El Brexit tenía un precio: ¿ha logrado Reino Unido lo que pretendía al irse de Europa?
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El Brexit tenía un precio: ¿ha logrado Reino Unido lo que pretendía al irse de Europa?

El divorcio con Bruselas se planteó como una liberación de las ataduras de los burócratas, la vuelta al control y a la soberanía. En los diez años desde el refrendo que se cumplen hoy no ha habido colapso, pero sí pérdidas. Hoy ganaría el 'remain'.

Partidarios del Brexit celebran la salida de la UE en una fiesta frente al Parlamento en Parliament Square, el 31 de enero de 2020 en Londres (Reino Unido). Ese día fue oficial lo votado en 2016.John Keeble / Getty Images

La pregunta dio muchas vueltas, pero el cincel de las autoridades electorales la dejó en "¿Debería el Reino Unido permanecer como miembro de la Unión Europea o abandonar la Unión Europea?". La respuesta posible era doble: "Permanecer como miembro de la Unión Europea" o "Abandonar la Unión Europea". Corría el 23 de junio de 2016 y las encuestas estaban ajustadas pero la sensación era de que, aunque fuera por poco, ganaría el "remain", el quedarse. No fue así: hoy hace 10 años que la mayoría de los ciudadanos de Reino Unido dijeron que querían irse de la UE, el famoso "leave". El shock, dentro y fuera del país, aún dura. 

El divorcio entre Londres y Bruselas quedó consumado con un 51,9% frente al 48,1 % de los votos en el referendum de aquel día histórico. Se destruía así un proyecto de medio siglo para acercarse al viejo continente, un mazazo que contó con la fuerza del populismo, la desinformación, las mentiras e inexactitudes, la incapacidad de los partidarios de mantenerse en el club comunitario y la dejadez de una clase política que ha llevado al país a su peor crisis institucional en décadas. Que este mismo lunes haya caído el último primer ministro, Keir Starmer, el sexto desde aquella votación, es revelador. 

Aunque el margen de victoria fue estrecho, la votación provocó la transformación más drástica de la economía y la sociedad británicas desde la Segunda Guerra Mundial. Ahora recordados este décimo aniversario pero, como en cualquier divorcio, el papeleo y el proceso para completar la ruptura no fueron rápidos: en este caso, duraron casi cinco años y aún quedan flecos pendientes sobre cómo particular la nueva relación con los Veintisiete como bloque. El grado del derecho a roce. 

El Brexit surgió de una creciente frustración no sólo con la UE, sino también con la crisis financiera mundial de 2008. El contexto ayudó al descontento, que creció en una sopa espesa y vieja del antieuropeísmo y el rechazo a las instituciones comunitarias como ladronas de competencias, entrometidas, succionadoras de billetes, poco generosa con las islas británicas y sus intereses, por más que mantuvieran privilegios respecto a la moneda (euro, libra) o el Espacio Schengen. 

Los partidarios de irse tras 47 años de unidad supieron capitalizar aquella frustración y argumentaron que Reino Unido, por sí mismo, se revitalizaría y podría centrarse únicamente en sus prioridades nacionales, sin estorbos. Quizá fuera una herida autoinfligida, pero necesaria y, esperaban, temporal. Los opositores, en cambio, advirtieron que el Brexit provocaría una perturbación económica y que ponía en riesgo la posición del país en el mundo. Colapso no ha habido, pero sí se ha pagado un precio, alto, y eso hace que la población hoy, mayoritariamente, apueste por hacer el camino de regreso o, como poco, por ampliar las conexiones con Europa hasta donde la separación deje. 

Una mesa electoral revisa los votos en el refrendo por el Brexit del 23 de junio de 2016, en un colegio de Birmingham (Reino Unido).Rui Vieira / Anadolu Agency / Getty Images

El bolsillo

Los partidarios del Brexit, comúnmente conocidos como brexiters, defendían la idea de que la economía británica podría prosperar fuera de la UE aprovechando el espíritu emprendedor que en su día la había convertido en la más grande del mundo. Es verdad que tras aquel referéndum han pasado muchas cosas, de la pandemia de COVID-19 a la guerra en Ucrania, pasando por la más reciente de Estados Unidos e Israel contra Irán, y nada de eso ha ayudado a revitalizar las cuentas ni mejorar el día a día de los ciudadanos, pero los datos indican que, si se eliminan esos factores desestabilizadores, la salida de la UE tampoco ayuda. 

