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18/01/2014 09:57 CET | Actualizado 20/03/2014 10:12 CET

Del mileurismo al 'lo que sea'

En la avanzadísima y europeísima España del siglo XXI, podemos encontrar ofertas donde el problema no es que no ofrezcan un sueldo digno; es que ni siquiera tienen la dignidad de ofrecer un sueldo. Candidatos con expectativas de renumeración, abstenerse. Nuestros padres nos decían "estudia, para que el día de mañana seas una persona de provecho". Quién les iba a decir que sólo íbamos a ser mano de obra de la que aprovecharse.

Corría el año 2005 cuando empezamos a oír hablar de los mileuristas. Carolina Alguacil en una carta al diario El País titulada Yo soy mileurista acuñó el término que empezamos a usar para definir de forma despectiva a una persona con formación académica elevada, y que sin embargo, tenía un trabajo cuyo sueldo a duras penas alcanzaba los mil euros al mes.

Los padres que veían a sus hijos estudiar estaban moderadamente tranquilos. Mejor o peor, se estaban sacando su título universitario, medio hablaban inglés y algo sabían de informática. Lo reunían todo para aspirar a ser el perfecto español de clase media: con trabajo, casa, coche y vacaciones una vez al año en Punta Cana. Ellos no iban a ser mileuristas, válgame Dios. Fracasados no, gracias.

Pero luego viene la crisis y todo se da la vuelta y nadie encuentra trabajo. Los titulados, porque están sobrecualificados. Los que no han trabajado nunca, porque no tienen experiencia previa. Sin saber cómo, el suelo cede bajo nuestros pies y ya no hay sitio para nadie.

Se publicaba esta semana pasada el informe Crisis y contrato social. Los jóvenes en la sociedad del futuro, editado por el Centro Reina Sofía. En él leemos que la mitad de los jóvenes entrevistados ve muy difícil ser autosuficiente económicamente hablando, conseguir comprar una casa o incluso formar una familia. Una de sus conclusiones es que la mitad de los jóvenes españoles serían capaces de aceptar cualquier trabajo independientemente del sueldo que se les pague.

Crecimos creyéndonos JASP, jóvenes aunque sobradamente preparados. Fuimos a la universidad y nos dijeron que el futuro era nuestro. Terminamos la carrera queriendo ser desarrolladores para iOS o Android, community managers, arquitectos de Big Data, expertos en servicios de Cloud Computing o evangelizadores de Marketing Digital. Nos hartamos de escuchar que ninguno de esos perfiles existían en 2005, que cada año surgirían puestos de trabajo que aún no habían sido inventados y que nos proporcionarían un futuro prometedor. Mamá, voy a ser content curator.

Pero vino la realidad recortada y resultó que esos puestos de trabajo apenas sí existen y los viejos empleos de currito de a pie han desaparecido. El dato hoy es que al 48,6% de los jóvenes españoles entre 18 y 24 años no les importa el sueldo con tal de trabajar. Estoy segura de que si le preguntaran a la franja de españoles en paro entre los 45 y los 55 años contestarían lo mismo: aceptarían trabajar por lo que sea. Ahora la ilusión de media España, lo inalcanzable, es llegar a ser mileurista, sueño solamente superado por el anhelo de ganar el Gordo de la Navidad o el sueldo Nescafé.

El miedo se ha adueñado de nosotros. Los que trabajan tienen miedo de perder el trabajo. Los que no trabajan tienen miedo de no encontrar nunca trabajo. El miedo a la desocupación es tan grande que hemos interiorizado y dado por buena que "cualquier fórmula es mejor que estar en el paro", como decía Arturo Fernández, vicepresidente de la CEOE. A la clase media le acababan de calzar las botas de siete leguas para avanzar hacia el precariado.

"Suponte que tú ofreces un empleo y sólo hay un tío que quiera trabajar. Tienes que pagarle lo que pida. Pero pon que haya cien hombres (...). Supón que haya cien hombres interesados en el empleo; que tengan hijos y estén hambrientos. Que por diez miserables centavos se pueda comprar una caja de gachas para los niños. Imagínate que con cinco centavos, al menos, se pueda comprar algo para los críos. Y tienes cien hombres. Ofréceles cinco centavos y se matarán unos a otros por el trabajo".

Este párrafo de Las uvas de la ira sobre la vida de los jornaleros norteamericanos tras el crack bursátil del 1929 fue escrito en 1939. Pero no nos hace falta evocar la crisis del 29 en Estados Unidos. Mi abuela me contaba que en mi pueblo, en los años posteriores a la Guerra Civil, muchas personas no tenían ni un cuscurro de pan que llevarse a la boca, así que no tenían otra opción que ofrecer su trabajo a cambio de su sustento. Gañanes, criadas y lavanderas trabajaban de sol a sol por un plato de comida. Hoy, en la avanzadísima y europeísima España del siglo XXI, podemos encontrar ofertas de empleo donde el problema no es que no ofrezcan un sueldo digno; es que ni siquiera tienen la dignidad de ofrecer un sueldo. Candidatos con expectativas de renumeración, abstenerse. Se trabaja gratis o por cuatro perras. Por lo que sea.

El vivo vive del bobo, y el bobo de Papá y Ma', decía la canción. Y bien que lo siente el bobo. Qué más quisiera él que poder vivir de su trabajo. El derecho laboral se está reduciendo al derecho a trabajar por lo que quieran pagarte y en las condiciones que quieran imponerte, porque el mismo sistema que necesita vender cada vez más, necesita pagar cada vez menos. Tómelo o déjelo, que la cola es larga.

Nuestros padres nos decían "estudia, para que el día de mañana seas una persona de provecho". Quién les iba a decir que sólo íbamos a ser mano de obra de la que aprovecharse. Triste generación esta, de corazones con freno y marcha atrás dispuestos a todo por nada. Por lo que sea.