INTERNACIONAL
17/11/2019 10:22 CET | Actualizado 17/11/2019 10:22 CET

Cuando el régimen de aislamiento es una condena de muerte

Mariam era solo una adolescente cuando se suicidó, después de pasar gran parte de sus dos últimos años en régimen de aislamiento.

Isabella Carapella
Aislamiento

Su amistad empezó el 17 de julio de 2014 con secretos susurrados a través del conducto de ventilación que conectaba sus celdas.

Jessica Burlew recuerda la fecha exacta porque un día antes había cumplido 17 años, justo el día en que Mariam Abdullah, que tenía 16 y estaba a punto de ser condenada por robo a mano armada como si fuera adulta, fue trasladada a la prisión Estrella Jail de Phoenix (Arizona, Estados Unidos). 

Cuando Abdullah, esposada y encadenada por la cintura, llegó a la unidad de custodia cerrada, donde encerraban a jóvenes consideradas incorregibles 23 horas diarias en una celda, Burlew ya llevaba ahí unos seis meses. Por entonces, Burlew aún no había tenido contacto con ninguna otra adolescente en prisión, de modo que se alegró al oír la voz de Abdullah.

“Consideré a Mariam una especie de regalo de cumpleaños”, confiesa Burlew, que tiene 22 años actualmente, desde la prisión Perryville de Arizona, donde está cumpliendo una condena de 10 años.

Durante los meses que estuvieron en régimen de aislamiento comunicándose a través de ese conducto de ventilación, Burlew y Abdullah hablaban de lo que suelen hablar las adolescentes.

El color favorito de Abdullah era el rojo. Quería ser bombera. Su músico favorito era Drake.

Era inocente, alocada y despreocupada en apariencia, pero el aislamiento la desgastaba.

Durante los dos años siguientes, Abdullah pasó gran parte de su tiempo aislada de los demás, como medida disciplinaria por lo que consideraban conducta rebelde y como medida de precaución para que no se autolesionara. Cuando la trasladaron a Perryville en julio de 2015, empezó a entrar y salir del régimen de aislamiento por infracciones menores de diversa índole. Nada más cumplir los 18 años, la trasladaron a la unidad Lumley, la más restrictiva de la prisión, donde pasaban 23 horas diarias en sus celdas y 1 hora de recreo dentro de unos barrotes bajo el sol abrasador de Arizona. Cuando no estaba en su celda, Abdullah estaba en celdas de prevención de suicidios con vigilancia intensiva. Los funcionarios la llevaron ahí más de una vez por la fuerza.

Después del suicidio de Cynthia Apkaw, otra prisionera, en agosto de 2015, Abdullah le dijo en una carta a una amiga: “Para serte sincera, estar aquí hace que me sienta igual que ella, solo que aún no lo he hecho”.

En julio de 2019, lo hizo. Tras su muerte, encontraron un poema escrito a mano en su celda. Algunos de sus versos decían:

In this place is a struggle for her

She’s alive but not living

She’s feeling everything, feeling nothing

Tired of existing and longing to join

Those who truly know peace

The dead.

...en este lugar es una lucha. / Está viva pero ya no vive, / lo siente todo, no siente nada, / harta de existir, ansía unirse / con quienes ya conocen la paz: / los muertos.

La edición estadounidense del HuffPost ha examinado alrededor de 200 documentos, vídeos y fotografías de la época de Abdullah tras los barrotes, ha entrevistado a 16 personas que la conocieron y ha leído sus cartas y otros escritos suyos sobre esta etapa de su vida y muerte en el régimen de aislamiento.

Entre los casi 2,2 millones de personas que hay en penitenciarías estadounidenses suelen estar las personas más vulnerables y con más problemas —enfermedades mentales, adicción, rechazo social—, lo que les hace correr un alto riesgo de suicidio incluso antes de entrar en prisión. La prisión intensifica estos problemas y el aislamiento empeora aún más su situación.

“Gran parte de quienes somos y cómo somos depende intrínsecamente de nuestras interacciones con otras personas. Es una parte tan natural de la vida humana que es casi como respirar”, asegura Craig Haney, catedrático en la Universidad de California en Santa Cruz y experto en consecuencias del aislamiento penitenciario. “Cuando te quitan eso, te desestabilizan psicológica y profundamente”.