Como resume The National, se ha producido una "fractura económica". En el peor de los casos, se estima que el país ha perdido hasta un 8% de su PIB al abandonar la Unión Europea, su principal socio comercial; las estimaciones más bajas dan un 4% de pérdidas. Las pequeñas empresas y los autónomos se han visto gravemente afectados, con más de medio millón de negocios que han cesado su actividad. Son datos del Gobierno, de la Oficina de Responsabilidad Presupuestaria. Con un PIB actual de aproximadamente 2,8 billones de libras esterlinas anuales, esto supone una pérdida de producción económica de 100.000 millones cada año. 

La inversión empresarial también se ha visto afectada. Un reciente análisis del Banco de Inglaterra muestra una caída del 11% en los seis años posteriores a la votación y Reino Unido se ha mantenido sistemáticamente rezagada con respecto a otras economías avanzadas. Las exportaciones e importaciones también disminuirán un 15 % este año, añade la misma oficina. El impacto económico negativo asciende a 4.000 millones de libras esterlinas anuales sólo en ingresos fiscales perdidos, sostienen los expertos consultados por The Economist.

Antes de 2016, Londres era, sin duda, la principal capital financiera europea. Si bien su estatus no ha disminuido tanto como algunos predijeron, se han transferido más de un billón de libras esterlinas en activos bancarios a centros financieros de la UE. "Desde el punto de vista económico, el impacto fue enorme, además de las pérdidas multimillonarias en comercio", ha declarado el exministro de Asuntos Exteriores, Tobias Ellwood. "La City ya no es lo que era, pues la inversión se ha esfumado; antes, Londres era el centro de operaciones. Ahora son Dublín, Fráncfort y París. Por lo tanto, otros lugares se han beneficiado". En 2021, Ámsterdam superó a Londres como el mayor centro de negociación de acciones de Europa.

Los partidarios del Brexit prometieron acabar con la burocracia y que Londres se convirtiera en una especie de "Singapur a orillas del Támesis" (son palabras textuales de la campaña de UKIP, el entonces partido del populista ultra Nigel Farage). La realidad es bastante distinta: la UE impone una gran cantidad de trámites burocráticos, desde declaraciones de aduanas hasta controles de origen y certificados veterinarios, lo normal en quien ya no es de la familia. 

Los tiempos en que los recolectores de fruta de Europa del Este llegaban a Inglaterra para la cosecha de verano han quedado atrás. Gran parte de la agricultura, junto con la hostelería, la construcción y la asistencia social, se ha visto afectada tras el fin de la libre circulación en la UE. Los números se han ajustado desde los primeros años de verdaderos problemas para cubrir determinados puestos de trabajo, pero quedan aún lagunas. 

Contenedores en el puerto de Felixstowe, en Suffolk (Reino Unido), en una imagen del 13 de octubre de 2021.Joe Giddens / PA Images via Getty Images

La realidad y el deseo

Boris Johnson era en el verano de 2016 secretario de Estado para Relaciones Exteriores y uno de los conservadores que más defendían el Brexit, con fiereza. Entonces, pregonaba con frecuencia su visión de un "Reino Unido Global" en la que, liberado de la negociación colectiva de la UE, el país forjaría una gran cantidad de acuerdos de libre comercio. ¿Se ha logrado eso? Bueno, se han firmado cosas, pero menos de las prometidas y con un impacto inferior al deseado por Londres. 

Los partidarios del Brexit hablan de "éxitos" como la adhesión al Acuerdo Integral y Progresista de Asociación Transpacífico (CPTPP), además de los acuerdos de libre comercio con India y, más recientemente, con el Consejo de Cooperación del Golfo. Pero el más anhelado, el acuerdo con Estados Unidos, sigue sin concretarse realmente. El CPTPP es potente, es cierto, porque la nación se unió a un bloque comercial de 12 economías de la región de Asia-Pacífico cuyos miembros representan el 15 % del PIB mundial e incluyen mercados como Japón, Canadá y Australia, junto con economías de rápido crecimiento como Vietnam y México.

