'La Tempranica' y 'La vida breve', los hombres dan más 'cornás' que el hambre

El Teatro de la Zarzuela comienza la complicada temporada 2020-21 con dos obras cortas.
Escena de <i>La vida breve.&nbsp;</i>
Escena de La vida breve. 

El Teatro de la Zarzuela comienza la complicada temporada 2020-21 con dos obras cortas. La Tempranica de Gerónimo Jiménez y La vida breve de Manuel de Falla. Ambas historias de mujeres de clase social baja enamoradas hasta las trancas de hombres de clase social alta. Expectativas amorosas sin futuro y con muchas frustraciones y malajes, de tal manera que parece que los hombres dan más cornás que el hambre.

La Tempranica cuenta la historia de una gitanilla de Granada que se enamora de un conde al que conoce a la puerta de su casa donde se ha caído del caballo. Ella piensa que es de su clase porque le ve vestido de campo, ya que viene de una montería. Amor del que él, y sus amigotes, se enteran cuando se encuentran con el hermano de la primera que les cuenta que a su hermana le ha picado el bichito del amor. Momento en el que se escucha esa magnífica, divertida y algo sicalíptica tarantela de La tarántula que tanto Montserrat Caballé, Teresa Berganza y Victoria de los Ángeles llevaron por todo el mundo en sus conciertos y que hasta la Netrebko ha cantado.

La vida breve también es la historia trágica de un amor entre una pobre chica pueblo y un rico del lugar. También sucede en Granada. Un hombre sin tacha, que le ha dado su palabra de enamorao. Sin embargo, le ha escondido su compromiso con otra de su clase y condición con la que se va a casar. Lo que hace caer la deshonra y la desgracia sobre ella y sobre la familia. En este caso, el número estrella es La danza española y su ¡olé! Momento que, como sucede ahora en el Teatro de la Zarzuela, inflama los corazones del público de tal manera que acaba, casi siempre, en aplausos.

Nancy Fabiola Herrera en <i>La Tempranica.</i>
Nancy Fabiola Herrera en La Tempranica.

Programa doble que se ve en días alternos. Dos sesiones cortas para disfrutar de estas dos obras breves. Para la que se ha contado con un mismo equipo artístico, pero con dos elencos diferentes. Equipos capitaneados en lo musical por Miguel Ángel Gómez-Martínez al frente de la Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid y en lo escénico por Giancarlo del Mónaco. El primero con la orquesta salen, sobre todo en La tempranica, por la puerta grande. Lo que hace el segundo, sobre todo en La vida breve, es más discutible.

El problema seguramente esté en que no se confía en los libretos originales. Por eso en La Tempranica le han pedido una dramatización a Alberto Conejero que la resuelve con tres encuentros entre el maestro Giménez y Falla, en la que este último le dice cuanto le admira y le pide insistentemente que escuche sus composiciones. Rutinarios y repetitivos con los que ni actores tan buenos como Castejón e Hipólito saben muy bien qué hacer.

A lo que añade como personaje a Julián Romea, el libretista original, contando la obra a los espectadores, Diciendo ahora pasa esto y luego esto otro. De tal forma que al final la obra queda reducida a unos números musicales que del Mónaco trata como fantasías musicales que funcionan, y funcionan muy bien. Creando espacios y lugares donde lo que se canta y se cuenta puede suceder. Donde Nancy Fabiola Herrera, la excelente soprano que la protagoniza puede estar cantando para regocijo y placer del público.

Ainhoa Arteta en <i>La vida breve.</i>
Ainhoa Arteta en La vida breve.

Por eso sorprende lo que se ve en La vida breve. Mirando lo que hace Ainhoa Arteta en el papel de Salud no se comprende desde donde canta su personaje. Desde que dolor o qué parte de su cuerpo sale eso que canta. Como tampoco se oye en el resto lo que les pasa y se intuye o percibe en la música, haciéndolo todos bien técnicamente. Parece que del Mónaco piensa que es suficiente con montar cuadros o imágenes que enmarca con esas paredes móviles, encaladas de rojo, que resultan una metáfora demasiado evidente de la pasión ¿española? que arde entre las cuatro paredes.

Cuadros que, sin embargo, al público parecen gustarles. Aplaudiendo a rabiar en el número de la danza española. Y, por supuesto, a la diva, como luego harán los profesionales y aficionados en los saludos finales y en la calle cuando Ainhoa deje el teatro ya que la estaban esperando a la salida.

Un teatro en el que se encontraban la directora del INAEM Amaya de Miguel, el compositor Tomás Marcos, el actor Carlos Hipólito, el tenor Celso Albelo, el director del Teatro Real Joan Matabosch, Josi el compañero de la diva en MasterChef, bastantes críticos teatrales y algún que otro musical. Y Daniel Bianco, el director del Teatro de la Zarzuela, siempre en la puerta, recibiendo y despidiendo al público, conociendo sus reacciones, sus primeras impresiones.

Jes&uacute;s Castej&oacute;n y Carlos Hip&oacute;lito en <i>La Tempranica.</i>
Jesús Castejón y Carlos Hipólito en La Tempranica.

Toda una sociedad celebrando su acervo cultural. Tanto el de antes como el de ahora. Congratulándose de poder asistir al teatro. De habérselo pasado bien. De haber escuchado una canción como La tarántula en directo. De haber podido ver a su diva, pues Ainhoa Arteta lo es y tiene una legión de fans. Club que ha crecido desde que al más puro estilo norteamericano, algo que seguramente aprendió en los tiempos que cantaba en el MET de Nueva York, se ha convertido en una estrella de la televisión como jurado en el concurso de talentos Prodigios y como concursante de Masterchef Celebrity.

Otra cosa es dónde queda lo que se oye, se canta y se cuenta en estas dos obras breves. Cómo es el amor, los compromisos y sus renuncias. Las dificultades para que el amor se concrete en un contrato matrimonial cuando hay diferencias de clases o, simplemente, cuando no se corresponde. El amor como una enfermedad que transmite la tarántula, un bishito mú malo. Que produce sus picazones y sus obsesiones. Tanto, que las que aman y los que aman, eso no hay que dudarlo, se duelen tanto que se olvidan de hasta que tienen hambre.

Falta ver si estas dos obras musicales siguen siendo capaces de contar todo eso a una audiencia que se pasa el día viendo la pornografía sentimental de los culebrones turcos y, las sobremesas de los fines de semana, los telefilmes basado en los libros de Rosamunde Pilcher y Barbara Cartland. Una audiencia que a pesar de eso ha olvidado los libros y radionovelas de Corín Tellado, la versión española de esas dos autoras internacionales de novelas románticas.