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18/10/2014 10:00 CEST | Actualizado 17/12/2014 11:12 CET

El jugador de ajedrez, Poe y el alma

portadarevistaEn pleno siglo XXI, en la era de la computación, no hay programa que sea capaz de contener el juego del ajedrez en su totalidad. En la era de la automatización total, de la nanotecnología, de la inteligencia artificial y de los robots humanoides, no hay programa infalible o que no sea susceptible de derrota.

Estos días ha caído en mis manos una edición de una revista literaria de los años 50, en la que se reproducía un artículo firmado por Edgar Allan Poe en 1835 titulado El Jugador de Ajedrez de Maelzel.

En el mismo daba cuenta de un autómata de forma humanoide -semejando en la parte superior a un turco barbudo tocado con turbante- que, accionado por un engranaje mecánico, era capaz de derrotar a infinidad de jugadores humanos a lo largo de teatros de todo el Globo. En efecto, desde su presentación a finales del siglo XVIII, relataba Poe que había tenido la oportunidad de derrotar hasta a personajes como Catalina de Austria o al mismo Napoleón.

El relato es una delicia de concreción y detalle acerca de aspecto y puesta en público del espectáculo, extraído todo de una exhibición a la que el escritor había tenido la ocasión de acudir en los Estados Unidos. Partiendo de la base del fraude, el mismo autor desmonta una serie de teorías que habían pretendido certificar sobre el espectáculo; poco a poco, Poe va desgranando las razones por las que para él forzosamente debía de haber un ser humano escondido en la máquina. Después, hasta se arriesga a dar una explicación plausible de cómo podía la misma persona haberse escondido entre los engranajes y sortear lo que aparentemente era una inspección severa a los ojos de los cientos de asistentes que acudían a los teatros para ver el espectáculo.

No obstante, no se escapa el maestro del misterio de la fascinación por la mecánica y sus posibilidades de emulación de la vida, relatando ya con grandes dosis, de fantasía y entusiasmo, artilugios asombrosos, que simulaban a un animal en apariencia y comportamiento, o que eran capaces de realizar las más complejas operaciones matemáticas. Llama la atención que el escepticismo del escritor sobre las posibilidades de una máquina se centre en el ajedrez. En efecto, en plena mitad del siglo XIX, Poe pontifica sobre la imposibilidad de aquilatar el sinfín de ramificaciones de pensamiento derivados de las posibilidades del juego.

Para hacerse una idea muy sencilla de las magnitudes de las que hablamos, basta con recordar la fábula del sultán y sabio. El sultán ofrecía al sabio maestro de ajedrez aquello que deseara y éste le pedía apenas un grano de trigo por la primera casilla, dos por la segunda, cuatro por la tercera...y así hasta 64. Ante lo que aparentaba una fruslería, el mandatario se apresuraba a concederlo, para comprobar después que no había suficiente grano ni en su reino, ni en toda la tierra, para pagar el compromiso.

No estaba lejos de la verdad el oscuro escritor romántico. En pleno siglo XXI, en la era de la computación, no hay programa que sea capaz de contener el juego del ajedrez en su totalidad. En la era de la automatización total, de la nanotecnología, de la inteligencia artificial y de los robots humanoides, no hay programa infalible o que no sea susceptible de derrota. Los míticos encuentros de 1996 y 1997 entre Kasparov y el programa Deep Blue, capaz de calcular hasta 200 millones de jugadas por segundo, marcaron una suerte de punto de inflexión. Se puede afirmar desde entonces la superioridad del silicio en fuerza de juego, pero no la absoluta certeza del resultado de un encuentro máquina-persona.

¿Es posible que una mente, aún tan brillante como la de Poe, pudiera anticipar algo con tal certeza en 1835? ¿Puede que el tejedor del jersey de los sueños intuyera ya en el ajedrez, paradójicamente epítome de la racionalidad, una pequeña puerta vedada para nuestro humano afán de control absoluto? ¿Puede ser el ajedrez el último refugio del alma?

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