Y el acuerdo con el país más poblado del mundo fue histórico, ya que India accedió a reducir los aranceles sobre el 90% de las exportaciones británicas, incluidos automóviles de lujo, productos manufacturados y whisky. Esto podría incrementar el PIB en 4.800 millones de libras esterlinas y el comercio bilateral en más de 25.000 millones de libras esterlinas. En general, esos nuevos acuerdos son insignificantes en comparación con el comercio entre Reino Unido y la UE, que ascendió a 856.000 millones de libras esterlinas sólo el año pasado, según muestran las cifras oficiales .

Se prevé que el acuerdo del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) aporte casi 4.000 millones de libras esterlinas anuales a la economía de Reino Unido e incremente el comercio entre el Reino Unido y los países del Golfo hasta en 15.500 millones de libras esterlinas al año, teniendo en cuenta que el mercado ya registra un volumen de comercio anual de 53.000 millones de libras esterlinas con el Reino Unido.

Sin embargo, según argumenta David Jones, ferviente defensor del Brexit y exsecretario de Estado conservador para Gales, el proyecto no es "un acontecimiento, sino un proceso" que aún estaba en curso y que representaba "una enorme oportunidad para el Reino Unido". "Ahora podemos crear nuestro propio marco regulatorio y podemos avanzar mucho más rápido, tal como hicimos con las vacunas contra la COVID-19", añade a la BBC. En lugar de depender de la UE, la futura prosperidad de Londres "reside en Estados Unidos, la Commonwealth y los países del Golfo".

Sin embargo, también se destaca que los acuerdos bilaterales que ha firmado el Gobierno con países como Japón o Australia no acaban de ser especialmente beneficiosos para sus intereses. En el último caso, por ejemplo, Camberra sale particularmente favorecida en el sector agroalimentario, porque se eliminó el 99% de los aranceles, beneficiando exportaciones clave como la carne de vacuno, el cordero, el azúcar y el vino, lo que representa el mayor acceso al Reino Unido para los agricultores australianos desde la década de 1970. De ahí las manifestaciones del sector en las calles de Reino Unido, denunciando el volumen de importaciones y, también, la falta de regulación que afecta a la calidad y seguridad de los productos. 

La migración y sus oleadas de emociones

Los defensores del Brexit se aferraron a la inmigración para generar oleadas de emociones entre la población, una mezcla de nacionalismo y racismo que surtió efecto. Nosotros, nuestras fronteras, nuestros controles. Como si Europa fuera un coladero sin vigilancia, como ahora se mofa el norteamericano Donald Trump, que era lo que se vendía entonces. 2015, recordemos, fue el año de la gran crisis de refugiados procedentes de Oriente Medio, especialmente de Siria. 

De nuevo Farage fue uno de los que llevaron más a gala esa bandera xenófoba. Insistía en una "patria" a punto de verse inundada por inmigrantes, también de Europa del Este o de Turquía si la UE se ampliaba, como se está estudiando (con el este, sí; con Ankara las cosas están congeladas). "Recuperemos el control" fue el eslogan de más éxito, que abogaba por el fin de la libre circulación dentro de la UE y permitía a UK regular sus fronteras.

El resultado no ha sido el esperado: la inmigración procedente de fuera de la UE aumentó de poco menos de 300.000 personas en 2020 a más de un millón tres años después, con una migración neta que superó con creces los niveles previos al Brexit, sostiene la Oficina de Estadística. Esta fue la "ola Boris", que vio entrar legalmente en Reino Unido a casi cinco millones de inmigrantes entre 2021 y 2024.

