asumido que lo que pasa en otros países es importante para ellos. Se han dado cuenta de que lo que pase en Grecia o en Chipre puede determinar si sus propios ahorros están seguros", ejemplifica.

EUROPA ES RELEVANTE, PERO A LO MEJOR NO ES UNA BUENA NOTICIA

"Está muy cerca, pero quizás demasiado cerca", advierte. "Queríamos que Europa fuese relevante, pertinente. Hoy lo es, pero quizás no son sólo buenas noticias, para la sorpresa de muchos". En otras palabras. Un matrimonio puede ser muy intenso, pero meramente por la profundidad de sus desavenencias.

"Descubrir que estábamos en el mismo barco fue doloroso. Por la solidaridad, el problema en el norte, y por la responsabilidad de tener que poner en orden tu economía para ser capaz de formar parte de la moneda común, algo que afecta más en el sur". En ese sentido, Europa avanza a través del dolor. "Es un momento de crecimiento doloroso para Europa: el coste de convertirse en más maduro", reflexiona. Otros países y fereraciones han tardado más en construirse, como prueba la historia de EEUU, un país no exento de sobresaltos desde que se fundó, en 1776.

Una vez que pase la crisis, ¿estaremos los europeos más unidos y felices? ¿No existe el riesgo de que por el camino los ciudadanos decidan que no les conviene tanto 'sufrimiento por su bien'? ¿Se convertirán en determinantes los populistas, los euroescépticos, los radicales? "Con la crisis también hemos visto que las fuerzas por mantener a Europa unida son más fuertes que esas que quieren destruirla. Ha habido determinación política en pro del proyecto europeo. Entre otras cosas, han sido 60 años de unión y nadie va a cejar por las buenas", asegura.

Según asegura en su libro, ni a corto plazo se llegará a unos Estados Unidos de Europa ni a un Eurocalypse Now. Europa es tan paciente como tozuda en el rumbo. En ese contexto, movimientos como los del holandés Partido por la Libertad, de Geert Wilders, o el francés Frente Nacional, de Marine le Pen, pueden ser hasta positivos.

"A mí me preocupa el euroescepticismo populista, pero no debemos exagerar la amenaza. También politizan más a Europa, algo que es importante en democracia. Dan voz a alguna gente, fuerzan una reacción. Es curioso ver cómo se europeízan, porque llegan como partidos antieuropeos pero se integran en las instituciones. Quizás quieren abolir Europa desde dentro, pero creo que Europa es lo suficientemente fuerte para resistir. En realidad, el miedo a quedarse sin Europa es mayor que el miedo a ella".

Los movimientos euroescépticos y populistas tienen tirón. De eso no hay duda. Y los líderes europeos, los de las instituciones, no. También es claro. ¿De quién es la culpa? ¿Del bajo perfil de líderes como Herman van Rompuy, su jefe, o la jefa de la diplomacia, Catherine Ashton? ¿Cómo es posible que en la percepción de los ciudadanos no se diferencien unas de otras las instituciones de Bruselas (principalmente el triángulo formado por la Comisión Europea, el Consejo y el Parlamento)? "Bruselas no es la más indicada para hablar de lo buena que es Bruselas. Eso también es responsabilidad de los presidentes y ministros nacionales. Hay que defender en los Estados las decisiones que se toman en Bruselas, hacerlas propias. Es una cuestión de credibilidad", advierte.

(Sigue leyendo después de esta foto, de septiembre de 2011, en la que Van Rompuy da su tarjeta y número de teléfono al ex secretario de Estado de EEUU, Henry Kissinger)

Cuando fue elegido, Van Rompuy rescató la anécdota de Henry Kissinger, en la que el exsecretario de Estado norteamericano lamentaba no saber qué número de teléfono había que marcar para hablar con Europa. Según el maestro de ceremonias de las cumbres europeas, la pregunta estaba resuelta, algo que el tiempo y la crisis se ha encargado de desmentir. Van Rompuy fue elegido por los Gobiernos y defendido por Angela Merkel, que quería a un presidente sin afán de protagonismo (era la época de Nicolas Sarkozy) y con el que pudiera trabajar.

"Fue una elección hondamente política. En este momento particular, la prioridad era forjar acuerdos. Las tensiones entre los Estados ya eran muy importantes, por lo que él tenía que ponerse por encima de eso para lograr acuerdos, no llegar con sus propias posiciones para complicar aún más las cosas", asegura Van Middelaar, cuyas palabras lee Van Rompuy en sus discursos.

Sin embargo, la pregunta del liderazgo, en una crisis necesitada de referentes, sigue abierta. En muchas ocasiones, el teléfono suena en la habitación sin que nadie lo coja.

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