La tasa de autolesiones y suicidios en algunas prisiones federales y estatales ha aumentado drásticamente en los últimos años, un problema que salió a la luz recientemente por la muerte del magnate Jeffrey Epstein, cuyo cadáver fue hallado en una prisión de Nueva York el 10 de agosto. Poco antes de su muerte, Epstein, que estaba a la espera de juicio acusado de tráfico de menores, acababa de ser trasladado a una unidad de prevención de suicidios.

Los expertos en salud mental y los activistas argumentan que el aislamiento penitenciario es un factor que influye en muchos casos de suicidio. Las estadísticas nacionales oficiales más recientes de Estados Unidos muestran que los suicidios de presos aumentaron un 30% en prisiones estatales entre 2013 y 2014, de 192 a 249 suicidios.

En Estados Unidos hay al menos 61.000 presos sometidos a alguna clase de aislamiento (entendido como pasar un mínimo de 22 horas al día en una celda durante 15 o más días seguidos), según una encuesta realizada por la Asociación de Administradores de Correccionales Estatales y la organización Liman Center for Public Interest Law. 

Esa cifra muestra un descenso a nivel nacional, pero no refleja la realidad de cada estado.

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Extracto de una carta de Mariam Abdullah escrita durante su confinamiento.

“Me han hablado de la mujer que se suicidó. Para serte sincera, estar aquí hace que me sienta igual que ella, solo que aún no lo he hecho”.

Arizona, donde murió Abdullah, es el sexto estado (de 50) en el que más se aplica el régimen de aislamiento en prisión. También ha registrado un aumento en el número de suicidios y casos de autolesión. A lo largo del año en el que Abdullah murió, fueron seis los presos que se suicidaron en cárceles de Arizona. En el año 2018 fueron 7 los suicidios y 708 los casos registrados de autolesión. Durante lo que llevamos del año 2019, después de que el estado haya modificado el protocolo de documentación de estos sucesos, ha habido 6 suicidios, 87 intentos de suicidio y 1406 casos de autolesión sin intenciones suicidas entre una población de reclusos que gira en torno a 42.000 personas. Un portavoz del Departamento Penitenciario de Arizona asegura que este aumento de 2018 a 2019 se debe a que el departamento ha “puesto en práctica un nuevo método de recolección de datos que ha mejorado drásticamente la calidad y la cantidad de información recopilada y transmitida”.

Este departamento anunció el mes pasado otros dos suicidios que tuvieron lugar el 2 de julio en Perryville y el 22 de julio en Tucson.

En 2016, el 40% de las de las “instalaciones de seguridad a largo plazo” señaló que encerraban a los jóvenes en régimen de aislamiento durante al menos cuatro horas para “recuperar el control tras un comportamiento rebelde”, según el censo juvenil de instituciones penitenciarias de Estados Unidos. Ese mismo año, el 21% de las instituciones penitenciarias para jóvenes dijo encerrar a los jóvenes en sus celdas cuando consideraban que corrían el riesgo de suicidarse. La Asociación Estadounidense de Correccionales, una organización sin ánimo de lucro que expide acreditaciones a las instalaciones penitenciarias, publicó unas directrices en 2018 que incluyen la prohibición del aislamiento durante más de 30 días a menores y a personas con enfermedades mentales graves “a no ser que exista un riesgo inmediato”, pero no está claro si esas directrices han surtido algún efecto.

Aunque por lo general existen límites en cuanto al tiempo que pueden pasar aislados los menores en los correccionales, si son condenados como adultos también están sujetos a las normativas de las prisiones para mayores de edad.

Las prisiones aíslan a los convictos para castigarlos por problemas de comportamiento, para evitar que se hagan daño ellos mismos o para evitar que otras personas les hagan daño. Sin embargo, incluso cuando el aislamiento se lleva a cabo por el bien de esa persona, los expertos advierten que pasar 23 horas sin compañía en una celda de hormigón más pequeña que una plaza de aparcamiento pasa factura.

En Perryville, a las mujeres que pasan al módulo de vigilancia intensiva les quitan la ropa, les dan una bata corta y las dejan en una celda desierta en la que los funcionarios de prisiones las vigilan constantemente o realizan chequeos cada 10 o 30 minutos, según las entrevistas realizadas a presidiarias y expresidiarias y a un extrabajador de la salud mental de Perryville.