Paralelamente, se intensificaron los cruces ilegales del Canal de la Mancha en pequeñas embarcaciones desde Francia, comenzando con unos pocos cientos en 2018 y alcanzando su punto máximo bajo el liderazgo de Johnson con casi 46.000 en 2022. Hasta la fecha, más de 202.000 personas han cruzado la frontera solicitando asilo y recibiendo alojamiento y apoyo que le cuestan al país 3.000 millones de libras esterlinas al año. Curiosamente, a medida que el actual Gobierno laborista mejoró las relaciones con la UE y revirtió la tensa diplomacia de la era tory, los cruces se redujeron en un 40%. La policía antidisturbios francesa ahora está actuando con firmeza en las playas, tras la firma de un acuerdo a dos, pero esa presión está trasladando el fenómeno de las pateras a Bélgica, más al norte. 

Esa presencia de personas migrantes ha avivado el apoyo a la ultraderecha en el país. El partido Reform, la nueva marca de Farage, lidera las encuestas en intención de voto, a lo que se suma el nacimiento del partido Restore Britain, también de derecha radical, que aboga por las deportaciones masivas y la prohibición del burka. Incidentes como los vividos este junio en Irlanda del Norte dan cuenta de la tensión racial subyacente y de cómo estos grupos se adueñan del relato... y de la acción. 

Cuando entraron en vigor las nuevas normas, la migración neta procedente de la UE se revirtió, con 100.000 ciudadanos de la UE más que abandonaron el Reino Unido en 2024 que los que llegaron. Esto incluyó un éxodo significativo de trabajadores cualificados. Una fuerza de trabajo riquísima que voló. Lo mismo pasó con la salida de estudiantes de la UE, otra gran pérdida de ingresos para las universidades, pero que en este caso sí ha sido compensada por la llegada de estudiantes de grado de India, Nigeria y China, a quienes se les concedieron visados junto con sus familias. La capacidad de los jóvenes británicos creativos para trabajar en la UE, mientras, se ha reducido sensiblemente. 

Personas migrantes bracean en el agua intentando abordar una pequeña embarcación frente a la costa de Berck (Francia), en un intento por cruzar el Canal de la Mancha, el 15 de junio de 2026.Gareth Fuller / PA Images via Getty Images

Polarización y desconfianza

Aunque el del dinero es llamativo, hay un impacto del Brexit más profundo: el político y social. En esta década, se han quedado a la vista las profundas divisiones dentro de la sociedad británica, que continúan transformándola. En vez de atenuarse, se acentúan con los días, como pasa con las tendencias de ultraderecha. 

El Brexit acabó en horas con el entonces primer primer ministro, el conservador David Cameron, quien impulsó el referéndum principalmente para apaciguar a los euroescépticos de su partido pero no porque creyera en él, precisamente. La jugada le salió fatal. Reino Unido está ahora a punto de nombrar a su séptimo primer ministro desde 2016, posiblemente con Andy Burnham como sucesor de Starmer. Entre ellos, Theresa May, Boris Johnson, Liz Truss y Rishi Sunak. De nombramiento en nombramiento, litros de confianza en el poder que se derramaban por los suelos, a chorros. 

"Las identidades de los partidarios de la salida de la UE y de los que se han quedado en ella se han vuelto más poderosas que las identidades de los conservadores y los laboristas", afirma el profesor Tony Travers de la London School of Economics en un análisis ante el aniversario. Con un número creciente de personas adoptando posturas en los extremos de la izquierda y la derecha, surgió la cuestión de las "fuerzas que desató el Brexit". También había propiciado un "ambiente político más fragmentado y convulso que antes, aunque esto se debió en gran medida a las redes sociales y, en particular, a la voluntad de actores externos, ya fueran políticos y multimillonarios estadounidenses", o Rusia o Irán.

La inestabilidad política del Brexit se ha visto aún más debilitada por los reveses geopolíticos de la pandemia, las guerras y la presidencia de Donald Trump. En medio de esa división, ha surgido el populismo (con Farage de rostro más conocido), que atrae a personas desesperadas por un cambio que mejore sus vidas. Creen que él tiene la solución. El Partido Reformista obtuvo más de cuatro millones de votos en las elecciones de 2024, sus primeros escaños en el parlamento, y ha liderado las encuestas de opinión durante más de un año. Farage ha aprendido del voto a favor del Brexit el poder de las redes sociales -la campaña a favor de la salida gastó, según se informa, 2,7 millones de libras en anuncios de Facebook-, lo que le ha permitido a él y a otros partidos eludir a los medios de comunicación tradicionales para movilizar apoyo. 

