Manuel Esteban, autor de 'La ira de los mansos': "Premiamos al listillo que mete los codos y es capaz de llegar a donde no puede otro menos espabilado"
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Manuel Esteban, autor de 'La ira de los mansos': "Premiamos al listillo que mete los codos y es capaz de llegar a donde no puede otro menos espabilado"

El escritor vigués debuta en castellano tras triunfar en gallego con una novela negra que derriba clichés sobre la discapacidad intelectual.

El escritor Manuel Esteban.SILVIA PARADA

"Líbranos, Señor, de todo mal y en particular de la ira de los mansos". La frase la escribió José Saramago, el Premio Nobel portugués, en su obra El hombre duplicado y se refería a cómo personas habitualmente pacientes o resignadas pueden llegar a un punto límite en el que estallan con una fuerza inesperada.

El escritor Manuel Esteban (Vigo; 1971), que durante años ha sido médico de cabecera y es profesor, recogió esa idea para dar título a su primera novela, A ira dos mansos, escrita en gallego y que ganó en 2016 el Premio Xerais, el más grande en ese idioma. Ahora, una década después, llega al castellano de la mano de NdeNovela, sello del grupo Planeta, y con una fuerza de la que se deja constancia en la faja del tomo, donde aparece recomendada por autores más que consagrados: Manel Loureiro, Pedro Feijoo y Ledicia Costas. 

Tras aquella irrupción, Manuel Esteban siguió escribiendo hasta convertirse hoy en uno de los nombres más respetados de la literatura en gallego gracias en buena parte a que sus novelas negras (aunque también cultiva otros géneros como la ciencia ficción) se salen totalmente de lo habitual: muchos de sus protagonistas son personajes con discapacidad intelectual. Se aleja, además, de todos los clichés gracias al profundo conocimiento del tema que le otorga ser padre de una persona con síndrome de Down y haber sido miembro de la junta directiva de Down Vigo. 

¿Por qué La ira de los mansos ha tardado tanto tiempo en llegar al castellano?

Lo primero es que estoy contentísimo de que Carlos Manso [el inspector de Policía protagonista] haya pasado de pasear por las noches lluviosas de Vigo a irse de vacaciones a las playas y piscinas de toda España. ¿Por qué ha tardado tanto? Yo qué sé. Las editoriales dicen mucho que el mercado editorial es un misterio insondable, como los caminos del Señor. Ahora está muy de moda hablar de la tasa de mortalidad infantil de los libros: llegan a las librerías y, los pobrecitos, en pocos días o semanas desaparecen sin haber vendido muchos ejemplares. Así que para mí es ya una fortuna absoluta llevar diez años con este y dando la paliza por Galicia. Ya me considero extremadamente afortunado como escritor. Ahora lo que se ha dado es la circunstancia feliz de encontrar a una persona que ha creído en el libro. En su día yo intenté enviar correos por si le interesaba a alguna editorial de ámbito nacional traducirlo, pero a puerta fría es difícil, a mí nadie me conocía y no hubo respuesta de ningún tipo. Pero di con Elena, nuestra librera cabecera, que tiene la librería debajo de mi casa, que leyó el libro, le encantó, se arremangó y dijo: 'Déjalo en mis manos y, si confías en mí, seguro que te consigo algo'. Y aquí estamos.

Haces referencia a la tasa de mortalidad de los libros, pero tú has dejado tu trabajo con el lanzamiento de La ira de los mansos en castellano. ¿Cómo está siendo la experiencia?

Yo ejercí muchos años como médico, ahora soy profesor, funcionario, y lo único que he podido pedir, de momento, son un par de meses sin sueldo para engancharlos ahora con agosto y poder dedicarle un poquito de tiempo a la promoción y a escribir. Porque hasta ahora escribía en ratos libres. De momento es una experiencia muy limitada que tiene solo que ver con este lanzamiento. Me lo estoy pasando pipa y ya me está dando pena de que llegue septiembre y se me acabe. Pero no puedo hacer otra cosa. Si en algún momento puedo vivir de escribir... ya me plantearé otras cosas, como pedir excedencias.

Lo de vivir de escribir es muy difícil...

Ni siquiera hay que pensarlo. Publicando solo en gallego es imposible. Imposible. No hay concesión que hacer a esta afirmación. Pero no me iba lamentando por las esquinas porque yo me lo paso muy bien escribiendo y no vivir de escribir te permite más libertad. Ni lo busco con mucho afán ni me atormenta por las noches porque tengo mi trabajo y soy muy feliz. Me gustó mucho ejercer como médico de familia, me encanta ejercer como profesor y no tengo problema en seguir como estoy. Uno escribe porque lo necesita, porque quiere o porque se divierte, pero no exactamente pensando en vivir de escribir.

La pregunta que se formula no es sólo quién ha cometido un crimen, sino cómo es la sociedad que ha permitido que ese crimen ocurra
Manuel Esteban

La novela la has traducido tú mismo diez años después de haberla escrito, así que has dicho en alguna ocasión que no eres el mismo que entonces. ¿Qué ha cambiado?