“Están solas con sus propios pensamientos, algunos de ellos negativos, deprimentes. Hay pocas cosas que puedan aliviarlas. Se empiezan a deprimir. Quien ya esté deprimida se deprime más que cuando entró”, denuncia Haney.

El aislamiento fue una constante desde la infancia de Abdullah.

Cuando tenía 9 años, sus tres hermanos y su madre Suhad huyeron de Irak y se mudaron a Tucson (Estados Unidos). En ese momento, Abdullah ya cargaba con importantes traumas. En un texto que escribió en la cárcel, dijo que había tenido que “esconderse” durante la guerra porque “de lo contrario habría muerto”. Cuando cumplió 6 años, su padre fue decapitado. Abdullah dijo que fue por un atraco, pero unos amigos de la familia sugieren que fue porque estaba ayudando a los estadounidenses en la guerra.

Me odiaba a mí misma. No tenía amigos y no entendía por qué
 

En Tucson, Abdullah sufrió acoso escolar porque venía de Irak y no hablaba inglés. Su madre trabajaba muchas horas para mantener a sus hijos, pero su ausencia le hacía sentir que no tenía nadie en quien refugiarse.

“Me odiaba a mí misma”, escribió Abdullah. “No tenía amigos y no entendía por qué”.

En secundaria, decidió que era mejor acosar que ser acosada. Empezó a pelearse, a consumir drogas, a escaparse de casa y, según sus amigos, se unió a una banda peligrosa. La faceta de chica mala era una fachada para ocultar su soledad y su sufrimiento. “Siempre estaba escapando y peleando, atracando, acosando, robando, tomando drogas, practicando sexo y yendo a la cárcel para olvidarme del sufrimiento. Cargo con mucho sufrimiento y nadie puede verlo”, escribió Abdullah. Todo esto abrió una brecha en su relación con su madre, ya que no cumplía con lo que se esperaba de una buena joven musulmana.

Los servicios de protección de menores se hicieron con la custodia de Abdullah porque consideraron que su madre no era capaz de hacerse cargo de ella, recuerda Corene Kendrick, abogada de Prison Law Office, una organización pública sin ánimo de lucro de California. El estado pasó a tener la custodia de Abdullah y esta empezó a vivir en hogares comunales.

“La vida de Mariam, tal y como me la describió su madre, era un caso clásico de cómo el sistema les falla a los niños que tienen problemas de salud mental o traumas graves”, comenta Kendrick, que conoció a Abdullah en mayo de 2016 cuando estaba en la unidad de aislamiento para menores de Perryville.

El 6 de mayo de 2013, el estado envió a Abdullah a Adobe Mountain School, un reformatorio, por infringir la libertad condicional escapándose de su hogar comunal, tomando drogas y faltando a clase. Apenas llevaba 18 días ahí cuando la enviaron a la unidad de aislamiento. La primera vez solo la encerraron durante una hora y media (es necesario que una audiencia apruebe aislamientos de más de 24 horas para menores), pero a lo largo del año siguiente, aislaron a Abdullah 83 veces porque consideraban que era un peligro para ella misma o para los demás. Según los informes de Adobe Mountain, el aislamiento más largo duró 22 horas y 32 minutos.

Había pasado una época entrando y saliendo de Adobe Mountain y de una casa comunal cuando escapó y cometió el delito: atrajo a un hombre a un lugar donde su novio le atracó a punta de pistola, motivo por el que la encerraron en Estrella Jail y la juzgaron como a una adulta.

Al igual que Burlew, Reina Hernandez conoció a Abdullah a través de un conducto de ventilación.

Hernández, que tiene 22 años ahora, era una reclusa común en Estrella Jail. Abdullah llamaba la atención a Hernandez y a las otras reclusas cuando se duchaba durante la hora libre que tenía fuera de su celda. En ocasiones, sacaban a Abdullah del régimen de aislamiento y la trasladaban al sector de presos comunes. Veían juntas la tele, aunque solo había tres canales: deportes, el tiempo y cocina.

Fabricaban su propio maquillaje mezclando limaduras de pinturas con gel y champú. Abdullah les trenzaba el pelo y les arreglaba las cejas. Cuando Hernandez se afeitó las cejas, pensando que así crecerían más fuertes, Abdullah hizo lo mismo por hacer gracia.

