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20/08/2013 07:43 CEST | Actualizado 19/10/2013 11:12 CEST

Capítulo L: Los gallos

2013-06-30-cintilloeratansuave.jpgEl Capitán Pescanova sabía exactamente lo que iba a encontrar dentro del barco. Se había empollado a fondo los planos que le había facilitado Twitter, pero aún así, lo que vio, le dejó sin habla. Aquel yate era impresionante.

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Tras propinarle una tremenda paliza y escapar de la finca antes de que llegue la policía, los sicarios llevan a Mister Proper hasta un misterioso barco y le encierran en un camarote. Mientras tanto, el Capitán Pescanova recurre a Twitter, un pájaro hacker que le ayuda a desvelar quiénes son los secuestradores: se trata de una peligrosa banda de traficantes de marketinina, la droga de moda en Marketinia, liderada por un misterioso personaje al que todos llaman el Gran jefe y del que lo único que se sabe es que calza mocasines indios. El pájaro también le aclara a Pescanova lo del barco: es un inmenso y lujosísimo yate que pertenece a la organización, en el que se va a celebrar una grandiosa fiesta. Finalmente, Twitter le proporciona al capitán una invitación y una identidad falsa para acudir al festejo. Desde ahora será el armador ruso Yuri Pescanoff.

El Capitán Pescanova sabía exactamente lo que iba a encontrar dentro del barco. Se había empollado a fondo los planos que le había facilitado Twitter, pero aún así, lo que vio, le dejó sin habla. Aquel yate era impresionante. Tenía tres salones: uno principal, con espacio para setecientas personas, y dos más pequeños, en cada uno de los cuales cabían unos ciento cincuenta invitados. Pescanova decidió empezar por el grande. Imaginaba que aún quedaba gente por llegar a la fiesta, pero la cosa ya estaba bastante animada. Había caras conocidas por todas partes: políticos, empresarios, famosos varios... Todos los poderosos de Marketinia estaban allí. No faltaba nadie. Ni nada. Quien quiera que hubiera organizado el evento sabía lo que se hacía. Y no había escatimado en gastos. Un sinfín de camareras, a cual más escultural, se paseaban entre los convidados con bandejas repletas de los más suculentos manjares: ostras, caviar, foie, Kinder Sorpresa, sándwiches de Nocilla... Cualquier cosa que se te antojara. Y a cada lado de la pista de baile, una barra en la que decenas de cocteleras agitaban sus vasos mezcladores llenos de licores etiqueta negra. El Capitán, fiel a su papel, pidió un Vodka muy frío con su mejor acento soviético. Afortunadamente, durante los años en los que se había dedicado a perseguir atunes y bacalaos y ocultar cartones de tabaco entre sus vísceras para revenderlos de extranjis en la ciudad, había recalado bastantes veces en puertos rusos y recordaba perfectamente la manera en la que se movían y hablaban los marineros locales.

Con su bebida en la mano, Pescanova comenzó a pasear entre la gente. De pronto, alguien chocó accidentalmente contra él y al darse la vuelta para ver quién era, descubrió horrorizado que se trataba del Coronel Sanders.

- Arbidas... Sabonis - masculló el Capitán. Fue lo primero que se le ocurrió que sonara a ruso.

- No es nada -El Coronel se le quedó mirando con el ceño fruncido - ¿nos conocemos?

A Pescanova le entraron sudores fríos, pero la fortuna se puso de su parte. Alguien había subido al escenario y estaba tratando de llamar la atención de los invitados. El jefe de policía se olvidó por un momento de él y miró hacia el lugar del que provenía la voz. Quien hablaba era el Payaso de McDonalds.

- ¡Señoras, señores, un momento de atención, por favor! -dijo mientras daba golpecitos al micrófono- Acérquense, acérquense, gracias. Vaya, veo en la barra a mi amigo el Señor Michelín, imagino que estará pidiendo su bebida favorita. ¿Saben cuál es... ? ¡El vino de rueda!, ¿lo pillan? Michelín, el vino de rueda, jajaja.

- ¡No me jodas que este payaso va a ser el maestro de ceremonias! -exclamó Sanders indignado, perdiendo ya del todo su interés por Pescanova. El Coronel no soportaba a aquel personaje circense y empezó a mascullar insultos para sí mismo-. No me lo puedo creer, ¿cómo habrá conseguido ese gilipollas con la cara pintarrajeada que le dieran este curro? No pienso aguantar sus mamarrachadas. Voy a por una copa.

Uf. Se había librado de momento. Tendría que extremar las precauciones. Su disfraz era bueno, pero no infalible. Por otro lado, encontrarse a su superior en aquel festejo no era buen presagio. No, no lo era en absoluto. El Capitán empezaba a sospechar que el nivel de suciedad de Sanders era mucho mayor de lo que siempre había supuesto.

- Lo primero que tengo que anunciarles -continuó el clown- es que ya estamos todos, así que me han autorizado para dar la orden de zarpar. ¡A toda máquina, timonel! Altamar nos espera. Les aviso desde ya que esta fiesta va a ser algo que no olvidarán jamás. Cuando mañana por la mañana volvamos al puerto, ninguno de ustedes será la misma persona que se subió a bordo de esta nave. Pero bueno, ya me estoy enrollando y tenemos un programa de espectáculos muy apretado, así que, ya, sin más, voy a dar paso a la primera atracción de la noche... Con todos ustedes... ¡la Pelea de gallos!

La multitud gritó enfervorecida al ver aparecer sobre el escenario a las dos aves de corral más famosas de la ciudad: los gallos de Kellogs y Avecrem.