La última década ha estado marcada por una creciente toxicidad política, con un debate cada vez más polarizado y una disminución de la confianza en los políticos y las instituciones. ¿Tiene la culpa el Brexit? En parte. Es un tema muy delicado, que causa mucho dolor en todo el país, dividiendo a la nación y a los propios partidos. La soberanía fue un punto clave de aquel debate, supuestamente los ciudadanos querían autogobernarse y no ser gobernados por burócratas irresponsables en Bruselas, pero se han topado con menos oportunidades y políticos de dentro que no cumplen con las promesas anunciadas, a veces porque sencillamente eran mentira, irrealizables. 

El odio en las redes da cuenta de sentimientos de rechazo preocupantes. Por ejemplo, la organización Tell Mama, que monitorea incidentes antimusulmanes, registró más de 6.000 en 2024. Los informes de abuso en línea aumentaron un 1.600 % tras los ataques del 7 de octubre y la campaña en Gaza.

Desde Bruselas insisten: "Todas y cada una de las dificultades de Reino Unido son más graves a causa del Brexit", dice Michel Barnier, el que fuera negociador en todo el proceso de desacople.

El primer ministro Boris Johnson posa tras la firma del acuerdo comercial del Brexit con la UE, en el número 10 de Downing Street, el 30 de diciembre de 2020.Leon Neal / Getty Images

Las encuestas

El divorcio entre Reino Unido y la UE atraviesa su peor momento de percepción pública. Según un estudio publicado este lunes por el Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (ECFR, por sus siglas en inglés), una abrumadora mayoría de los británicos considera que el Brexit ha sido un desastre y se muestra dispuesta a dejar atrás los dogmas del pasado para construir un futuro de reintegración con Europa.

Los datos del informe, basados en una serie de encuestas realizadas en mayo de 2026, revelan un cambio tectónico en la opinión pública británica, impulsado tanto por la realidad económica interna como por un contexto geopolítico global cada vez más inestable y amenazante. El veredicto de los ciudadanos sobre los efectos del Brexit es nítido. Las promesas de la campaña de 2016 se han diluido frente a las dinámicas de la vida cotidiana en el Reino Unido:

  • Coste de la vida y economía: El 66% de los encuestados afirma que la salida de la UE ha empeorado el coste de la vida, mientras que el 65% considera que ha dañado directamente a la economía nacional.
  • Inmigración irregular: En uno de los giros más sorprendentes del estudio, el 56% de los británicos sostiene que el Brexit empeoró el control migratorio. Incluso entre quienes votaron a favor de salir de la UE en 2016, un 58% comparte este diagnóstico negativo.
  • Futuro juvenil: Un 57% de la población cree que las oportunidades para las nuevas generaciones se han visto severamente recortadas.

Al ser preguntados por los beneficios tangibles que ha traído el Brexit tras diez años, las respuestas mayoritarias de los ciudadanos fueron "no lo sé" o "ninguno de los anteriores". 

La frustración generalizada ha provocado que el 75% de los votantes británicos exija ahora una relación mucho más cercana con la Unión. Esta postura no es exclusiva de los antiguos sectores proeuropeos; incluso entre los ciudadanos que votaron por el "Leave" (abandonar la UE), el 66% apoya estrechar lazos con Bruselas. "El Brexit se ha convertido en un statu quo y se han rebelado contra él", se afirma en el dossier. 

El informe destaca que antiguas líneas rojas de la política británica están colapsando. Actualmente, una sólida mayoría ve con buenos ojos el retorno de la libertad de movimiento de trabajadores y se muestra abierta a cooperar en un sistema de disuasión nuclear europeo o, incluso, a participar en un ejército comunitario.

