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26/01/2020 10:35 CET | Actualizado 26/01/2020 10:35 CET

'La gran ofensa', la comedia popular centrada y progre

Sí, todos los chistes que hay en escena tratan de ser ofensivos. Algo que avisan desde un principio para que nadie se llame a engaño.

La comedia teatral llena la cartelera madrileña, aunque es cierto que se habla poco o nada de ella en los medios masivos. Al menos desde el punto de vista crítico. Dentro de las recién llegadas se encuentra La gran ofensa. Una producción de El Terrat que acaba de aterrizar en el Teatro Lara tras la temporada que hizo en Barcelona y la brevísima temporada que hizo en el Teatro del Barrio en septiembre. Este último dato no es baladí. Indica que frente a la comedia habitual de vocación popular, que se suelen caracterizar por su centrismo y conservadurismo, esta, que tiene la misma vocación de ser popular, mantiene el centrismo pero el conservadurismo lo cambia por progresismo.

Lo cierto es que parte de una gran idea, usar la comedia para hablar o plantear cuáles son los límites de la misma, si es que los tiene. La obra la protagonizan dos amigos que comparten piso y se están buscando las castañas con eso de los monólogos humorísticos. Uno los escribe, mientras se mal gana la vida haciendo de asistente de dirección o dramaturgia de producciones vanguardistas y minoritarias. El otro, es un monologuista de tres al cuarto. Un chico guapete, majete, de barrio, cuya cultura y referentes son televisivos. 

Ambos solo piensan en triunfar haciendo monólogos cuando son invitados al programa Late Motiv de Buenafuente en Madrid. Y triunfan, vamos que si triunfan, con el monólogo destroyer y faltón que han pergeñado. El triunfo es contemporáneo. Es decir, en términos de tuits y de retuits. Tanto a favor como en contra. 

Entre los primeros se encuentran los de apoyo de Willy Toledo, ”Gonzo”y el mismísimo Buenafuente. Entre los segundos se encuentran las amenazas de tuiteros que dicen pertenecer a la legión y salvaguardar a España. Y, como ocurre con la política actual, alcanzan el sumun del triunfo. Es decir, son denunciados por una asociación de víctimas por sus chistes y la denuncia es admitida a trámite.

Y, sí, hay chistes para todos y acerca de todos y de todo. Desde los niños con cáncer a las víctimas del terrorismo. Sobre los discapacitados, las ancianas, los gays. Se hace humor con las terribles adicciones a las drogas. Sobre la política indepe, aunque se evita la nacional. Sobre la legión. Sobre los abogados y los magistrados. Sobre los famosos de la tele y su mala vida. Sobre Willy Toledo o Buenafuente. Sobre los inmigrantes. Sobre los pederastas y la pederastia. Sobre la gente ordinaria y sobre la gente extraordinaria. Sobre los hombres, las mujeres y viceversa. 

Sí, todos los chistes que hay en escena tratan de ser ofensivos. Algo que avisan desde un principio para que nadie se llame a engaño. Lo hacen sus dos autores cuando introducen la obra y, con sus palabras y cierta actitud chulesca, de pijos malotes, calientan motores. Preparan al personal.

Tal vez sea ese exceso de explicitud por el que llega un momento en que la obra cansa o hastía. Lo que no impide que el patio de butacas estalle de risas en muchos instantes de la función. Curiosamente con los chistes más blancos. Los menos hirientes. También puede que canse, por la simpleza de los argumentos, ya que son de tertulia televisiva. Y, por tanto, son más opinión que razón por lo que será difícil que quien lo vea se replantee su posición al respecto, más bien se la refuerze.

En cierto sentido, recuerda a las pelis de Jude Apatow y la nueva comedia norteamericana desbarrada y pasada de vueltas. Tan apreciada por revistas de cejas altas cinematográficas como Cuadernos de cine pero al que la respuesta en taquilla, al menos en España, no es ni alta aunque tampoco baja. Por cierto, que Apatow también viene del monologuismo.

Sí, todos los chistes que hay en escena tratan de ser ofensivos. Algo que avisan desde un principio para que nadie se llame a engaño.

Sin embargo, a pesar de ese espíritu destroyer en cuanto a lo que dicen y cómo lo dicen, lo que hacen es mucho más clásico. En términos de estructura es una obra con planteamiento, nudo y desenlace. En términos de escenografía es una obra sencilla, simple y realista, con el aspecto de no tener mucho presupuesto. Sus actores, se encuentra en el tradicional registro de la buena interpretación cómica de la escuela catalana.

No espere nadie, pues, vanguardia a pesar de que al final de la función se apele a la tendencia del teatro inmersivo del juicio a Hamlet de Bernat que se vio en los Teatros del Canal. Como se decía al principio, es un obra teatro con vocación de ser popular. Al menos entre el sector progre/moderno y/o joven y treintañero. 

De hecho, al principio apelan al público de La llamada, obra que se puede ver en el mismo teatro y del que ya hay una película. A ese espectador este montaje le ofrece risas para pasar el tiempo. Del tipo que se puede encontrar y triunfa en los programas de La sexta o de Cuatro o Comedy Central. Una obra de teatro a la que se le pone la coartada de estar tratando un tema serio y en serio como es cuáles son los límites que se deben poner al campo del humor.

 

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