“Siempre estaba haciéndonos reír”, recuerda Hernandez.

Abdullah era una maraña de contradicciones. Era divertida, pero estaba enfadada. Era pequeña y dulce, tanto en las líneas de su cara como en su disposición natural, pero su comportamiento la hacía parecer amenazante. Tenía el nombre de su novio — “Rey” — tatuado en letras grandes en el lado izquierdo del cuello y solía ser agresiva con gente a la que no conocía. Pero con sus amigos, era leal. 

“Si eras amiga suya, te daba hasta su último dólar”, cuenta en un mensaje de Facebook Jasmine Flores, que también estaba en la cárcel de Estrella con Abdullah. “Y, si no eras su amiga, quizás te lo quitaba”. (La oficina del sheriff del Condado de Maricopa, que gestiona la prisión, no quiso confirmar que Burlew, Hernandez y Flores estuvieran allí al mismo tiempo que Abdullah, y tampoco respondió a otras cuestiones relacionadas con Abdullah.) 

Abdullah contó a Hernandez y a Flores que pensaba sacarse el título de educación secundaria. “Sentía que era una mala hija, que había hecho sufrir mucho a su madre”, explica Hernandez. “Quería hacerla feliz”.

Pero había días en que Abdullah no parecía preocuparse mucho por su futuro ni por el hecho de que estaría varios años encarcelada.

“Yo sabía que estaba triste por unas cuantas cosas, pero ella siempre era optimista”, afirma Hernandez. “Simplemente, se olvidaba de ello, ¿sabes? Pero quizás lo iba acumulando por dentro”.

El historial médico de Abdullah en la cárcel indica que había sido diagnosticada de trastorno emocional, trastorno bipolar y personalidad narcisista, y que había intentado suicidarse 15 veces, según los documentos del tribunal.

La cárcel clasificó a Abdullah como “SMI”, con una ‘enfermedad mental grave’, por sus siglas en inglés. Debería haber visto a un profesional de la salud mental cada 30 días, y haber recibido un tratamiento adicional debido a su edad y a sus enfermedades mentales, según el acuerdo resolutorio de 2015 en el caso Parsons v. Ryan, una demanda judicial colectiva en la que la Unión Estadounidense por las Libertades Civiles y la Oficina de Estado de Derecho de Prisiones argumentaron que el Departamento Penitenciario de Arizona estaba dando un tratamiento médico y mental inadecuado y mantenía condiciones inhumanas en las unidades de aislamiento.

No obstante, los registros muestran que Abdullah nunca acudió a consultas personales con los médicos, según la declaración jurada de Kendrick, que tuvo acceso al historial médico de Abdullah como abogado que monitorizaba el cumplimiento de las estipulaciones de Parsons. (Pese a la resolución de aquella normativa, el caso Parsons v. Ryan sigue abierto: en junio de 2018, un juez emitió una orden de desacato contra el Departamento Penitenciario por no cumplir una serie de medidas acordadas).

La mayoría de las consultas de Abdullah con profesionales de la salud mental fueron breves, simplemente para decidir si la podían sacar de las celdas de vigilancia para la prevención de suicidios. Cuando estuvo en régimen de aislamiento siendo menor de edad, Abdullah ni siquiera tuvo acceso a una escolarización propiamente dicha, que se suponía que debía tener lugar fuera de su celda y con las demás chicas. 

“Nos contó que sus clases consistían en una visita del profesor a su celda durante varios minutos en los que le hablaba y le daba pequeños libros de ejercicios para que ella los hiciera sola”, cuenta Kendrick. 

 
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Otro extracto de una de las cartas de Mariam Abdullah.

“Me pusieron un parte. Me metí en problemas. Me castigaron 30 días sin tele, radio ni nada. El silencio me está volviendo loca”.

En mayo de 2016, Kendrick encontró a Abdullah sola en una celda, donde dijo que había permanecido durante dos meses. Abdullah había pedido hablar con un profesional de la salud mental, pero solo le hicieron revisiones a través de las rejas, indicó que había tenido alucinaciones en las que veía animales de la selva en las paredes de la celda.

“Dijo que no la asustaban porque le hacían compañía”, explica Kendrick. “Hay algo profundamente triste en esta joven. No estaba molesta o agitada, lo cual resulta más profundamente conmovedor. Estaba tan tranquila al describir las condiciones en las que le obligaban a vivir que me resultaba inadmisible”.

