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09/04/2016 09:55 CEST | Actualizado 09/04/2016 09:56 CEST

Solo son mujeres, ¿solo?

Cuando uno se enfrenta a un espectáculo bienintencionado y comprometido como el de Solo son mujeres que se puede ver en el Teatro de la Abadía cuesta mucho ser crítico. Hacer la crítica. Más cuando los elementos y los mimbres usados para hacerlo son buenos. Más cuando toca temas tan candentes como la memoria histórica y la igualdad de género. Temas que despiertan la sensibilidad a flor de piel que parece tener una sociedad que, si se hace caso a los medios, por todo se escandaliza.

Foto de 'Solo son mujeres' cedida por Teatro de la Abadía - Albert Armegol

Cuando uno se enfrenta a un espectáculo bienintencionado y comprometido como el de Solo son mujeres que se puede ver en el Teatro de la Abadía, cuesta mucho ser crítico. Hacer la crítica. Más cuando los elementos y los mimbres usados para hacerlo son buenos. Más cuando toca temas tan candentes como la memoria histórica y la igualdad de género. Temas que despiertan la sensibilidad a flor de piel que parece tener una sociedad que, si se hace caso a los medios, por todo se escandaliza. Un debate que parece enquistado. En el que solo te dejan colocarte en un bando o en otro.

Pues bien, cuando comienza Solo son mujeres parece querer salir de ese debate y hacer una propuesta nueva, al menos en España. Ya que empieza como una pieza de Christian Boltansky, artista mundialmente cotizado y dedicado a recuperar la memoria del genocidio judío llenando pequeñas iglesias, pequeños templos, las mejores galerías de arte y los museos de fotos de personas que desaparecieron en los campos de concentración. Buena y reconocida referencia en el mundo del arte.

En la obra que nos ocupa, en vez de fotos de judíos hay fotos de las mujeres que fueron represaliadas y/o asesinadas durante el franquismo por sus ideas, por ser del otro bando. El bando de los que perdieron la Guerra Civil española, mujeres a las que se las quería convertir en católicas a todo trance, sin tener en cuenta que algunas además de rojas ya lo eran. Que lo uno no era ni ha sido incompatible con lo otro (solo hay que recordar la Teología de la Liberación).

Foto de 'Solo son mujeres' cedida por Teatro de la Abadía - Albert Armengol

Debe ser esa necesidad de romper el debate establecido mediante la reflexión artística, el que ha llevado a Carme Portaceli, la directora de escena, a intentar construir un espectáculo en la que la voz de aquellas mujeres se mezcla con música y con baile. Una voz procedente de historias reales. Una música de ayer interpretada desde hoy (como El puente de los franceses-mamita mía). Un baile potente que comienza de puntas y que acaba mojándose, literalmente, por el tema de la obra.

Sin embargo, es una mezcla que no acaba de funcionar. Es como si se tratara de agua y aceite que agitadas en una botella dan lugar a pequeñas burbujas. A imágenes interesantes, incluso hermosas, de burbujas de aceite ascendiendo. Pero cuya tendencia es a separarse. A no mezclarse.

Y no es por los mimbres con los que ha trabajado. Porque las voces de aquellas mujeres las ha recuperado la profesora y escritora Carmen Domingo, con los suficientes libros sobre estas mujeres como para no tener que justificar que para ella es una moda, una oportunidad, como se dice ahora. Voces dichas por Miriam Iscla como una María Sardá, aunque algo más joven. A las que pone música Maika Makovski la compositora y cantante que descubrieron los públicos teatrales en Desaparecer, la obra de Bieito y Echanove. Canciones que toca y canta Carme Conesa, actriz todo terreno, actriz de hoy en día. Música que baila Sol Picó con toda la fuerza y potencia que ella sabe desplegar en escena.

Elementos que brillan por sí mismos. No por el conjunto que forman. Elementos que tienden a excluirse unos a otros. Aunque, todo hay que decirlo, también sirven para no convertir este espectáculo en un cúmulo de víctimas y tristezas. Un cúmulo de ofensas que tienen que ser reparadas. Sino de mostrar la fuerza de las mujeres. Su capacidad de cantar y bailar en las peores ocasiones. La capacidad, incluso, de reír como si no hubiese un mañana. Un mañana que muchas de ellas no vieron.

Al final solo queda el testimonio de aquellas mujeres. Aunque una pregunta resuena: ¿Solo?

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