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18/06/2019 21:57 CEST | Actualizado 18/06/2019 21:57 CEST

Cómo la televisión construyó el caso Alcàsser

El tema Alcàsser me perseguirá siempre. No estoy orgullosa de lo que hice durante aquel tiempo televisivo.

En los cinco capítulos de la serie documental El caso de Alcàsserese potentísimo relato audiovisual estrenado en Netflix, hay una escena que lo cuenta todo. Yo la viví en directo, durante el juicio contra Miguel Ricart, como ya conté aquí en el aniversario de los crímenes. Recuerdo la expresión del testigo, la del fiscal, el murmullo de asombro que se levantó:

Enrique Beltrán, el fiscal del caso (para entonces hartísimo de la intromisión mediática que lo emponzoñaba todo) interroga a Enrique Anglés, hermano de uno de los acusados, Antonio Anglés, en paradero desconocido. La noche anterior a su comparecencia en el juicio había estado con Pepe Navarro. No recuerdo si esa tarde también había acudido al Jui de Alcàsser, el programa en el que yo trabajaba, y al que solía venir. El espacio se emitía cada tarde en Canal 9 para contar de manera pormenorizada lo que sucedía por la mañana en el juicio:

—Jura usted…

—Jurar… es que yo no creo en Dios—replicó Anglés. 

—¿Promete entonces?

—…bueno, pues prometo.

—Dice usted que su hermano Antonio era violento…

—No, no era violento.

—Ayer lo dijo usted en un programa de televisión.

—Ya, pero es que eso era la tele y esto es un juicio.

—Igual es aquí donde lo tiene que decir y no en la televisión.

Enrique Anglés tenía un trastorno mental. Era un chaval a todas luces retrasado. Lo sabía Pepe Navarro cuando lo llevó a Esta noche cruzamos el Misispispi, lo sabía yo cuando le entrevisté tras su detención. Lo sabíamos en el programa de Canal 9 cuando le invitábamos a participar. Lo sabía cualquiera que cruzara con él cuatro palabras. Pero todos le dejamos hablar y le dimos salida a todo lo que dijo, por estúpido que pareciera. 

¿Ganaba dinero por sus intervenciones televisivas? Pues no siempre, la verdad. Eran tan poca cosa todos los de aquella familia, tan fáciles de engañar, tan perfectamente manipulables...

¿Nos planteamos alguna vez qué coño estábamos haciendo con él en particular y con todo en general? Nunca.

Podríamos parar aquí esta crónica porque está todo resumido en esa secuencia. Las cloacas de la tele, lo arrolladora que puede ser, lo fundamental que es usarla bien (los que la hacen y los que la vemos), lo que nos influye sin que lo notemos…

El tema Alcàsser me perseguirá siempre. No estoy orgullosa de lo que hice durante aquel tiempo televisivo: he escrito y hablado sobre el tema para expiar la culpa. Ayer por la tarde vi de un tirón este intenso trabajo de Ramón Campos, Elías Leon y el equipo de Bambú. Cuando Campos me llamó para participar en la serie acepté porque sabía que haría buena televisión con aquel material. No creía que pudiera contar nada nuevo, la verdad, pero sabía que construiría un buen True Crime. Aquí, las cuatro certezas/preguntas que tuve ayer, tras volverme a meter en aquel barro, en aquella mierda televisiva:

¿Volvimos loco a Fernando García?

“Yo me siento muy halagado por la repercusión que está teniendo el caso”, dice Fernando García, el padre de Miriam, en una de las intervenciones televisivas durante la desaparición de las niñas. La frase es el infierno. ¿Halagado? Dios mío…

¿Se habría convertido Fernando en lo que se convirtió de no haber sido por Nieves Herrero y el morrocotudo aparataje televisivo? ¿Se habría desquiciado tanto? ¿Habría acabado manipulando pruebas y creando pistas si Pepe Navarro no le hubiera dado voz cada noche en Tele 5? ¿Habría tenido esos baños de masas? ¿Se habría sentido lo suficientemente poderoso como para ir a Londres a buscar apoyo mediático? Sin la tele, ¿habría podido tener un vida un poco más sosegada dentro del dolor? ¿Su mujer podría haber vivido más tiempo?

Son preguntas retóricas, claro. A Fernando García lo construyó la tele. Lo enloqueció la tele. La tele lo usó, abusó de él, lo estampó contra la pared, le hizo creer que SÍ, cuando era que NO. Y lo digo yo, desde aquí, porque en mayor o menor medida fui una de ellas.