Este acercamiento a Europa coincide con un distanciamiento drástico respecto a EEUU, fuertemente influenciado por la volatilidad internacional y las políticas del segundo mandato de Trump. Apenas el 18% de los británicos considera hoy a Estados Unidos como un "aliado confiable". En contraste, las mayorías perciben a sus vecinos del continente (España, Francia, Alemania y Polonia) como socios fundamentales para su seguridad. En un entorno marcado por las tensiones con Rusia y China, son más los británicos que confían en que sus vecinos europeos acudirían en su ayuda ante una agresión externa que los que confían en el respaldo de Washington.

Los analistas del ECFR advierten de que la clásica división entre leavers (pro-Brexit) y remainers (antirreforma) ha quedado obsoleta y ya no sirve para predecir el comportamiento político. El relevo demográfico es clave: desde 2016, unos 6 millones de votantes de aquel referéndum han fallecido y otros 6 millones de jóvenes se han incorporado al censo. Estos nuevos electores apoyarían el reingreso en la UE por un margen de seis a uno. 

El estudio propone una nueva división del electorado en tres categorías: los optimistas (quienes ven a Reino Unido firmemente ligado a un destino común con sus vecinos europeos y defienden una reintegración decidida); los realistas (ciudadanos abiertos a la cooperación y al libre mercado, pero guiados por soluciones prácticas y la evaluación de costes), y los solitarios (el sector minoritario, que aún prefiere mantener o incrementar la distancia con Bruselas).

El informe concluye con una advertencia para la clase política en Westminster: seguir debatiendo bajo los parámetros y la polarización de 2016 es ignorar la realidad del país. Los británicos de 2026 ya no buscan debates ideológicos sobre la soberanía, sino soluciones prácticas a la crisis del coste de la vida y la inseguridad global, y ven la respuesta a esos problemas mirando de frente a Europa.

El camino de regreso

El Partido Laborista prometió abordar las relaciones con Bruselas de otra manera y lo ha hecho pero, también, ha caminado sobre la cuerda floja desde que fue elegido en 2024. Tras haber descartado explícitamente revertir el Brexit, o incluso reincorporarse al mercado único sin fricciones de la UE, no tiene mucho margen de maniobra política. Y eso también ha lastrado la imagen de Starmer como líder cumplidor. 

El aún premier ha buscado restablecer las relaciones tras la desconfianza generada durante los años de negociaciones del Brexit, centrada principalmente en facilitar el comercio. Espera anunciar nuevas medidas en una cumbre con la UE el próximo mes, el día 22, siempre y cuando siga siendo primer ministro.

Starmer ha intentado lucir lo que se ha dado en llamar el "reinicio", cuando se dedicó a modificar el acuerdo firmado por el exprimer ministro Johnson. Sin embargo, estas modificaciones tenían sus límites. El Partido Laborista no ha revisado los principios fundamentales del Acuerdo de Comercio Justo (TCA): el rechazo a una unión aduanera, a la pertenencia al mercado único de la UE y a la libre circulación de personas. En eso, sigue igual, pese a que cada vez más ciudadanos apuesta por firmar esos compromisos.

En la cumbre Reino Unido-UE celebrada en mayo de 2025, ambas partes acordaron una agenda de negociaciones centrada en la agricultura , la vinculación de sus respectivos sistemas de comercio de derechos de emisión, la posible participación del Reino Unido en el mercado interior de la electricidad de la UE y un programa de movilidad juvenil. También se comprometieron a colaborar más estrechamente en materia de seguridad, ya que Trump se propuso socavar los supuestos en los que los europeos habían basado su pensamiento en materia de seguridad desde la Segunda Guerra Mundial.

Más de un año después de aquella cumbre, no hay mucho que celebrar. Los franceses pueden estar satisfechos: consiguieron una prórroga de 12 años del acuerdo sobre pesca , superior a la que habían exigido inicialmente. Sin embargo, ha habido muy pocos avances evidentes y algunos reveses notables. El principal de estos últimos fue el fracaso de las negociaciones sobre la participación del Reino Unido en el programa Acción de Seguridad para Europa (SAFE), cuyo objetivo era acelerar la adquisición conjunta de material de defensa. El coste de 150.000 millones de euros que la UE le había asignado al programa llevó a Reino Unido a retirarse de las negociaciones, lo que puso de manifiesto la falsedad de la retórica sobre la vital importancia de los intereses de seguridad compartidos.