Después de diez años, ni yo soy el mismo ni la sociedad es la misma, aunque creo que el libro ha envejecido muy bien. Entonces existe siempre la tentación de verlo con los ojos del escritor de hoy, no del escritor de hace diez años, y de querer transformar el libro que era al libro que puede ser hoy. Es importante no sucumbir a esa tentación para no traicionar el espíritu de la traducción, que es lo más complicado. Por lo demás ha sido un reto traducir esa parte más cínica, más sarcástica, más gallega del inspector de Policía Carlos Manso. Pero creo que he salido victorioso.

Dijiste que escribiste aquella novela, tu primera, "en la mesa de la cocina, absolutamente inconsciente de que fuera a ser publicada nunca jamás por nadie y esa impericia pasa un poquito de factura". ¿En qué has notado aquella impericia y qué factura pasa?

Este volumen contiene mis dos primeras novelas y hay una diferencia que cualquier lector puede apreciar entre la primera y la segunda. En la primera es más evidente no sé si la falta de tablas como escritor, porque tampoco en el segundo tenía muchas, pero sí hay una inconsciencia fruto de que el primer libro fue escrito sin vislumbrar siquiera la posibilidad de que eso fuera a ser publicado. Entonces uno escribe con cierta ligereza, inconsciencia... frescura, decía mi editor. 

Ligereza, inconsciencia, en la mesa de la cocina, pero con él ganas el Premio Xerais, el más importante de Galicia...

Yo qué sé, estas cosas a veces son fruto del trabajo, de cierto mérito, pero sobre todo del azar. El Premio Xerais tiene para mí la virtud de que su jurado no es profesional de la escritura, sino que son lectores de clubes de lectura, bibliotecas... Eso creo que permite a gente como yo en su día, sin experiencia, llegar al corazón de esos lectores, que con un ojo tal vez menos técnico, pero abierto a otras opciones, acaba valorando el texto. 

Antes decías que en estos diez años ha cambiado mucho la sociedad. No sé si eso es bueno o malo.

Tengo la respuesta optimista y la pesimista. No hay respuesta clara. Hay cosas en las que ha mejorado. Hay batallas que han cambiado de trinchera y en cierto sentido a mejor. Pero hay otras en las que no hay gran diferencia. Yo he intentado escribir novela negra digna de ese nombre y en ellas hay un crimen que resolver, pero la pregunta que se formula no es sólo quién ha cometido un crimen, sino cómo es la sociedad que ha permitido que ese crimen ocurra. En ese sentido, tal vez hay aspectos en los que la sociedad no solo no ha mejorado, sino que ha empeorado. Hace poco venía de visita el papa y el representante de la asociación de víctimas de la pederastia en España se quejaba de que el papa no podía visitarlos a todos porque eran una cantidad indecente de víctimas. Me llaman nadie es un libro escrito hace ocho años en el que ya está encima de la mesa ese problema que sigue enquistado.

El libro parte de tu experiencia como vicepresidente de la asociación Down Vigo, cuando ibas por lugares intentando trasladar un mensaje y te sentías como un vendedor de enciclopedias porque poca gente te hacía caso. En cambio, el libro ha llegado y ha encandilado a mucha gente. ¿Por qué el libro sí y tus visitas no?

Todos somos un poco perpetuos adolescentes y entonces funciona mucho la psicología inversa: nos vienen a la puerta de casa a vender enciclopedias y el primer pensamiento que nos asalta a todos es que no queremos. Como padre de una persona con discapacidad intelectual y miembro de la junta directiva de Down Vigo me dediqué, tal vez erróneamente, a hacer algo que podríamos llamar apostolado: transmitir mi idea acerca de la discapacidad intelectual por institutos, centros de vecinos, centros de salud, hospitales... Pero ese tipo de discurso, o eres alguien al que le toca de lleno el tema, o resulta en el mejor de los casos indiferente si no directamente incómodo porque a nadie nos gusta que nos pongan en el espejo. Entonces claudiqué de esa forma de apostolado porque me parecía que en muchos casos era hasta contraproducente. Así que empecé a volcar ese necesidad de levantar acta de esa sociedad que permite ciertas cosas a través de la ficción, que me parece una forma más indirecta pero mucho más atractiva.

¿Eso es lo que permite la novela negra? ¿Denunciar injusticias de una forma más atractiva?

Novela negra es un concepto muy laxo que ha evolucionado muchísimo y ahí cabe un poco de todo. Pero a mí el subgénero que más me atrae es el de la novela negra social, que lo que hace es levantar acta. En el corazón del reino todo funciona muy bien, el imperativo kantiano funciona muy bien: matar está mal, robar está mal, mentir está mal. Pero cuando nos vamos a las sombras, a la frontera moral, de pronto el imperativo kantiano empieza a fallar y lo que creíamos que era un paradigma categórico empieza a no funcionar tan bien y empezamos a poner en tela de juicio algunas cosas que creíamos absolutas. Ese es el territorio que a mí me interesa, ese poner en el espejo a la sociedad. Por ejemplo: mira qué pasa cuando la víctima es una persona con síndrome de Down o, mejor aún, mira qué pasa cuando un acusado es una persona con síndrome de Down y el juez, en vez de tomarle declaración a él, le toma declaración a la madre. Ese tipo de fronteras donde las cosas ya no encajan tan bien es el territorio que me gusta. 

