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10/06/2020 11:01 CEST | Actualizado 10/06/2020 11:03 CEST

Ir al cine en tiempos de coronavirus

Pienso sobre todo en lo que el coronavirus infligirá al cine y especialmente a tantas y tantas salas de cine que iban tirando a trancas y a barrancas.

Vladimir Vladimirov via Getty Images

Este artículo también está disponible en catalán.

 

Me entusiasma el cine. Es como un ventanal, un gran balcón al mundo. Posibilita ver aspectos que nunca verías directamente, que a veces no habrías ni podido imaginar; te cuenta historias y ficciones de todo tipo; está lleno de documentales que informan puntualmente de aspectos de lo más diverso, a menudo, conflictivos; en ocasiones, estrambóticos. Rezuma imágenes y argumentos. En fin, que es una maravilla.

Además, hasta que llegó el coronavirus, los cines se adornaban con un montón de entrelazados festivales insólitos e inéditos, tanto generales como específicos, que te llenaban de gozo y excitación. Entre los cuales, la Mostra Internacional de Films de Dones de Barcelona (este año celebra su 28ª edición). Justamente la Mostra, además de otros memorables descubrimientos, nos hizo conocer a la directora de cine belga Chantal Akerman (1950-2015). Tras ella el cine (manifestaciones muy distintas y variadas —incluso contradictorias— del cine) dejó de tener prisa. ¡Viva el cine!

En esta edición, la Mostra nos brinda, entre otras, una interesantísima retrospectiva del cine colombiano anticolononialista y anticapitalista de Marta Rodríguez y Jorge Silva. O una exquisita e imprescindible joya como Queen Lear (o Reina Lear) de Pelin Esmer (Turquía, 2019). Sólo para vislumbrar la muy mediterránea Turquía ya merecería verse; va mucho más allá: es una lección de teatro, de filosofía, de humanidad; es un canto a la vejez, a la geografía, a la sabiduría, a las mujeres. Nunca una infidelidad teatral fue más leal. Mágica. Hasta el día 14 en la Mostra y Filmin; a partir del 15 en Filmin.

Me encanta el cine, pero también y sobre todo me gusta ir al cine. El acto de voluntad que significa ir. Mirar y elegir qué película quieres ver. Sopesar, evaluar y decidirte por una. Comprar la entrada. Quitarte las zapatillas y ponerte los zapatos. Si es en invierno, vestirte y ponerte el anorak; si es en verano, vestirte y agarrar una rebequita para resistir el rigor del aire acondicionado (aunque desde la crisis modulaban un poco más los embates de frío); cerrar la puerta con llave y a la calle de un salto. Salir de casa. (Por eso en este tiempo de coronavirus aplanado y cines cerrados, preferí ir a casa de una amiga a ver el DOCS (el festival de documentales) o Queen Lear, que quedarme en casa; al menos salgo y además, precio por precio, pantalla un poco más grande.)

Entrar en una sala que al cabo de pocos segundos se oscurecerá totalmente; ver una pantalla gigante, aún en blanco, que se llenará de vida ante ti; repantigarte en la butaca (las pocas veces que me he dormido ha sido estupendo: se duerme fantásticamente bien en el cine, la oscuridad es perfecta y, además, te mece suave el ronroneo de los diálogos, de la banda sonora). Silencio absoluto y ni una palomita (solía ir a primera sesión, a la de las cuatro). ¡Viva el cine!

Ver una peli porque así lo has decidido, nada de flirtear y tontear saltando de una pantalla a otra en el ordenador o en una tele grande. En definitiva, ver una peli sin mascarilla ni guantes, sin la opción de abandonarla por otra. A pelo. De cabo a rabo. Sin marcha atrás. Asumir la responsabilidad. Te la has jugado, y tanto puede ser buena como mala, que de todo hay en los cines de la Señora. No importa, cuando vas mucho al cine ya sabes que verás un tanto por ciento de pelis malas; es imposible que todas sean buenas. Sólo son inadmisibles las putrefactas.

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(Un inciso para explicar qué entiendo por peli putrefacta. Un film que intenta venderte pescado pasado, si no podrido. Los lunes al sol, por ejemplo, quería que creyeras que era sobre el paro cuando sólo era, y muy específicamente, sobre el paro masculino. Después venían los detalles, tal vez me falle la memoria porque es un film del 2002, pero recuerdo unos parados sin la más mínima intención de cuidar de sí mismos ni asumir ninguna tarea doméstica —supongo que debía indignar a más de un parado—, dependientes de la taberna y de unas mujeres supeditadas y subordinadas a las que se negaba vida propia. Y los detalles en los detalles: un parado que despreciaba y consideraba indigno el trabajo de su mujer porque era mal pagado pero que no tenía ningún empacho ni reparo en vivir a su costa y zamparse indignamente las latas que su mujer traía de la conservera donde trabajaba; o presentar la gamberrada de romper en frío una farola como si fuera un acto de rebelión. En fin.)

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Apuestas sobre todo cuando vas a ver una peli a una sesión de un festival, porque habitualmente vas a ciegas: tres líneas o menos, a menudo mal pergeñadas, para hacerte una idea. De ahí que hayas aprendido a leer entre líneas y entre tráilers. A veces tu nariz de sabuesa no sirve de nada: te has montado la mar de expectativas y resulta que el film es una auténtica birria; a veces, habías acudido apenas convencida y sales pletórica, transportada. ¡Viva el cine!

Cuando empecé a escribir estas líneas pensaba sobre todo en las consecuencias que a corto, medio y largo plazo el coronavirus infligiría a mis relaciones con el cine; a mi manera de ir (o no) al cine. Ahora que las cierro, pienso sobre todo en lo que el coronavirus infligirá al cine y especialmente a tantas y tantas salas de cine que iban tirando a trancas y a barrancas. ¿Qué pasará con el Cinemes Girona, los Méliès, los Renoirs, los Verdis? ¡Viva el cine y los cines!