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17/08/2013 10:13 CEST | Actualizado 16/10/2013 11:12 CEST

Saber perder en verano

Año tras año sigo viendo a gente que no se divierte mientras juega un campeonato amateur, que está en tensión, que hace trampas, que prefiere que su hijo gane aun a costa del fair play, que cuando ve a un chico deprimido piensa que es porque ha perdido y no porque le hayan ganado con juego sucio.

Los veranos ponen a prueba una buena cantidad de cosas: la convivencia con la pareja y la familia inmediata o política, la inventiva de los padres para entretener a los niños sin recurrir a la tele o los videojuegos, la riqueza interior de la gente para tener otros intereses más allá del trabajo y las ocupaciones más inmediatas o el fuste de las conversaciones.

Mi último descubrimiento es que los veranos también miden la capacidad para asimilar la derrota. El verano es el tiempo de las partidas al dominó, al mus, al ajedrez, a los inacabables juegos de mesa y también de los torneos deportivos. Es el tiempo de saborear la derrota personal, ya que a la vicaria estamos acostumbrados cuando seguimos la liga, la Champions League o los torneos del circuito ATP. Es, aunque no nos juguemos nada, aprender a sufrir la derrota en nuestra propia carne y no solo a través del mundo del trabajo o las relaciones sentimentales.

Los que tenemos una cierta edad, más de cuarenta, crecimos pensando que los españoles estábamos bien equipados para la derrota. Nos hicimos mayores convencidos de que el escaso éxito de nuestros representantes en las competiciones deportivas internacionales se debía a los malos arbitrajes, la presencia de bestias negras (que solían llevar nombres italianos o yugoslavos como Tassoti, Petrovic o Meneghin) en el terreno de juego o simplemente la mala suerte. Nos consolábamos pensando que, al menos en la derrota, nos quedaban nuestros valores de honradez y limpieza. Envidiábamos, no obstante, en silencio a italianos y yugoslavos que siempre nos ganaban en los deportes por los que sentíamos más pasión. Sobre todo anhelábamos tener su mala hostia, su picardía (aunque este sea el país de la picaresca), eso que ahora se llama tener instinto asesino en la cancha.

No hay nada como ganar un mundial para darse cuenta de que triunfar en el deporte profesional tiene más que ver con el talento, la mentalidad, la técnica y la preparación física que con apocamientos atávicos. Por eso cuando se pierde, como sucedió recientemente en la final de la Copa Federaciones, los españoles demostraron que en estos últimos años han aprendido a asimilar la derrota vicaria reconociendo la superioridad del contrario y no echando la culpa a factores externos.

No sucede lo mismo con la derrota en propia carne. Año tras año sigo viendo a gente que no se divierte mientras juega un campeonato amateur de lo que sea, que está en tensión, que hace trampas cuando les dejan, que prefiere que su hijo gane aun a costa del fair play (una expresión que, aunque traducible, no significa lo mismo en español), que cuando ve a un chico deprimido piensa que es porque ha perdido y no porque el otro le haya ganado con juego sucio.

La idealización del deporte profesional hasta extremos inimaginables hace que bastantes padres se sientan orgullosos de la picaresca de sus hijos en el terreno de juego (y algunas veces fuera de él), que contemplen indiferentes como sus propios hijos insultan a los rivales e incluso que falsifiquen edades sin problemas de conciencia. Entre nosotros, el nepotismo o la arbitrariedad son fácilmente perdonados cuando se trata de hacer feliz a un chaval de 8 o 12 años aunque sea a expensas de otro chico de 8 o 12 años que no es el nuestro. Nada nuevo en el fondo, el familiarismo del que nos sentimos tan orgullosos es el mismo que impide que a los españoles nos cueste tanto donar a organizaciones no lucrativas o fundaciones ya que de alguna manera entendemos que les estamos hurtando algo al patrimonio futuro de nuestros hijos.

En un mundo que se feminiza a marchas forzadas, es este un aspecto en el que los españoles nadamos un poco a contracorriente. Pocos valores más masculinos que ganar de cualquier manera. Incluso la otrora ultracompetitiva sociedad norteamericana está de vuelta de todo aquello y decir (o mostrar) públicamente que te importa que tu hijo gane en una competición deportiva está proscrito de la vida pública.

A comienzos de los 90, el antropólogo holandés Geert Hofstede, que entrevistó a más de 95.000 empleados de IBM en todo el mundo para evaluar como la cultura afectaba el comportamiento en el mundo del trabajo, incluyó a España en el grupo de las sociedades femeninas al primar valores como la importancia de las relaciones personales o un equilibrio entre ocio y trabajo. Según Hofstede, permanecíamos relativamente ajenos a la fiebre por el éxito profesional, el materialismo o ganar de cualquier manera que imperaba en otros países occidentales junto a los países escandinavos curiosamente.

Aunque España también se ha feminizado, como el resto del mundo, considerablemente lo cierto es que en este aspecto vamos a contracorriente. Muchos españoles han conocido en estos últimos años el placer de ganar (vicariamente, claro) y están dispuestos a llevarlo hasta sus últimas consecuencias en sus vidas privadas.

Sobre todo en verano.

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