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24/11/2013 10:00 CET | Actualizado 24/01/2014 11:12 CET

WhatsApp y el dolor

Hay un profesor en el País Vasco, Enrique Echeburúa, especialista en ansiedades, adicciones y trastornos varios, que advierte de los riesgos que corremos los millones de usuarios del WhatsApp, el programita de mensajería que, en tan sólo un par de años, ha convertido a los SMS en una antigualla.

Muchas veces se nos advierte en los medios de los efectos perversos de las nuevas tecnologías. De la pérdida de concentración en los chavales que andan todo el día colgados de la tableta y de Internet; de la misantropía que exhiben sin darse cuenta los que andan más pendientes de los mensajes entrantes en su móvil que de las confesiones del amigo; de los efectos nocivos de las radiaciones de los celulares y de las potentes antenas que afean las azoteas de los edificios y el skyline en cualquier ciudad...

Leo que hay un profesor en el País Vasco, el catedrático de psicología Enrique Echeburúa, especialista en ansiedades, adicciones y trastornos varios, que advierte de los riesgos que corremos los millones de usuarios del WhatsApp, el programita de mensajería que, en tan sólo un par de años, ha convertido a los SMS en una antigualla. Echeburúa nos dice que si somos capaces de escribir 40 mensajes entre las 10 de la noche y las 2 de la mañana entonces nos lo tenemos que hacer mirar, porque es probable que seamos unos adictos al programita y unos seres anómalos, enfermos.

Estoy básicamente de acuerdo. Tengo un amigo -periodista también- que desde hace años es incapaz de mantenerme la mirada durante dos o tres minutos seguidos mientras comemos porque anda más pendiente del runrún de las alertas de su potente Galaxy -depositado indefectiblemente en primera línea, entre la copa de vino y el cuenco de ensalada- que de nuestra conversación. También me empiezan a cargar esos viejos colegas del instituto o la universidad que se reencuentran casi por casualidad en el WhatsApp y que luego se pasan el día mandándose mensajitos con ocurrencias de viejo rijoso y cotilleos de otra época.

Sin embargo, tengo que decir que el adictivo WhatsApp también puede ser de gran ayuda en momentos de flaqueza. A principios de este año, mi amigo Javier, corpachón con aires de deportista, pasó por el hospital para someterse a una operación delicada, "pero rutinaria y sencilla", según le dijeron los médicos que lo trataron. La cosa fue bien, pero al pobre Javier se le complicó todo más tarde, en el posoperatorio, y al cabo de una semana mi amigo, bastante disminuido y ya inconsciente, se debatía entre la vida y la muerte por una infección traidora venida a más.

De todo esto me enteré por teléfono, hablando con amigos comunes que iban todos los días al hospital a interesarse por su estado. Recuerdo que eran conversaciones cortas e intensas, y casi siempre me dejaban una profunda desazón. Los comentarios bienintencionados de mis amigos en el hospital, queriendo siempre rebajar el drama y poner un punto de esperanza, me dejaban más perplejo e inquieto que otra cosa. Sin embargo, he aquí que apareció el WhatsApp.

A alguien se le ocurrió crear un grupo para informar a los cada vez más numerosos interesados en el estado de Javier. Desde ese momento, pudimos estar al tanto de su evolución casi a diario. Los mensajes que nos llegaban eran claros y concisos. Se notaba en ellos un enorme esfuerzo para no quitar importancia a lo que le ocurría al enfermo, pero tampoco dramatizar y preocuparnos sin venir a cuento. Los cortos y neutros partes médicos que me llegaban por el móvil no me dejaban en la zozobra de las conversaciones telefónicas de los primeros días. Con el paso de las semanas, y con la mejoría de mi amigo, el tono se fue relajando y alguno de los componentes del grupo nos hizo incluso sonreír con alguna broma y recordándonos las tareas pendientes de Javier tras tantas semanas de convalecencia.

Una amiga que ha tenido a su anciana madre en el hospital por una enfermedad grave me contaba hace poco lo mismo. Los primeros días, los del shock y los del quirófano, hablaba hasta tres o cuatro veces con sus hermanas para estar al corriente de la situación y organizar la intendencia familiar, pero eso la dejaba "exhausta emocionalmente" -así me decía- y preocupada. En momentos como esos, en los que está uno tan sensible, cualquier quiebro en la voz, un silencio o un titubeo, nos pueden aniquilar y obligarnos a pasar la noche en blanco.

Al cabo de unos días, ella también recurrió al aséptico WhatsApp, que tanto había denostado y que había prohibido con vehemencia de Señorita Rottenmeier a sus hijas. Gracias al programita de los mensajes empezó a descansar por las noches y a dormir. A mi amiga, esos paréntesis le vinieron bien porque sus días siguieron siendo muy duros durante una temporada.