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18/01/2017 07:18 CET | Actualizado 18/01/2017 07:18 CET

Recta final europea: afrontémosla

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Escribo estas líneas al comenzar la semana del Pleno de Estrasburgo en el Parlamento Europeo (PE) de 16 de enero de 2017, en el que se va a elegir un nuevo presidente de la Eurocámara. En esta singular ocasión, el Pleno decide conforme a un sistema de elección que cada "mitad de mandato" (midterm review) contempla hasta tres votaciones sucesivas por mayoría absoluta, agotadas las cuales sin éxito tendrá lugar una cuarta y definitiva entre los dos candidatos/as más votados, siendo elegido así el que obtenga mayoría simple (mayor número de apoyos).

La tensión política generada por esta competición -inédita en 20 años de "acuerdos institucionales" entre las principales fuerzas- ha suscitado numerosos comentarios que apuntan el fin de la alegada "Gran Coalición" PPE-Socialistas-Liberales, por la que se venían sucediendo en la Presidencia del PE los candidatos/as de las principales formaciones. Se asienta la dinámica descrita en la premisa asumida en que el llamado "Acuerdo Institucional" exige colaboración para arrancar cada tramo de Legislatura europea.

Me cuento entre los preocupados por que pueda calar la imagen de que esa colaboración haya "saltado por los aires" por un "reparto de cargos". La cuestión política de fondo va mucho más allá de la asignación de roles y mandatos, sea por "rotación", sea por competición, sea por confrontación.

Los motivos para apuntar con alarma hacia la segunda mitad de esta Legislatura 2014-2019 son numerosos, y de enjundia.

a) En primer término, el PPE no debería autoarrogarse con avaricia el control de las tres principales instituciones de la arquitectura europea sin ostentar más que, apenas, el 29% de los votos y el 30% de los escaños en el PE. No es razonable ni aceptable.

b) En segundo lugar, la mayoría vertebrada en torno al Partido Popular Europeo (PPE) en la Comisión y en el Consejo ha decepcionado uno a uno todos los compromisos establecidos al inicio de esta Legislatura para jalonar con claridad el fin de la Gran Recesión que implosionó en 2008, de la que trae causa la peor crisis de la UE a lo largo de la historia. Ni el Plan Juncker ni la denominada Garantía Juvenil (una iniciativa originariamente socialista, tendente a garantizar una oportunidad de empleo y/o de formación a los jóvenes europeos en paro) han alcanzado en ningún momento la potencia de fuego que los socialistas hemos venido exigiendo. Pero hay también ejemplos: ni la tasa de transacciones financieras ni la armonización de la base del impuesto de Sociedades han visto aún la luz del día; para qué hablar del Salario Mínimo europeo o de la portabilidad de los derechos sociales de prestación (Seguridad Social) que deberían restaurar la calidad del empleo y la dignidad del trabajo, tan malherida en estos años a todo lo largo de la UE y singularmente en España.

c) Como corolario de ello, el PPE se muestra indulgente con la agresiva regresión nacionalista y eurófoba practicada por los gobiernos más conservadores en la UE (Victor Orban en Hungría o Lech Kaczyński en Polonia...), haciendo retroceder abrupta y peligrosamente la densidad democrática y las libertades en la UE.

En esta segunda mitad de mandato se impone cambiar de rumbo. Y se impone que se note.

Vengo sosteniéndolo hace tiempo: esta Legislatura europea 2014-2019 es, en mi perspectiva como socialista europeo, la última oportunidad de cuantos nos consideramos europeístas de convicción, federalistas europeos. La última oportunidad de los "pequeños pasos". La última oportunidad de la aproximación históricamente llamada "funcionalista". La última oportunidad de conectar al límite de nuestra capacidad con los ciudadanos europeos y ofrecerles rendimientos a fines de legislatura que puedan estimarse a la altura de la gravedad de los hechos, de nuestros propios discursos, y de sus expectativas. Si no reaccionamos y actuamos ante la seriedad de la alarma, las elecciones europeas de 2019 jalonarán el declive de la aventura iniciada en pos de la integración supranacional hace 60 años con el Tratado de Roma de 25 de marzo de 1957.

Dicho esto, añado ahora, desde el PE hay que afrontar las inercias que se han hecho fuertes en el Consejo. En cuanto "legislador" -miembro del PE, en que reside el poder legislativo de la UE en codecisión con el Consejo-, de todo el cuadro sintomático del síndrome de fallo múltiple que aqueja a la UE, nada me solivianta tanto como el bloqueo y la parálisis sistemática impuesta sobre el Law Making Process por un Consejo abandonado a la regresión nacional, la ausencia de liderazgo y la miopía estratégica. El Consejo, que reúne a los gobiernos de los EE.MM, ha perdido la visión y la ambición necesarias para sacar leyes adelante, para cumplir el Programa acordado por la Comisión y para acordar estrategias y leyes con el PE.

Un ejemplo: el Código de Visas, paralizado por la negativa del Consejo a discutir siquiera la concesión de visas humanitarias en el desolador contexto de la mal llamada "crisis de los refugiados"... Pero lamentablemente no es el único. El clamoroso incumplimiento de objetivos proclamados en el "Paquete de Asilo", o el escandaloso e inaceptable "invierno polar", por inhumano y cruel, a cuyo sufrimiento se ha condenado a cuantos huyen de la Guerra Civil siria y del conflicto en las regiones de vecindad europea... sin que nada indique que los gobiernos nacionales de los EEMM tengan la menor intención de cumplir sus compromisos de realojamiento y de reasentamiento de los demandantes de asilo.

Sobran, pues, las razones para cambiar la marcha. Basta: la legislatura enfila hacia su segunda mitad y las cosas no pueden ni deben seguir como hasta ahora. Es cierto que el PE -como cualquier otro Parlamento- no podría funcionar -tampoco la entera UE- sin una razonable dosis de cooperación transversal, negociación, acuerdo... Pero la cesión continua ante los hechos consumados y ante la virtual negación de todas las alternativas al "realismo sucio" descrito hoy por el contraste entre los discursos y sus resultados prácticos, entre lo que se proclama y concluye por escrito, y lo que realmente se hace ante la magnitud creciente de los problemas, es simplemente inaceptable para la ciudadanía que nos observa y exige.

En definitiva: en esta segunda mitad de mandato se impone cambiar de rumbo. Y se impone que se note. Es una oportunidad -pero reitero, seguramente la última- de que los ciudadanos sientan que su "vergüenza" ante el impasse del actual status quo resuene en toda la UE, sacuda las conciencias de los gobiernos en el Consejo y mueva las voluntades precisas para reencender el motor gripado de una UE que se reúne, delibera, discute y emite "comunicados" de modo tan inagotable como agotador, pero resuelve escasamente, desoye una y otra vez las demandas que vienen desde sus cuatro esquinas, y se desdice al día siguiente de sus verbosos compromisos.

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