En cuanto al resto, continúan las negociaciones sobre las áreas técnicas destinadas a una cooperación más estrecha, de la movilidad juvenil a la seguridad alimentaria, pasando por el comercio de emisiones o acuerdos veterinarios. Al menos España ya logró su acuerdo sobre Gibraltar. 

El sucesor más probable de Starmer, Andy Burnham, moderó su discurso sobre la reincorporación de Reino Unido a la UE durante su campaña electoral el mes pasado, antes de su victoria en las elecciones especiales del jueves, en las que superó el desafío del partido Reform en una circunscripción que apoyó abrumadoramente el Brexit. "No estoy proponiendo que el Reino Unido considere reincorporarse a la UE", dijo Burnham. "Respeto la decisión tomada en el referéndum y, si no respetamos ese voto, todo lo que he dicho sobre el fortalecimiento de la democracia se verá socavado".

En el seno del partido, en las primarias que se esperan ahora para suceder a sir Keir, puede toparse con un debate intenso al respecto, ya que el exministro británico de Sanidad, Wes Streeting, dimitido en mayo y aspirante a tener una voz de peso en la formación, defiende que el refrendo y la salida de la UE fueron "un error catastrófico". En consecuencia, los candidatos a la dirección del partido tendrán que hablar abiertamente sobre Europa. En el mejor de los casos, lograrán transmitir una imagen proeuropea sin comprometerse con nada concreto. En el peor, se atarán de manos con promesas que no podrán cumplir. Suena complicado. El populismo limita el margen de actuación, dicen ya fuentes laboristas a medios como Reuters, y no es momento de tensar. 

El primer ministro británico, Keir Starmer, y la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, se dan la mano en la cumbre del G7 en Evian-les-Bains (Francia), el 16 de junio de 2026.Isabel Infantes / Reuters

La visión desde Bruselas

Para la UE las cosas tampoco han sido sencillas. Perdió su segunda economía más grande -después de Alemania- y el mecanismo de defensa más desarrollado a nivel nacional. La protección europea sigue siendo una iniciativa conjunta, pero ahora requiere una decisión política del actual gobierno británico para comprometer las capacidades de defensa, como su apoyo a Ucrania en la guerra ruso-ucraniana. No era un buen momento para no ir a una, aunque en el fondo todos apoyen a Kiev.

Existen otros ámbitos en los que la UE ha notado la ausencia británica, por muy euroescépticos que fueran siempre. Dice el expresidente del Consejo Europeo, el belga Charles Michel, en una conversación con The Guardian, que aportaban "realismo", por más que su marcha haya "facilitado las decisiones... sin duda", en defensa, seguridad o energía. Pero echa de menos su influencia mundial, el peso de su comercio o la ayuda en la regulación de tecnologías como la IA. 

Pese al miedo que se tuvo durante los primeros años de que Brexit generase un efecto dominó en otros países europeos, en un contexto de crecimiento del nacionalismo y la ultraderecha, el diario británico concluye que, al contrario, ha servido de escarmiento. Se ha visto que el divorcio "no es una solución, sino una advertencia" de lo que se puede perder. En el sentido contrario a Londres, la cola de naciones que quieren ser UE se ha multiplicado. 

La postura es proeuropea, azuzada por necesidades de seguridad ante el expansionismo de Rusia. No es lo que sintieron los más de 17 millones de ciudadanos que, hace diez años, apostaron por irse. Camino legal de vuelta hay, pero es largo y, esta vez, no tendría prebendas. Nadie sabe hoy si Londres lo recorrerá un siglo de estos. 

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Redactora especializada en Global. Licenciada en Periodismo y experta en Defensa y Comunicación Institucional por la Universidad de Sevilla. Corresponsal en Jerusalén durante cinco años, colaboró con la SER, El País o Canal Sur. Trabajó en El Correo de Andalucía y fue asesora en la Secretaría de Estado de Defensa. Es autora de 'El viaje andaluz de Robert Capa', Premio de la Comunicación Asociación de la Prensa de Sevilla y jurado del Premio Internacional de Periodismo Manuel Chaves Nogales.

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