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28/08/2020 21:12 CEST

Por qué no deberías ridiculizar a los negacionistas del virus

Así sólo les haces un favor.

Paco Freire/SOPA Images/LightRocket via Getty Images)
Manifestación contra el uso de mascarillas y de las vacunas en Barcelona, el 25 de julio de 2020.

Que tire la primera piedra quien no se haya burlado nunca de los antimascarillas, de los antivacunas o de quienes niegan la existencia del coronavirus. Pues bien, estábamos cometiendo un error: los estudios dicen que ridiculizar esas posturas no hace más que reforzarlas. 

Hace unas semanas, en la plaza de Colón de Madrid, hubo una manifestación que reunió a centenares de personas por varios motivos diferentes pero relacionados entre sí: cuestionaban el uso de mascarillas, la validez de las pruebas PCR, la seguridad de la vacuna, la efectividad de la distancia de seguridad y, en algunos casos, la existencia misma del virus. El cantante Miguel Bosé, uno de los promotores y gran ausente en este encuentro, enseguida salió a matizar su postura: el “bicho” sí existe, dijo, pero todo lo demás… no tanto.

No todos en el mismo saco

Esto demuestra que el movimiento es más complejo de lo que parece a primera vista, por lo que “no conviene simplificar”, señala Pedro Gullón, médico especialista en Medicina Preventiva y Salud Pública. “Por un lado, entre ese grupo hay gente muy negacionista, como en muchos otros países, que se dedican a negar hechos científicos y además suelen ser antivacunas”, explica. Con ellos, hay poca esperanza de cambio. Pero también hay otro grupo más heterogéneo “que a lo mejor no comprende por qué hay que llevar mascarilla al aire libre, o gente que piensa que las medidas de seguridad frente al coronavirus son excesivas”, sugiere el epidemiólogo. “Esta gente no es tan negacionista, se encuentra en un ámbito de grises y son ellos con los que probablemente se pueda mejorar la estrategia de comunicación”, apunta.

Estas personas tampoco son las mismas que, antes de que terminara el estado de alarma, salieron a las calles con sus cacerolas en los barrios más ricos de las ciudades, aunque tienen algo en común. “El impulso del movimiento antimascarillas viene de un lugar parecido al surgimiento de ‘los Cayetanos’, desde una ideología muy liberal que no comprende las restricciones que tienen que ver con lo colectivo y con la salud pública”, afirma Gullón. No obstante, dice, “el movimiento [antimascarillas] es un poquito más transversal y también acoge a gente que realmente está cansada o que no ve avances”. “Creo que viene también del descontento con una situación que es amarga para todo el mundo y que a veces puede salir por diferentes lugares”, sostiene. “La gente lo pasa mal y se cansa”. 

La ridiculización tiene poca capacidad de cambiar opiniones, e incluso puede polarizar más los discursos y que la gente vea más atractiva esa identidad

Javier Padilla, médico de familia y coautor de Epidemiocracia junto a Gullón, estudia desde hace años el ‘fenómeno’ de las personas que se oponen a la vacunación, y encuentra similitudes con este nuevo movimiento antimascarillas. Por ello, sabe que la estrategia de la ridiculización es la menos efectiva. “En términos generales, hay mucho consenso en que la ridiculización tiene poca capacidad de cambiar opiniones, e incluso puede polarizar más los discursos y que la gente vea más atractiva esa identidad”, afirma.

“Creo que lo que hay que hacer es, por un lado, darles la menor relevancia posible y, por otro, intentar analizar qué tipo de gente podría en algún momento comulgar con un discurso antimascarillas”, sostiene Padilla. “A lo mejor, es gente que considera que el discurso está muy infantilizado y le han dicho que tiene que ponerse mascarilla para todo pero tampoco le han explicado muy bien en qué lugares son más efectivas”, sugiere.

Poca presencia en España

Gullón comparte este enfoque. “Estos movimientos existen en casi todo el mundo, y España no es de los países donde más presentes están. Por ejemplo, en Estados Unidos o en Alemania son mucho más potentes”, señala el epidemiólogo.

Efectivamente, pese a que han atraído mucha atención mediática en las últimas semanas, el movimiento antimascarillas (o antivacunas o negacionista) tiene muy poco peso en nuestro país. Los primeros resultados del estudio Cosmo-Spain, impulsado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y llevado a cabo por el Instituto de Salud Carlos III, reflejan que el 91,4% de los españoles utiliza mascarilla según las recomendaciones, que el 69,4% de la población confía en los profesionales sanitarios y que siete de cada diez personas se pondrían sin dudar la vacuna si hubiera una disponible.

“La aceptación de lo científico y de los servicios públicos en España es muy alta, así que veo complicado que los movimientos negacionistas tengan una relevancia real”, ratifica Padilla. En su opinión, la alternativa a la ridiculización debería llegar con un discurso desde los ámbitos “científico, institucional y sanitario”. “Habría que estudiar qué tipo de discursos enarbolar, cómo tenemos que segmentar la comunicación y a qué gente no estamos llegando para que haya colectivos que se sienten atraídos o tentados a comulgar con ese tipo de ideas”, sostiene.

Sería positivo reforzar la parte comunicativa

Gullón va más allá y propone aclarar conceptos como la efectividad del uso de mascarillas. “Por ejemplo, no es descabellado empezar a decir que el uso obligatorio de la mascarilla en todos los sitios tiene más que ver con crear una cultura de mascarilla que con el riesgo de que tú, yendo solo por la calle, vayas a coger algo”, ilustra. “Pero si te acostumbras a llevar mascarilla cuando no hay tanto riesgo, la llevarás también cuando sí lo hay, como en reuniones entre familiares”, argumenta. “Sería positivo reforzar esta parte comunicativa”, razona.

“De algún modo, es inevitable que la gente se rebele, porque estas medidas se mantienen durante tiempo, y además no garantizan una efectividad absoluta. Después de meses aplicando medidas individuales, cuando llega una segunda ola la gente se pregunta: ‘¿De qué sirve que yo lleve mascarilla si volvemos a lo mismo?’”, plantea el epidemiólogo. “Aquí hay que hacer una labor de concienciación muy grande y dar muchos matices, aun sabiendo que en comunicación política son difíciles”. 

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