¿Contribuyó la tele a algo bueno?

No sé cuántas horas televisivas se dedicaron aquellos años a esta historia. Cuántos periodistas, realizadores, fotógrafos, cámaras... No sé cuánto dinero se destinó. La noche de autos, Paco Lobatón presentó desde Alcàsser ¿Quién sabe dónde?, en TVE, y tuvo 8.692.000 de espectadores. Antena 3, con aquel espacio infernal en directo, De tú a tú, congregó a más de seis millones. Fue la segunda opción. Además eso, la segunda opción. Los directivos, encima, descontentos.

¿Hay que darle voz a los espectadores en un caso así? Por supuesto que NO.

Repasos pormenorizados de las autopsias, omnipresencia de periodistas en el pueblo, aquellos días y años después, cuando empezó el juicio. ¿Contribuyó todo aquello de alguna manera a algo bueno, a resolver el crimen, a que las niñas aparecieran antes, a averiguar datos nuevos, a localizar a Antonio Anglés, a calmar el dolor? Rotundamente NO.

¿Tendríamos caso Alcàsser si no hubiera sido por la televisión?

En uno de los capítulos de la serie, José Miguel Hernando, capitán de la UCO cuando tuvo lugar el crimen, dice:

“Los protocolos de desaparecidos policiales están muy claros y han estado siempre. Son mejorables, pero no se pueden sustituir por un programa de televisión”.

Deja claro después que aquella cantidad de horas dedicadas al asunto, aquellos desquicios “no beneficiaron en absoluto a la investigación”. Lo cuenta después de ver en pantalla a Paco Lobatón dando paso a varios espectadores que aseguraban haber visto a las niñas en Vigo, en Granada, en Madrid.

Nieves Herrero, con los padres de Miriam en plató, da paso también a un espectador que asegura que las había visto esa misma mañana desayunando en un bar de su ciudad. Vemos la cara en primer plano de los padres, Fernando y Matilde.

El tema Alcàsser me perseguirá siempre. No estoy orgullosa de lo que hice durante aquel tiempo televisivo.

¿Hay que darle voz a los espectadores en un caso así? Por supuesto que NO. Si hay una prueba fiable, vaya usted a la Policía. No llame a la tele. Y por favor, si llama, que nadie le dé paso. Falsas esperanzas. Dice Paco Lobatón en el documental:

“No tratábamos de jugar a policías expertos en este tipo de situaciones. Para todos era especialmente nuevo y era especialmente delicado, de modo que lo que hacíamos era pasar sistemáticamente las informaciones a la Guardia Civil”.

¿Fue Nieves Herrero la única que perdió los papeles?

Tal y como queda claro en el relato de Bambú, no. He vuelto a ver momentos espeluznantes de Pepe Navarro en Esta noche cruzamos el Missisipi:

Siete millones y medio de personas siguieron el programa una de esas noches cuando Fernando y Juan Ignacio dieron nombres concretos de altos cargos supuestamente implicados en la trama.  

Dos semanas después del especial televisivo de Nieves Herrero, Paco Lobatón volvió a reunir en el mismo escenario a buena parte de los vecinos, policías y, ojo, el propio presidente de la Generalitat Valenciana en aquel momento, Joan Lerma. El programa tuvo un 37,9% de audiencia.

Manuel Campo Vidal, director del informativo Antena 3 Noticias, llamó aquel día de 1993 a la madre de Miriam inmediatamente después de la noticia del hallazgo de los cadáveres, en directo.

Introdujo la llamada con esta frase:

“Nuestra obligación es llamar”.

Luego le preguntó si estaba sola. En el informativo.

Epílogo

En la entrevista para la serie rememoré algunas cosas que había olvidado, o eso creía. Por ejemplo, aquel día en casa de Desirée, donde acudimos el cámara y yo a hacer un reportaje para el programa El Jui d’alcasser. Rosa Folch, la madre, todavía nos abría la puerta a los periodistas. Tras un rato de charla y con toda la congoja del mundo, nos pasó a la habitación de la niña, tal y como la había dejado cinco años atrás. Se sentó en la cama, cogió un peluche y empezó a llorar. Lo único que pensé en aquel momento fue, “por favor, por favor, que esté grabando”.

Eso fue lo que hicimos, básicamente. Grabar el dolor y emitirlo.  

 

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