No soy supersticioso… porque trae mala suerte

No soy supersticioso… porque trae mala suerte

Las supersticiones reman en contra del razonamiento intuitivo y tienen su germen en la disonancia cognitiva.

Number 13 close up
Number 13 close upKinga Krzeminska via Getty Images

Las supersticiones son creencias, que a pesar de que sabemos que son irracionales, no podemos evitarlas porque nuestro subconsciente nos “asegura” que alguna vez han funcionado.

En el año 2017 la compañía de viajes Rumbo realizó una encuesta en la que concluía que los españoles estamos entre los europeos más supersticiosos, aproximadamente un 60% de la población tiene algún tipo de superstición. Pero no somos los únicos, los franceses nunca utilizan el número 13 para numerar las viviendas de una calle, la lotería italiana omite dicho número en sus sorteos, los alemanes creen que encontrarse por la mañana con una araña les traerá buena suerte durante el resto del día…

Disonancia cognitiva

La disonancia cognitiva podría definirse como el malestar psicológico que surge cuando dos o más elementos no encajan entre sí, cuando existe cierta disconformidad entre los pensamientos y la forma de actuar. La disonancia cognitiva -en román paladino- podría traducirse como “autoengaño” y es el germen de las supersticiones.

¿Por qué el número 13 trae mala suerte? Su origen no está claro. Para algunos se remonta a la Última Cena con trece comensales, para otros a los 13 espíritus malignos de la cábala judía, otros recaban en el Tarot en donde ese número hace referencia a la muerte, hay algunos que se fijan en el capítulo 13 del Apocalipsis, en donde se habla del anticristo… Para gustos los colores.

Los nórdicos recurren a su mitología. Y es que cierto día hubo un banquete en el Valhalla donde fueron invitados doce dioses. Loki, el dios del mal, se coló entre los presentes, lo cual generó cierto malestar y desconcierto que acabó en una pelea y en la muerte de Balder, el favorito de los dioses.

Profecía autocumplida

Abrir un paraguas en un lugar cerrado delante de una persona supersticiosa puede generar una situación bastante desagradable. Pero si le damos la palabra a la historia y, con ella, al razonamiento cognitivo, quizás encontremos una explicación. Para conocerla tenemos que remontarnos hasta el antiguo Egipto, allí los primeros paraguas se realizaban con papiro y plumas de pavo real, y se diseñaban a semejanza de la diosa Nut. De alguna forma la sombra del paraguas adquiría una connotación sagrada y estrictamente reservada a la familia del faraón. Por ese motivo si una persona entraba en un espacio en el que se estaba abriendo un paraguas cometía un sacrilegio, un insulto a Ra -el dios del Sol- el responsable último de la sombra.

Ya, pero ¿qué pasa si abro el paraguas en un lugar cerrado y hay una desgracia ese día? La conducta supersticiosa se asocia con actividades que, al mismo tiempo, son imprevisibles y muy importantes para una persona, de alguna forma con ellas el individuo se vacuna frente al estrés que genera la incertidumbre.

¿Quién no sabe que romper un espejo es castigado con siete años de mala suerte? Quizás lo que no sea tan conocido es que esta creencia surgió en Venecia en el siglo XV. Allí, a orillas del mar Adriático, se pusieron de moda los espejos de vidrio, a los que se les embebía una lámina de plata en la parte posterior, permitiendo que las personas se pudieran reflejar. Y claro, aquellas primicias eran terriblemente caras, por lo que los aristócratas venecianos advertían a sus sirvientes de que tuvieran cuidado, de lo contrario tendrían que pagarlo, y claro con sus exiguos salarios tendrían que estar varios años sin cobrar.

Cruzarse con un gato negro trae todo tipo de desgracias… si no que se lo digan a nuestros antepasados medievales en los que este animal estaba relacionado con el diablo y con las brujas.

Derramar sal en la mesa es sinónimo de desgracias, su origen se remonta a la Última Cena, ya que al parecer Judas Iscariote derramó sal durante la celebración de la misma. Un hecho que, por cierto, aparece representado en el fresco de Leonardo da Vinci del convento de Santa María delle Grazie de Milán. La realidad es que la sal fue durante siglos fundamental para conservar los alimentos y evitar la putrefacción, por lo que derramar cloruro sódico no podía ser más aciago.

Y es que como nos recuerda Stevie Wonder en su Superstition: “Cuando creemos en cosas que no entendemos, entonces es cuando sufrimos”.