Tenía la necesidad de escribir una novela en la que aparecieran personas con discapacidad intelectual sin condescendencia, sin paternalismo
Manuel Esteban

Eso enlaza bien con una afirmación que has hecho alguna vez, que desde que nació tu hijo te diste cuenta de que hay una mirada condescendiente hacia la discapacidad intelectual. ¿En qué lo notas?

Si hay un motor en el origen de La ira de los mansos es ese. En la ficción ocupan muy poco espacio las personas con discapacidad intelectual y, cuando lo hacen, es por cubrir una cuota o asumiendo un rol desde una perspectiva condescendiente, paternalista, que minusvalora su papel como interlocutores válidos de su propia vida. Tú piensa que hasta hace un par de años las personas con discapacidad intelectual no podían votar. Y es algo que es difícil de hacer entender. Mucha gente dice: cómo es posible que voten, si los van a convencer. Es el mismo argumento que se empleó con las mujeres. El voto no emana de la inteligencia, sino de la voluntad. Y la voluntad está intacta. Más condescendencia que ahí no hay en ningún sitio, ese asumir que no son capaces de decidir por propia voluntad lo que es mejor para ellos. Es un error grave porque es confundir inteligencia con voluntad, que son dos potencias del intelecto completamente diferentes. Yo tenía la necesidad de escribir una novela en la que aparecieran personas con discapacidad intelectual con sus limitaciones, por supuesto, pero sin condescendencia, sin paternalismo, con sus defectos, con sus necesidades afectivas, sexuales. Quiero huir voluntariamente y decididamente de los clichés.

Pero huir de esos clichés no es fácil. Quizá en tu caso, con el conocimiento más profundo por el caso de tu hijo, es algo más fácil.

Claro. Yo lo que estaba diciendo es: pfff, es que mi hijo no es así, es que las personas que yo conozco de mi asociación no son así, es que tienen sus matices, sus aristas. Es que cuando se enfadan, cuidado con ellos. No resulta difícil cuando estás en medio de esa trinchera y ves cómo funciona. No es tan complicado. Lo que pasa que buena parte de la sociedad, cuando no te toca de cerca este tema, desconoce cómo son esas personas, les atribuye una serie de características y clichés que son simplificaciones o directamente falsos. Para mí eso era sencillo, lo difícil era construir una novela. Pero plasmar en esa novela lo que yo veía en mi día a día era lo más fácil de todo. 

Encuentro mi lugar en ese orgullo del perdedor que ha tomado la decisión correcta pero ha fracasado
Manuel Esteban

¿Se da poca importancia a la ira de los mansos? ¿Se estira demasiado la paciencia de algunas personas solo porque son buenas sin pensar en las consecuencias?

Hay una especie de furia mal entendida que nació dentro de mí después de que naciera mi hijo y que explica ese título. Tiene que ver con esa regla de medir que usamos en nuestra sociedad que dice que un pobre desgraciado que no es capaz de colarse en una fila es menos que el espabilado que es capaz de hacerlo. Hay un poco de eso en nuestra sociedad y premiamos al tipo listillo que mete los codos y es capaz de llegar a donde no es capaz de llegar otro menos espabilado. Ese concepto a mí me encorajinaba muchísimo. Subyace esa fragilidad en las personas con discapacidad intelectual fruto de su naturaleza que hace que acaben marginados, subyugados o en el mejor de los casos simplemente ignorados. 

¿Qué nos enseñan los perdedores sobre el mundo?

Me encanta leer sobre perdedores y por eso me encanta escribir sobre perdedores. Hay dos cosas que me atraen: hay una especie de gusto que mucha gente tiene por asistir a las desgracias ajenas. Ver a una persona despeñarse tiene un punto de magnético, no puedes apartar la mirada. Por otro lado, y es la parte que más me interesa, en mis lecturas de cabecera Manso es un poco el hombre del subsuelo de Dostoievski y creo que ese orgullo del perdedor es lo que predomina en mi gusto por ese tipo de textos y escritura. Creo que hay un orgullo implícito e insobornable: ya no le puedes quitar nada, el derrotado ya no tiene nada más que perder, solo le queda el orgullo de la derrota. La vida no es justa ni es injusta, no existe el karma, te va a comer el tigre aunque seas vegetariano, y muchas veces el fracaso viene acompañado de tomar decisiones correctas. En ese orgullo del perdedor que ha tomado la decisión correcta pero ha fracasado, es donde encuentro mi lugar, tanto como lector como escritor. 

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Subdirector de El HuffPost. Licenciado en Periodismo por la Universidad de Valladolid y Máster de Periodismo de la Universidad Autónoma de Madrid, trabajó en El Día de Valladolid, en El País y en Los 40 como jefe de redes sociales. En El HuffPost ha ocupado varios cargos desde 2012, como responsable de fin de semana y jefe de Virales. Ha escrito una novela: 'Agua Pasada', con ediciones Maeva.

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