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22/01/2020 06:02 CET | Actualizado 22/01/2020 19:58 CET

'Elektra' o la venganza como leitmotiv

Esta historia de venganza llega en un momento socialmente clave...

Miguel Lorenzo, Mikel Ponce y Les Arts.
Un momento de 'Elektra'. 

La cita operística de este mes de enero no es ni en el Teatro Real de Madrid ni en el Teatre del Liceu de Barcelona. Es en el Palau de les Arts de Valencia hasta el 30 de este mes. El motivo es que se estrenaba en España un montaje de la ópera Elektra de Richard Strauss con texto de Hugo von Hofmannsthal. Producción dirigida en lo musical por Marc Albrecht y en lo escénico por Robert Carsen. Además de tener una de las cantantes del momento, Irene Theorin, acompañada por un gran elenco.

Así que la afición operística valenciana, incluso, al ser sábado, la de fuera de la ciudad, respondió y llenó el teatro. Igual que un montón de profesionales de la ópera como la Directora General de la moderna y trendyDutch National Opera & Ballet o el director del Festival Internacional de Música y Danza de Granada. Ni siquiera se lo quisieron perder las autoridades. Hasta Ximo Puig, el presidente de la Comunitat Valenciana, estuvo allí y en la recepción posterior, celebrando a los artistas y al equipo.

¿A qué se debe esta expectación? A que el repertorio alemán no ha sido muy frecuente en este teatro en los últimos años, a pesar de que se piensa que es el repertorio adecuado para su orquesta. A que es una obra muy importante que tampoco es que se programe con asiduidad en los teatros de ópera, al menos en los españoles. A que era la primera vez que Robert Carsen, su director de escena, trabajaba en este teatro. Y, por supuesto, a los cantantes seleccionados para cantarla. Algo esperable, pues a Jesús Iglesias, el nuevo director artístico del teatro, se le reconoce en el mundo de la ópera un buen ojo para seleccionar las voces adecuadas para cada papel.

¿Se confirmó la expectación? De sobra. La orquesta parecía disfrutar de lo lindo tocando y mostrando toda su potencia. En ese estilo que se ha impuesto de que cuanto más fuerte y alto mejor, por lo que a veces la música se perdía en el sonido que producían los instrumentos, de forma más habitual en la percusión y en el viento.

Miguel Lorenzo, Mikel Ponce y Les Arts.

Las cantantes, ya que se trata de un elenco fundamentalmente femenino, también tuvieron que lidiar con la extraña acústica de la sala. Una sala recubierta de un bonito azulejo y de pisos y palcos volados que hacen que la voz se cuele y ascienda por detrás de los mismos para luego descender sobre la platea. Una acústica que parecía enharinar la voz de los cantantes en algunos momentos. Más la de Doris Soffel cuando la llevaban en andas sobre un lecho blanco.

¿Y la puesta en escena? Menos austera de lo que parece en principio y muy exigente con los cantantes. En este montaje, con un espacio y un vestuario nada espectaculares, son ellos, con su presencia en escena y su interpretación, los que permiten a Carsen contar esta historia. La de una hija obsesionada con el asesinato de su padre, Agamenón, a manos de su madre y el nuevo marido de esta. Una hija incapaz de gestionar su dolor, para el que necesita una compañía y una comprensión, que no encuentra a su alrededor. Ni en su madre, ni en su hermana. Una hija que dolida, como víctima, reclama venganza antes que justicia, porque cree que la venganza es justa..

Esta historia de venganza llega en un momento socialmente clave...

Elektra se multiplica en el escenario en muchas otras elektras cuando está sola. Una bonita metáfora de la soledad como ensimismamiento y multiplicadora del sufrimiento. Multiplicidad que desaparece cuando está cantando con, es decir, hablando con, otros personajes de la historia. Excepto en la escena con su madre. Una madre cuyo lecho nupcial, blanco en un escenario en el que predomina un terroso negro o marrón oscuro, es llevado en andas por esas otras elektras.

Una Elektra cuya obsesión, su leitmotiv musical, la entierra en vida, como enterrado está su padre muerto, para ella un mártir. Obsesión que también entierra a todo lo que le interesa y ama en esa fosa común que está abierta en mitad del escenario.

Llega, pues, esta historia de venganza, en un momento socialmente clave. Un momento en el que muchas certezas, como lo son los padres, están siendo aniquiladas por la realidad, al menos como se las conocía. Y una gran parte de la población se está encastillando en la defensa del mundo que fue.

Miguel Lorenzo, Mikel Ponce y Les Arts.

Conscientes de la dificultad de ser en el mundo actual, reclaman, no solo la vuelta de aquellos tiempos, sino la venganza contra todo aquello que los ha cambiado. Empatizando mal con los que piensen distinto y diferente. Dolidos, tan dolidos como Elektra, buscan un ejecutor de su venganza. Un leñador que coja el hacha y corte de raíz ese mal que se ha instalado en el palacio de los soberanos. En la casa de todos, pues en las democracias todos somos soberanos.

En esta situación de conflicto difícilmente se puede mantener el lirismo y la poesía. Aunque parezca que el pasado lo tenga. De ahí la tensión musical que hay en el texto y en la partitura, donde hay interrupciones, más o menos abruptas, de la cuerda por la percusión o el viento. O así lo parece según están tocadas y cantadas en este montaje.

Una música y un libreto que también reclaman ese pasado lírico esplendoroso. El mismo que exige el oído educado en el bel canto, la grand opera y la obra de arte total. Aunque a medida que se le pone inteligencia creativa y perceptiva muestra su insuficiencia para contar lo que nos pasa y tiene, necesariamente, que buscar nuevas formas, nuevas maneras, nuevas músicas, renovando con ellas el ciclo de la vida. Al menos el ciclo de la vida que debería tener un teatro de ópera como este.

 

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