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24/04/2013 04:32 CEST | Actualizado 23/06/2013 07:12 CEST

Por qué debemos decir NO

Va siendo hora de abandonar el valor para seguir adelante y aglutinar osadías para decir NO. Va siendo la hora del desacato como detonante, como indicio de rendición ante la depresión contagiada de hombre a hombre y mujer a mujer.

El claroscuro de los días nos está cegando. Entre tanta penumbra la sombra de un recuerdo de luz deslumbra nuestras conciencias y oscurece los recuerdos.

Inmersos en la debacle de los tiempos actuales lo digno es luchar, lo valiente no descansar, lo heroico no rendirse. Todo vale antes que reconocernos sumidos en la tercera guerra europea de nuevo liderada por una cabeza germana y dominada no ya por fuegos atronadores y palarizantes si no por cobres y monedas igualitarias que han generado la economía de la desigualdad.

Va siendo hora de abandonar el valor para seguir adelante y aglutinar osadías para decir NO. Va siendo la hora del desacato como detonante, como indicio de rendición ante la depresión contagiada de hombre a hombre y mujer a mujer. Una guerra sin sangre carece de la palabra guerra en si misma, pero no es cierto. Una guerra sin sangre es virulenta como la toma de un cuerpo vivo por una sola bacteria que se propaga y crece en su interior hasta hacerse con la voluntad entera de aquel ser que tuvo a bien llamarse humano incluso un minuto antes de ser tomado por el diminuto ser parasitario.

Va siendo la hora de las decisiones propias y apropiadas. De que de uno en uno se propague el regreso de la memoria de lo que somos como individuos y no como rebaños. Va siendo la hora de no errar el ángulo al que se mira y dejar de estar ciegos del susto y el temblor del desposeido.

¿Qué hacer cuando la palabra No ya no existe, cuando la voluntad del No se ha disipado de las gargantas, cuando quienes deciden obedecen y quienes laboran asienten? ¿Dónde dejamos guardado nuestro No? Habrá que salir a buscarlo como a aquellos lápices sin punta del poeta peruano. Habrá que resucitar la palabra No porque nunca murió enterrada. Habrá que ponérsela a nuestra descendencia en las manos para que la arrojen al despertar de la ecatombe.

Hemos permitido que el pavor atenace el pensamiento y amordace la razón.

Ser asertivo en tiempo de guerra es decir No.

Hay que empezar a decir No, casa por casa y calle por calle, sin la necesidad de que otro diga No por nosotros mismos. Hay que desertar de golpe y paralizarlo todo. Porque nuestros mal llamados líderes carecen de la voz y la palabra, del valor y la determinación, de la osadía y la inteligencia.

Decir No es desobedecer, No ir, No estar, No empujar, No proseguir. Decir No es mirar de frente a quien nos provoca miserias, desengaños, muertes limpias de sangre. Decir No es lo que deben hacer nuestros gobiernos, pero si por el honor de sus gentes no lo hacen, habrá que pasar sin pedirles que nos cedan el paso, habrá que hacerles entender que gobiernan sobre la tumba de sus días y que No estamos dispuestos a dejarnos empujar al interior de su mortaja.

No es No y ha llegado la hora de empezar a utilizar la asertividad del No para detener la guerra del euro, para enfrentarse sin trincheras y sin líderes de garganta atenazada por el miedo.

Somos los dueños de nuestro No como aquel campesino español en los años 30 fue el dueño de su Hambre.