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31/03/2016 07:03 CEST | Actualizado 31/03/2016 21:01 CEST

El perturbador y depurado bisturí de Fleur Jaeggy: a propósito de 'El último de la estirpe'

tusquetsAcaba de traducirse el último libro de Fleur Jaeggy. De un libro suyo, Los hermosos años del castigo, Joseph Brodsky dijo: "Duración de la lectura: aproximadamente una hora. Duración del recuerdo, y de la autora: el resto de la vida". Susan Sontag la elogió apasionadamente: "Fleur Jaeggy es una escritora maravillosa, brillante, salvaje. La admiro profundamente".

Sigue el goteo --y que no se detenga-- de traducciones de la obra de la notable y prestigiosa escritora suiza en lengua italiana Fleur Jaeggy (Zurich, 1940).

El más reciente es una recopilación de veinte cuentos titulado El último de la estirpe (Trad. Beatriz de Moura. Barcelona: Tusquets, 2016), publicado originalmente hace dos años. Como toda su obra, en este libro refulge la prosa austera, enormemente precisa y no menos contenida de Jaeggy; una escritura desnuda de metáforas, estructurada a base de frases incisivas que tienden al aforismo.

Se trata de unas historias terribles --a veces terroríficas-- que acaecen en escenarios desnudos, punteadas de incendios, frialdad y crueldad, de envidias, de complicadas y oscuras tramas familiares; cinceladas con el más crudo y afilado escalpelo y ritmadas a base de frases cortas de precisa puntuación. El centro de la narración son siempre unos personajes llenos de melancolía que manifiestan una extrema tristeza o una maldad inusitada, tanto si se relacionan con animales, cosas o personas. A ratos son trágicos; en otras ocasiones, ulcerados por heridas profundas e incurables aunque siempre rehuyen la autocompasión. Por comparación, hacen que la literatura de Mercè Rodoreda sea de una dulzura casi empalagosa, que Patricia Highsmith parezca una beata, que los dramas de Caterina Albert sean de una inocencia propia de una boba o que Ivy Compton-Burnett sea una escritora tirando a convencional. Se puede encontrar fragmentos como este:

«Las personas solas temen muchas veces hacer visible su soledad. Algunas se avergüenzan. Las familias son tan fuertes. Tienen a la publicidad de su parte. Pero una persona sola no es más que un pecio. Primero lo llevan a la deriva, luego lo dejan naufragar.»

Jaeggy sólo necesita yuxtaponer dos frases a punta seca: «Las familias son tan fuertes. Tienen a la publicidad de su parte», para sustituir con creces los cientos de páginas que necesitaría un ensayo para explicar --con mucho menos poder de convicción -- lo mismo.

Caracterizada por la síntesis, pues, la obra de Jaeggy se funda en grandes elipses, las historias se intuyen entre líneas, lo más importante es que lo que no dice, lo que queda fuera de campo. A pesar de que se estructura a través de diferentes libros y recopilaciones, se podría hablar de un continuum. Proleterka, traducida por Mª Ángeles Cabré en 2004, puede entenderse como continuación de la portentosa y premiadísima Los hermosos años del castigo, traducida por Juana Bignozzi el 1991. Comparten la misma protagonista, que reaparece, además, en la recopilación de relatos El temor del cielo, traducido por Flavia Company en 1998, y que, sin duda, protagoniza también el último relato, «F.K.», del libro hoy reseñado, de El último de la estirpe.

El tono y la densidad de iridio del fragmento antes citado es perfectamente reconocible en cualquiera de sus libros, por ejemplo, en Las estatuas de agua, traducido por Mª Ángeles Cabré en 2015.

«El padre, con gran naturalidad, o hablaba de lo que le interesaba o simplemente callaba. El hijo se estrujaba el cerebro para encontrar algún tema que no fuera peligroso, que le ahorrara nuevas pruebas de la innata crueldad de Reginald [el padre] y de su inocente falta de humanidad.»

Veamos otro fragmento:

«La ciudad le parecía vaga y remota, olía a flores húmedas; dos niñas se pegaban, una usando los puños y la otra un pequeño paraguas rosa. Apareció la elegante seguridad de la brutalidad; lo salvaje se transformaba en lo horrible.»

Otro factor que da coherencia y cohesión a la escritura de Jaeggy son las constantes referencias literarias. Junto a las implícitas, por ejemplo, Franz Kafka, hay explícitos homenajes a autoras y autores que admira, en quien se refleja. El bello inicio de Los hermosos años del castigo arranca así:

«A los catorce años yo era alumna de un internado de Appenzell. Lugares por los que Robert Walser había dado muchos paseos cuando estaba en el manicomio, en Herisau, no lejos de nuestro instituto. Murió en medio de la nieve. Hay fotografías que muestran sus huellas y la posición del cuerpo en la nieve. Nosotras no conocíamos al escritor. Ni siquiera nuestra profesora de literatura lo conocía.»

Comienzo, como puede verse, que no sólo rinde tributo al genial escritor suizo, sino que, en una frase, dice mucho de la literatura que se enseña en el internado.

En El último de la estirpe comparecen fugazmente, levemente, el Maestro Eckhart, la grandísima sor Juana Inés de la Cruz, la mística Ángela de Foligno. Convoca en mayor grado a otras estimadas celebridades: en un cuento de poco más de una página, habla crudamente con Ingeborg Bachmann de vejez y de quemaduras; en un restaurante, se zampa un chuletón con Oliver Sacks mientras traba amistad con un pez que espera con agónica desesperación que alguien lo elija para zampárselo; pasa frío por calles y muelles con Joseph Brodsky, quien recuerda con fatalismo los inviernos de San Petersburgo, el río Nevá: cualquier lugar se ha convertido para el poeta en una ciudad mental llamada «Negde», es decir, «ningún lugar».

Lo realiza en el estilo de otra taxativa, sesgadora y altamente densa escritora, Djuna Barnes (1892-1982). En efecto, recuerda vagamente las digresiones de Perfiles (1987), maravillosa antología de entrevistas en que Barnes, por ejemplo, describe la sindicalista Mary Jones así: «La suya es una espalda plana, recta y ancha. Nunca ha tenido tiempo para ser una espalda individual». Un tipo de descripción que se puede reencontrar en El Almanaque de las mujeres (1928) cuando retrata, por ejemplo, a la literata Natalie Barney, a Dolly Wilde o la pintora Romaine Brooks.