- Va a ser una batalla de lo más reñida. Por supuesto, se admiten apuestas. ¡Adelante luchadores! -añadió el payaso antes de retirarse tras las cortinas.

Las luces de la sala bajaron de intensidad. Un DJ se puso al mando de unos platos, haciendo sonar una base rítmica en clave de hip hop. Al escucharla, el Gallo de Kellogs agarró un micrófono y, con andares chulescos, se puso en medio del escenario y empezó a rapear al tiempo que señalaba con el dedo al de Avecrem.

- Hey...

Avecrem, hermano, tú que te has creído,

deberías retirarte y darte por vencido,

porque yo soy el primero,

yo soy el pionero,

el mejor rapero

de todo el gallinero.

Y tú, quién te crees, ¿Eminem?

No eres más que el gallo de Avecrem

¿Sabes una cosa? Que yo tu sopa

no me la tomaba ni harto de farlopa.

Vete ya de aquí,

no puedes contra mí,

yo nunca perdí,

porque soy como Mohamed Alí.

No puedes ganar,

te voy a desplumar,

y tu cuerpo desnudo pienso rellenar

con manzanas, con limones,

con pasas y orejones,

así es como vas a acabar tú:

¡siendo el segundo plato del menú!

El público aplaudió. El Gallo de Kellogs, muy crecido, entregó el micro al payaso, que ejercía de moderador y se instaló muy seguro de sí mismo en su esquina del ring. Era el turno de Avecrem. El ave de color blanco cogió el micrófono, se situó en el centro de la escena y empezó su perorata con una actitud muy parecida a la de su predecesor.

- Kellogs, gallo de los cereales,

el hazmerreír de todos los corrales,

el más patético entre los animales,

te diré para lo único que tú vales:

esos copos tuyos de arroz inflado

la gente los compra en el supermercado

sólo cuando tiene ganas de cagar

y por más que lo intenta no consigue evacuar.

No te va a gustar que te lo diga, lo presiento,

pero eres un remedio contra el estreñimiento.

Ka, Ka, Especial Ka

Special Ka... Ka,

ca, ca, ca cacarea,

veo en tu cara que mi rollo te cabrea,

sólo sirves para provocar diarrea,

es muy cierto,

soy experto,

¡y si es mentira que me caiga muerto!

Los aplausos fueron aún mayores. Avecrem, también muy satisfecho de sí mismo, se retiró a su rincón. A juzgar por el gesto de su cara, a Kellogs no le habían hecho demasiada gracia los versos de su rival. Con un gesto de crispación mal disimulado, se hizo con el micrófono y arrancó un nuevo speech musical.

- Hey, Avecrem, no me toques los cojones,

yo no soporto a los maricones,

y todos saben desde aquí hasta China

que tú no eres gallo sino gallina,

eres homosexual,

ya es oficial

que eres la más loca del corral,

inclina tu columna vertebral,

¡que ahora mismo te voy a romper el ojal!

Los invitados aplaudieron de nuevo. Kellogs, que ya se sentía ganador, les dio las gracias y pasó de nuevo el relevo a su contrincante, que no mostraba indicio alguno de preocupación por el aluvión de insultos recibidos. Con toda la tranquilidad del mundo, se colocó en posición para dar la réplica. No se complicó la vida lo más mínimo. Con aquello de los usos escatológicos de la fibra había encontrado el punto flaco de su oponente, así que decidió seguir hurgando en la herida.

- Kellogs, te agradezco que nos hables del ojete,

porque lo cierto es que necesito ir al retrete.

Tal vez tú me puedas ayudar

como especialista en temas de cagar.

Me pasa como a José Coronado,

que necesito ir al excusado,

pero por lo que sea, no brota el moñigo,

por eso, hey, hermano, te digo

que me recomiendes unos cereales

que alivien este tipo de males.

Dime, ¿qué es mejor, la avena o el mijo

para poner fin a este retortijo?

No importa que tú ganes, y que yo pierda,

¡pero ayúdame, oh, tú, gran gurú de la mierda!

Special Ka,

Special Kaka

Special...

Esta vez, Kelloggs no esperó a que llegara su turno. Hecho una auténtica furia, se abalanzó sobre el gallo de Avecrem, le agarró del cuello y empezó a lanzarle gritos amenazadores.

- Maldito hijo de la gran puta, me has tocado la fibra. Y no soporto que me toquen la fibra. Se acabó esta mariconada de lucha verbal. Vamos a pelear como han peleado siempre los gallos. Y te aseguro que te voy a machacar -le dijo al tiempo que le lanzaba picotazos a diestro y siniestro.

- ¡Eh, eso no rima! -contestó Avecrem defendiéndose como buenamente podía.

Mientras tanto, el público se retorcía de risa. El Capitán Pescanova nunca había sido fan del hip hop, pero tenía que reconocer que este fin de fiesta estaba resultando bastante más divertido que la riña a base de poesía barata. Hasta que, de pronto, oyó unas voces familiares a su espalda.

- Esto se está poniendo de lo más interesante... diga, ¿por quién ha apostado usted, Coronel?

- ¿Apostar? No, yo no apuesto. Eso sí, les he pedido que si algún gallo muere, me lo den. Troceadito, bien rebozado y con un par de pasaditas por la freidora, puede ser un manjar exquisito. Desde luego, lo prefiero mil veces a estas ostras revenidas.

Pescanova no tuvo que darse la vuelta para reconocer las voces. Uno era de nuevo el Coronel Sanders. Y el otro, el Conejito. Si le descubrían, estaba perdido. Había llegado el momento de desparecer. Inclinó la cabeza y de la manera más disimulada que pudo, buscó la salida del salón.

Era tan suave se publica por entregas: cada día un capítulo. Puedes consultar los anteriores aquí.

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