Un truco fácil para aliviar la vuelta al trabajo: las vacaciones como estado de la mente

"Hay personas que aplican la misma tensión y preocupación a sus días de ocio que a sus días laborales".
Un truco fácil para aliviar la vuelta al trabajo: las vacaciones como estado de la mente.
Weiquan Lin via Getty Images
Un truco fácil para aliviar la vuelta al trabajo: las vacaciones como estado de la mente.

Contamos los días hasta que las vacaciones se acaban. Cinco, tres, uno. Y al día siguiente suena el despertador y parece que el cielo se está desplomando sobre nuestras cabezas. Un café, un zumo o nada, según gustos, y regresar. A la oficina, a la clínica, al taxi, a donde quiera que sea que trabajemos.

Hay una fantasía común en todas nuestras vacaciones y es imaginar que nos quedamos para toda la vida en el sitio donde hemos estado: en esa ladera de la montaña donde veíamos amanecer desde el camping, en el pueblecito del interior donde comprábamos el pan cada mañana o, en la mayoría de los casos, en esa playa llena de risas donde la brisa suave del atardecer nos hacía sentirnos tan vivos.

Si tuviéramos dinero, nos decimos, nos quedaríamos aquí. Para siempre. Donde el amanecer, donde el pan, donde las risas. Y así estaríamos siempre de vacaciones. Lo que nos resulta difícil de comprender es que las vacaciones no son un lugar, ni siquiera la ausencia de trabajo. Las vacaciones son un estado de la mente. Son una manera de ver las cosas.

Muchas personas se pasan las vacaciones rodando de un sitio a otro con lo que eso implica de planificar, de avituallarse, de tomar decisiones, de esforzarse, pero no lo llaman trabajo. Montan y desmontan una tienda de campaña cada día, están pendientes de las reservas de comida, se pasan jornadas interminables conduciendo, duermen a veces poco y a veces mal, pero lo hacen relajadamente y sin sufrir. Es más, lo hacen disfrutando.

Otros caminan durante horas por calles y museos hasta que comprueban agotados que han pasado por todos los puntos de interés que marcaba el recorrido de su guía. Y algunos más sufren inconvenientes que deben resolver con cierto grado de preocupación: un corte feo con un cuchillo oxidado, un apartamento demasiado pequeño, restricciones de agua, atascos sobrevenidos... y así sucesivamente.

Sin embargo, ninguna de esas personas vuelve de sus vacaciones diciendo que se las ha pasado trabajando. Todas esas cosas quedan reducidas, como mucho, a la categoría de anécdota.

Lo que hace que el trabajo sea trabajo no es exactamente el esfuerzo, ni la responsabilidad, ni siquiera la imposición. No son del todo los horarios, ni el clima laboral, ni las prisas. Muchos de esos elementos, vestidos de otra forma, ocurren también durante las vacaciones. Lo que cambia es nuestra vivencia, nuestra manera de vivir lo que nos pasa.

Por eso hay personas que no disfrutan ni siquiera en vacaciones: porque aplican la misma tensión y preocupación a sus días de ocio que a sus días de trabajo. Se impacientan porque un plato tarda un poco más de la cuenta en salir, se enfadan cuando el aire acondicionado del cine está un poco más frío de lo normal y se les agria el carácter cuando no han conseguido plantar la sombrilla en primera línea de playa. Los que no son capaces de ver esas cosas como meras anécdotas es que no han cambiado la lente y lo siguen viendo todo con la misma que cuando están en la oficina.

Tal vez se ve mejor si se considera que el trabajo y las vacaciones no son, en realidad, tan diferentes. Simplemente es la vida discurriendo. Por ejemplo, para nuestros órganos internos hay escasa diferencia entre una cosa y otra. Nuestra temperatura corporal es la misma y nuestra presión arterial apenas varía. Y lo mismo con una larga serie de indicadores analíticos de salud. Lo que cambia es lo que pasa entre nuestras orejas. Nuestro registro de lo que está ocurriendo. Por eso las vacaciones son un estado de la mente.

Porque no es la tarea que desempeñamos la que en sí misma nos resulta penosa. Es el intento constante de evitar que los demás descubran que no somos perfectos. O la angustia de no conseguir que importen nuestras opiniones. O puede que el pueril juego de intentar herir sin ser heridos. Son las malas relaciones, las excusas y las mentiras, el autobombo y la pequeña tragedia de descubrir que tampoco somos los favoritos de este nuevo jefe. Es a lo que el trabajo significa para cada uno de nosotros a lo que no queremos volver.

Y por eso la mejor recomendación que se puede hacer a alguien que regrese con pesar de las vacaciones es que intente no olvidar cómo se tomaba las cosas cuando estaba en el camping, en el pueblo, junto a la costa. Que siga observando la realidad con esa misma lente. Que recuerde su ritmo interno, su manera de ver las cosas y de analizar los problemas. Y que no deje que una fecha en el calendario haga aparecer fantasmas por todas partes. Porque muchas veces la anticipación de lo que va a ocurrir es mucho peor que lo que en realidad ocurre.

Si intentamos ver todas las miserias que comporta la vida laboral a través de la misma lente con la que vemos el esfuerzo y los problemas que también nos traen las vacaciones descubriremos un mundo nuevo, una perspectiva diferente. Lo veremos todo más pequeño, más insustancial, menos decisivo. Como si se tratara de una serie de televisión en la que todo lo que ocurre es mentira. El jefe tóxico, el compañero cotilla, el cliente furibundo y el proveedor mezquino nos parecerán personajes de comedia. Quizá no logremos así el anhelo de estar siempre de vacaciones, pero seguro que pasamos los primeros días un poco más tranquilos.

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