Fernando cambia Barcelona por un pueblo de Teruel para repoblarlo: "Ahora estamos pagando 150 euros"
Una mudanza motivada por un golpe económico tras la crisis de 2005.

Cada vez más familias dan la espalda al ruido, los precios desorbitados y el ritmo acelerado de las grandes ciudades para buscar una vida más sencilla en pequeños pueblos que luchan contra la despoblación. El encarecimiento de la vivienda, la precariedad laboral y la necesidad de conciliación están empujando a muchos a replantearse dónde vivir, abriendo una segunda oportunidad para municipios casi olvidados.
Este es el caso de Fernando, un hombre que cambió el ritmo frenético de Barcelona por la calma de Griegos, un reducido municipio de la sierra de Albarracín, tras un golpe económico relacionado con la crisis inmobiliaria de 2005. Su historia ilustra las dos caras del éxodo urbano: la pérdida económica que empuja a las familias a buscar alternativas y las iniciativas locales que intentan atraer nuevos vecinos.
El traslado no fue fruto de una mudanza planeada al milímetro, sino de una casualidad: la familia vio un anuncio en internet que ofrecía viviendas y facilidades para instalarse. “Un fin de semana le dije a mi mujer de visitar el pueblo; estuvimos hospedados en el albergue y hablando apareció un señor que era el concejal al que le contamos que estábamos buscando un nuevo sitio en el que vivir y nos dijo 'os podéis quedar aquí, no hace falta que busquéis más’", explica en un reportaje de Callejeros.
Ventajas y desafíos
Fue entonces cuando ocuparon una casa propiedad del Ayuntamiento y, según relata Fernando, se encargaron de las reformas interiores cuyo coste les ha sido descontado del alquiler. Sin duda, el ámbito económico destaca entre las múltiples ventajas de vivir en este pueblo de Teruel. "Ahora estamos pagando 150 euros, en teoría eran 250, pero al tener dos niños escolarizados nos rebajan 50 euros por niño. Es una especie de política para atraer gente", cuenta Fernando.
En la práctica, la mudanza ha sido para la familia una reducción drástica en gastos fijos: él calcula que en Barcelona los costes mensuales rondaban los 3.000 euros (hipoteca incluida: 1.500 euros), mientras que en Griegos los gastos escolares y de vivienda se han reducido de forma notable. El día a día no está exento de obstáculos, ya que la compra exige desplazamientos a la capital de provincia cada dos semanas, a unos 100 kilómetros, pero asegura que los niños están “muy felices” y que el cambio les ha devuelto calidad de vida.
La llegada de Fernando y su familia ha significado un alivio, pero también pone de manifiesto la fragilidad de los servicios: el colegio del pueblo sobrevive con muy pocos alumnos. Durante la grabación una tutora explicó que en el centro hay apenas una docena de escolares y que existe un umbral mínimo de alumnos por curso para mantener la escuela abierta; si no se alcanza, los niños deben desplazarse a otra localidad cercana. Mantener aulas con matrícula reducida es una batalla común en los pueblos pequeños que intentan no perder servicios básicos.
La historia de Fernando resume por qué municipios como Griegos atraen ahora la atención de quienes buscan un giro radical: combinación de vivienda asequible gestionada por el consistorio, ventajas fiscales o bonificaciones por escolarización y, sobre todo, la promesa de un ritmo de vida distinto. Si esas políticas logran sostener servicios, la llegada de unas pocas familias puede marcar la diferencia entre el cierre y la continuidad de una comunidad.