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28/06/2020 11:12 CEST | Actualizado 28/06/2020 11:12 CEST

'Delicuescente Eva', abandonar el paraíso para recuperarlo

Una construcción que es poco menos que accidental. Como accidental es de quién se nace y dónde. Como ese accidente de tráfico con el que empieza la obra.

El HuffPost
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Hay obras que se le quedan a uno pegadas. Se le colocan al lado y le acompañan durante mucho tiempo, o se le cuelan dentro donde las guarda y atesora. Delicuescente Eva de Javier Lara, estrenada en el Teatro de la Abadía poco antes de que se declarará el estado de alarma, es una de ellas. Lo es por su texto, un bello texto que juega con la complejidad de la poesía y la repetición contemporánea. Por una acertadísima dirección de escena de Carlota Gaviño. Por su elenco que incluye al propio Javier, a María Morales y a Natalia Huarte. Y por una bella escenografía convertida en el campo de juegos que necesita todo lo anterior. Motivos más que suficientes para que se agoten las entradas para verla hoy domingo en streaming y en directo (s no se es uno de los pocos y afortunados espectadores que estarán en la sala).

Sin embargo, toda buena obra, como esta, tiene algo más. Ese valor añadido que produce el conjunto, el equipo, que coloca el texto en otro lugar, en otra dimensión. ¿Qué es ese algo más de esta obra? Es algo difícil de atrapar y de contar porque, fiel a su contemporaneidad y a las anteriores obras de Javier Lara y de la directora de la obra, la propuesta es una experiencia. En el sentido, de lo que la audiencia puede sentir viéndola, sentado en la butaca, o ante el televisor o el ordenador. Esa sinestesia que provocan todos los elementos citados cuando se combinan en vivo y en directo con una secuencia y progresión determinadas.

En este caso para contar la historia de un chico y una chica que se hacen hombre y mujer, crecen, en un mundo en transición. Como fue la España de los 70 y 80. Una historia familiar recordada, y a la vez presente, porque no está pasada. Una infancia y una adolescencia, con su educación tradicional y sentimental, que son los frágiles cimientos en los que cada cual se construye. 

Una construcción que es poco menos que accidental. Como accidental es de quién se nace y dónde. Como ese accidente de tráfico con el que empieza la obra. Ese atropello que arrolla sin sentido alguno y, al que buscarle sentido es un sinsentido. La vida, como el teatro, sucede. Sucede con unos padres que educan, enseñan y aman desde su máxima incompetencia. Teñida por sus temores, sus debilidades, su educación y su incomprensión del mundo y los hijos que trajeron al mismo. 

Frente a ellos esos hijos que, desde hoy, de lo que han vivido y de algunas de las ideas que circulan, se cuestionan esa infancia y esa adolescencia que les dieron sus progenitores. Sus cimientos. Que es como cuestionarse lo que son ahora, a sí mismos. La relación que tienen con ellos y con los otros. Encontrándose con la dificultad para saber qué les es propio, como individuos, y qué ajeno. Qué les es natural y qué artificial o artificioso. Si es que existe ese límite entre una cosa y otra.

Sin embargo, lo anterior es simplemente discurso. Un intento crítico de dar una guía para interpretar la obra. Interpretación que, incluso, podría llegar a estar equivocada. Lo interesante de esta propuesta y lo difícil de contar es que se trata teatro, buen teatro. ¿Cómo trasladar la fuerte impresión que se produce al entrar en la sala y encontrarse esos árboles que por la palabra bien dicha y hecha carne se convertirán en un bosque? ¿Cómo contar la vulnerabilidad con la de la que están hechos los personajes? Tan reconocible, tan humana. ¿Cómo contar que un texto tan complejo llegue al patio de butacas convertido en una intuición, una certeza y en una poesía llena de verdad para cualquier espíritu sensible o no?

Eso sucede en esta producción. Una producción llena de detalles y, a veces, de decisiones radicales. Como el paso del microfonado a la voz sin microfonar, sin más y sin avisar, colocando al oído y al cerebro en otra forma de escuchar, de entender, cuando pensaba que ya estaba, que le había cogido el truco a la obra. Evitando que el oído y el espectador se adocenen. Como ese escenario recrea el espíritu de las ilustraciones de los pictures books de Maurcie Sendak para hablar de dos hermanos andaluces que tuvieron una infancia entre Barcelona y Córdoba. Un escenario al que la iluminación convierte en un mundo lleno de posibilidades para el juego que proponen a sus espectadores.

En definitiva, todo es belleza en este espectáculo lleno de poesía y, también, de música y de melancolía. En el que la Eva, la Eva del título, con su afán por saber y conocer, de absorberlo todo como los objetos delicuescentes absorben agua, saque a su hermano Javier, y con él a los espectadores, del paraíso. Un paraíso ficticio y ensimismado, en el que no es bueno quedarse ni, tampoco, resistirse a salir. Eva, Eva niña, con sus botas amarillas metiéndose en los charcos que llama a vivir, a la vida.

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