Dos días antes del 18 cumpleaños de Abdullah, Kendrick escribió una carta al asistente del fiscal general de Arizona pidiendo que la sacaran inmediatamente del aislamiento y que fuera evaluada por personal clínico para saber si podía ser trasladada a una unidad que le tratara sus problemas de salud mental.

En cambio, días después de que Abdullah cumpliera 18, la trasladaron a Lumley.

Wendy Anderson tiene 46 años y ya ha cumplido cuatro de cadena perpetua en Perryville. Mientras espera sentada en un banco al aire libre en la zona de visitas, saca cigarrillos liados a mano de una bolsa de plástico transparente y se los fuma, uno tras otro, en un ciclo sin fin. No deja de agitar su pierna izquierda con nerviosismo mientras fuma.

Lleva tatuado en el brazo izquierdo no justice, no peace (si no hay justicia no hay paz). En el brazo derecho, unos pocos centímetros por debajo de la parte interna del codo, lleva el nombre de Abdullah.

Tenía una cara muy joven, como de niña. Era menor y la habían lanzado a los lobos
 

Una de las estipulaciones del acuerdo resolutorio en el caso Parsons v. Ryan es que a las mujeres con enfermedades mentales graves debían ofrecerles actividades durante el tiempo que pasaran fuera de su celda. Una de esas actividades era la clase de arte, y fue ahí, encadenada a una mesa y coloreando dibujos de Disney con lápices de colores, donde conoció a Abdullah.

A Anderson le chocó que una mujer tan joven estuviera condenada en Lumley, donde también encarcelaban a personas condenadas a muerte y a cadena perpetua.

“Tenía una cara muy joven, como de niña. Era menor y la habían lanzado a los lobos”.

Anderson se consideraba a sí misma la “madre” de Abdullah en prisión.

Hizo todo lo que pudo para proteger a Abdullah de las mujeres que la acosaban llamándola ISIS y Bin Laden, que le escupían y que amenazaban con agredirla.

Abdullah solicitó el traslado a otra unidad, según señalan algunas de las reclusas. No dejaba de autolesionarse y estaban siempre llevándosela a las celdas de vigilancia intensiva para prevenir suicidios. En una ocasión, cuando Abdullah tenía 17 años, el personal de la prisión grabó un vídeo en el que permanece de pie frente a unas literas, en silencio y desafiante mientras dos mujeres tratan de convencerla para que las acompañe voluntariamente a las celdas de vigilancia intensiva. Ella se niega y varios funcionarios de prisiones la rodean mientras ella retrocede hasta la esquina donde la litera coincide con la pared.

“No vas a pelear porque no vas a ganar”, le dice un funcionario.

Pero Abdullah sí que pelea y reparte golpes aunque cada funcionario le esté inmovilizando un miembro, y se la llevan a una celda donde le ponen grilletes, la inmovilizan y le quitan la ropa con tijeras.

Aunque aislar a alguien para que no se autolesione es una solución adecuada si el peligro es inminente, el hecho de que te lleven por la fuerza crea aún más trauma. Es, en esencia, una agresión, asegura Haney, experta en el régimen de aislamiento. Si no se ofrece tratamiento para lo que sea que esté causando esos pensamientos suicidas, el aislamiento empeora la espiral.

“Para empezar, ya están sufriendo, así que si las apartan del resto por la fuerza o las meten en una unidad de aislamiento, aún sufrirán más”, sostiene Haney. 

El problema, en parte, es la falta de recursos: no hay suficiente personal para tratar la salud mental de los presos. Angela Fischer fue psicóloga en Corizon, el mayor proveedor privado de servicios de salud para correccionales de Estados Unidos y que estuvo de marzo de 2013 a julio de 2019 prestando sus servicios en Arizona. Fischer testificó en el caso Parsons v. Ryan que había 80 presos asignados a cada trabajador de la salud mental y que ella a menudo tenía que echar una mano.

Además, los funcionarios encargados de las celdas de vigilancia intensiva no siempre comprobaban el estado de los prisioneros tan a menudo como debían. El Departamento Penitenciario despidió a 13 empleados en 2016 después de que una investigación descubriera que habían falsificado los registros y que en realidad no habían pasado revista cada 30 minutos a los presos con enfermedades mentales.

