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11/06/2013 08:42 CEST | Actualizado 10/08/2013 11:12 CEST

'Listos' y 'Torpes'

Es desgraciado que las etiquetas 'equivocadas' se puedan convertir en un lastre psicológico negativo e influir, para mal, en el propio desarrollo del cerebro del niño. Solo la mentalización de que es posible reconvertir un niño 'torpe y lento' en un niño 'listo y despierto' puede hacer milagros.

Siempre ha habido niños listos y niños torpes. Niños capaces, atentos, curiosos, despiertos, inquietos, de miradas agudas y asociaciones rápidas, siempre curioseando el entorno, cosas, objetos, o buscando en los libros o inquiriendo a los demás. Y niños lentos, menos capaces, poco curiosos, distraídos, de mirada a veces perdida e inatenta, requiriendo asistencia constante del maestro. Pero lo cierto es que estas etiquetas no han acertado, tantas veces, en predecir el futuro intelectual o profesional de estos niños, pues hay ejemplos indicando que algunos de aquellos que en su momento fueron señalados como torpes o tontos o apagados o ineptos han desarrollado después del colegio una vida intelectual sobresaliente. Y al contrario, niños listos y despiertos en el colegio, y de futuro prometedor, que luego después en el mundo han resultado ser adocenados y grises.

Y es que estas etiquetas al uso, con las que se estampilla tantas veces a los niños en los colegios, se colocan a niños aparentemente normales pero que el maestro no encuentra vía de hacerles llevar el ritmo de la clase, abrirles los ojos, hacerles despertar. Niños en los que, como digo, nada justifica un déficit desde cualquier estudio clínico, pero que, de hecho, tienen dificultades en desarrollar sus capacidades en el colegio. Déficits que aun cuando en todos los aspectos de su conducta cotidiana, tanto en casa como en su relación con los demás no asoman, lo hacen lento y torpe en el colegio. Y esto quizá se deba a que estos niños tengan un ritmo vigilia-sueño diferente y que no les permite coincidir en su despertar con los picos altos de actividad del colegio. En otras palabras, niños que tengan ritmos circadianos retrasados o adelantados que impidan que el niño, temprano en la mañana o tarde en el día, puedan seguir con atención las enseñanzas, particularmente si estas son de exigencia cognitiva alta como pudieran ser conceptos abstractos y difíciles. Y es que en tales casos su sistema reticular activador, aquel que permite la puesta en marcha del foco atencional, aquel que hace reaccionar con alerta ante una situación de peligro o para el caso participar atentamente a las enseñanzas del maestro, pueda estar cambiado y aun apagado. Y pudiera darse el caso de que, como consecuencia, algunos de estos niños que reciben enseñanzas temprano en la mañana o durante la tarde recibieran una de estas etiquetas de, por ejemplo, "este niño es algo torpe y no sirve para las matemáticas". Y es muchas veces desgraciado que estas etiquetas equivocadas se puedan convertir en un lastre psicológico negativo e influir, para mal, en el propio desarrollo del cerebro del niño.

Hoy, además se habla, no solo de estos cambios específicos en el ritmo circadiano de algunos niños, sino en que el propio niño tenga un tiempo de desarrollo cerebral general normal pero desfasado del que tiene el resto de los alumnos. Esto último, de nuevo, se expresa en cierta ineptitud cuando se les compara con su tempo de aprender con el resto de la clase. Y esto particularmente puede expresarse muy específicamente en algunas materias, por ejemplo en matemáticas, pues hoy sabemos que hay dos tipos básicos de matemática que tienen significado diferente, se aprenden de modo diferente, tienen su asiento en circuitos neuronales diferentes con nodos principales localizados en áreas diferentes del cerebro y con tiempos (a lo largo de la edad) de maduración diferentes.

Y un algo todavía más sobresaliente en sentido negativo para el tema que estamos tratando es el de la emoción. La emoción es sobremanera importante a la hora de valorar las capacidades de un niño. Hay niños cuyo menor rendimiento mental no se debe a problemas en su maquinaria cognitiva propiamente, que puede ser normal e incluso sobresaliente, pero sí que pueda tratarse de un apagón emocional que persiste en el tiempo. Puede que la emoción, esa energía necesaria y que alimenta los procesos cognitivos se encuentre apagada por problemas múltiples, conscientes o inconscientes. Energía que es necesaria para despertar con la curiosidad y abrir la atención y con ella aprender y memorizar adecuadamente y sin la que el niño se vuelve lento y torpe. Y todo esto sin contar con niños que pudieran padecer procesos muy larvados y casi indetectables de un déficit atencional o de ansiedad o autismo y aun dislexia sin síntomas de expresión burda o grosera. Todo esto nos lleva a la necesidad, cada vez más perentoria, de ver al niño como individuo único, diferente al resto de los niños de la clase, y tratar de disecar en cada niño sus propias aptitudes y déficits que le obstaculicen para el aprendizaje en sí mismo y no hacerlo comparativamente.

El apunte final que habría que tomar es que mejorar e incluso evitar estos problemas es posible, pues es posible, en muchos casos, realizar intervenciones tempranas. ¿Quiero decir con todo esto que podremos, algún día, convertir a todos los niños torpes en niños listos? No lo sé. Pero lo que sí sé es que estas intervenciones tempranas pueden reconvertir a muchos niños distraídos, lentos, y con falta de rendimiento a que lo sean menos. Y que ello puede comenzar con solo el convencimiento, por parte de los maestros y neuroeducadores principalmente, de que tal cosa es posible. Solo esta mentalización, la de que es posible reconvertir un niño torpe y lento en un niño listo y despierto puede hacer milagros.