El 29 de junio de 2016, según los registros del Departamento Penitenciario, Abdullah le dijo a un funcionario que quería suicidarse. La ataron, la llevaron al médico y la sometieron a vigilancia intensiva durante una semana.

La volvieron a someter a vigilancia intensiva el 10 de julio de 2016, un poco más de una semana antes de su muerte, tras detectarle un funcionario un mordisco en la muñeca. Hay un vídeo que en el que se ve que cuando un enfermero llamó al doctor Webster, el psicólogo de servicio, Abdullah permanece encorvada en una silla con los ojos cerrados y con mal aspecto. El enfermero les retransmite a los funcionarios las instrucciones del doctor Webster: deben poner a Abdullah en vigilancia continua, con un funcionario vigilándola en la celda las 24 horas. Sin embargo, cuando los dos funcionarios varones la agarran de los brazos, ella se resiste.

“No me pienso levantar”, advierte.

Aunque está quieta en su silla, uno de los funcionarios no deja de decirle que se calme. Le dice que se ponga de pie, y cuando se niega, entre tres funcionarios la tiran al suelo y su nariz impacta de lleno contra el suelo de hormigón. Le empieza a sangrar la nariz, la inmovilizan, la atan a una camilla, le ponen una máscara oscura y la transportan a la celda de vigilancia intensiva, donde estuvo hasta el 15 de julio.

Más allá de poner a nuestra disposición los vídeos y los archivos sobre el tiempo que pasó Abdullah en prisión, los funcionarios del Departamento Penitenciario no han querido hacer declaraciones. En sus archivos, dicen del incidente del 10 de julio que varios funcionarios “intervinieron” y que la “colocaron” en el suelo haciendo “el menor uso posible de la fuerza”.

La madre de Abdullah no ha querido hablar públicamente de la muerte de su hija, pero sí habló con Kendrick tras el suicidio de la joven.

La asesinaron porque la acosaban, no la protegían y no contaba con un buen servicio de salud mental
 

“No dejaba de decir: ’Creo que la han asesinado, creo que la han asesinado”, recuerda Kendrick. “Pero cuanto más hablaba con ella, más convencida estaba de que lo decía en sentido metafórico. La asesinaron porque la acosaban, no la protegían y no contaba con un buen servicio de salud mental”.

Una de las últimas veces que Hernandez vio a Abdullah fue la víspera del 18 cumpleaños de Hernandez, antes de que la trasladaran a medianoche a la sección de adultos de Estrella Jail. Las compañeras le desearon un feliz cumpleaños, le dijeron que la querían y que la echarían de menos.

“Mariam me dio un abrazo muy fuerte. Me dijo: ’Nos veremos”, recuerda Hernandez.

Abdullah dijo que cuando la liberaran, llevaría a Hernandez a visitar a su madre, en Tucson. Se siguieron escribiendo cartas después de que pusieran a Hernandez en libertad.

Hernandez guarda las cartas de Abdullah en una caja de zapatos dentro de su armario. En la mayoría de ellas, Abdullah suena optimista. Algunas cartas tienen ilustraciones: figuras esquemáticas que representan a Abdullah y a Hernandez con mariposas y corazones y con inscripciones como “Mariam + Reyna = siempre juntas”. Sin embargo, en una de las cartas habla de lo duro que es estar aislada.

“Era el aislamiento”, cuenta Hernandez al especular sobre qué llevó a Abdullah a quitarse la vida. “Fue mucha soledad durante mucho tiempo y quizás influyó la falta de comunicación con nosotras, con sus amigos y con su familia. Tal vez fueron los medicamentos”.

Aunque ya había percibido ciertos momentos de tristeza en Abdullah, Hernandez todavía no ha logra aceptar su suicidio, sobre todo porque le faltaban 6 meses para quedar en libertad.

“Era fuerte. Era la clase de chica que iba a superar todo lo que le pusieran por delante”, resume Hernandez perdiendo poco a poco el control de la voz. “No lo entiendo, no lo entiendo...”.

Este reportaje ha sido escrito por Lisa Armstrong en colaboración con Type Investigations.

Ilustraciones realizadas por Isabella Carapella.

Este artículo fue publicado originalmente en el ‘HuffPost’ Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco y Marina Velasco Serrano.